EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ

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Un fotograma del documental ’La salud mental’.

Un fotograma del documental ’La salud mental’. / EPE

Afortunadamente la salud mental empieza a dejar de ser un estigma para ser parte de la agenda. Políticos y medios de comunicación le dan al fin el espacio que necesita. ¿Queda mucho camino por recorrer? Desde luego. Sin cuestionar la complejidad de la temática y sus múltiples dimensiones, convendría priorizar el impacto que tienen las redes sociales sobre nuestra mente. Debemos hacerlo por la cantidad de gente a la que afecta (el 80% de la población tiene redes sociales) y por el poco conocimiento que tenemos sobre este asunto.

A nivel global pasamos casi 7h al día en internet, de las cuales, una tercera parte son en plataformas sociales. En España no nos quedamos atrás y, además, crecemos un 30% cada año en número de personas usuarias. Después de Whatsapp nuestro tiempo se reparte principalmente entre YouTube, Facebook, Instagram y Twitter. ¿Cómo afectará esto a nuestra mente?

El pulgar desplaza hacia abajo la interminable pantalla cual máquina tragaperras. Es un movimiento mecánico y adictivo. Tanto es así, que tiene gran parte de sus características, incluido el síndrome de abstinencia. Las redes ocupan nuestro pensamiento, nos impulsan a conectarnos constantemente y pasamos tanto tiempo en ellas que en muchos casos desatendemos otras ocupaciones, relaciones personales o actividades. Esa falsa conexión con otros nos lleva habitualmente a encontrar la sensación contraria: cuanto más se usan, menos felices somos. Se ha demostrado que el uso de Facebook sirve para predecir el malestar de los que lo consumen.

Algunos efectos colaterales del uso de estas redes incluyen una peor calidad del sueño, déficit de atención o problemas de concentración. Hay estudios que relacionan su uso intensivo con depresión, ansiedad y estrés. La lista no termina aquí. En ellas nos comparamos constantemente, sabiendo que sentiremos que no llegamos a ese lugar inalcanzable donde está el otro. Da igual que objetivamente estemos mejor porque no es eso lo que vemos. El por qué ellos sí y yo no desencadena reacciones que, pensadas en frío o contadas en voz alta, darían vergüenza. En las redes hay tanta envidia que nadie la va a reconocer nunca.

Si esto pasa en la población adulta imaginémonos los estragos que puede tener la exposición constante a todo lo anteriormente descrito para la gente joven. Especialmente para las menores de edad que crecen en esa comparación constante. Presionadas por estereotipos y por la amenaza permanente de marginación en las redes, en muchos casos se han convertido en fuente de sufrimiento.

La imagen corporal, la obsesión por no estar a la altura, el ciberacoso o el miedo a perderse algo FOMO (fear of missing out, por sus siglas en inglés) son probablemente la punta de un iceberg que merece la pena explorar. En nuestro país las tentativas de suicidio han aumentado un 250% en la población infantojuvenil. Si la mitad del día se pasa en la red, debemos entender qué impacto tiene en nuestra mente. No debemos dejar ni un rincón sin estudiar.

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