HISTORIA
Ruy González de Clavijo, el "Marco Polo" de Arganzuela que conquistó Samarcanda sin desenvainar la espada
El embajador Ruy González de Clavijo, enviado por Enrique III, viajó a Samarcanda en 1403 y dejó un legado cultural que aún perdura, incluyendo una calle con su nombre en la ciudad uzbeka

Ruy González de Clavijo, 'conquistó' Samarcanda y tiene una calle en el distrito madrileño de Arganzuela / EPE
Ruy González de Clavijo necesitó quince meses de penurias para llegar a la mítica Samarcanda. Allí descubrió un mundo de cúpulas turquesas y palacios de oro que hoy es Patrimonio de la Humanidad. El encuentro entre el hidalgo y el conquistador fue tan fructífero que dejó una huella eterna en la geografía de Uzbekistán.
Eduardo Cordo revela en su libro 'Miscelánea' detalles fascinantes sobre esta conexión. Existe en Samarcanda un barrio llamado Motrit, una clara referencia a la capital de España, y una calle dedicada al explorador. Tamerlán decidió bautizar así aquel rincón en honor a la ciudad de su invitado. Es el único pedazo de tierra extranjera que Madrid conquistó mediante la palabra, sin desenvainar una sola espada.
Diplomacia a fuego lento
La curiosidad más asombrosa de esta embajada tiene sabor a garbanzos. Eduardo Cordo relata cómo el espíritu madrileño se filtró hasta en las cocinas del emperador. Existe la creencia de que Ruy González de Clavijo introdujo las bases de un guiso reconfortante en la corte mongola, que por razones religiosas cambió la carne de cerdo por cordero.
Aquel intercambio cultural permitió que el aroma del cocido madrileño llegara a las estepas de Asia Central. Ruy utilizó los sabores de su tierra como una herramienta de diplomacia suave. El hidalgo comprendió que los estómagos llenos facilitan los acuerdos políticos. Aquel guiso fue el hilo de seda que unió los fogones de Madrid con los jardines de Samarcanda.

Ruy González de Clavijo tiene una calle con su nombre en Samarcanda / LOM
El legado del primer reportero
Ruy regresó a su casa de la calle del Sacramento, en la Plaza de la Paja en 1406. Trajo consigo una crónica detallada titulada 'Embajada a Tamorlán'. Su libro es la primera gran joya de la literatura de viajes en castellano. En sus páginas describió con precisión de cirujano los elefantes de guerra, las vestimentas de seda y el esplendor de una civilización que Europa apenas imaginaba.
Murió en 1412 y sus restos descansaron bajo la paz del monasterio de San Francisco el Grande. Su calle en el barrio de la Chopera es hoy un portal hacia el pasado. Cada vez que leas su nombre, recuerda al hidalgo que recorrió miles de kilómetros para plantar la semilla de Madrid en el corazón de Asia. Ruy González de Clavijo demostró que el respeto y la buena mesa pueden vencer incluso al 'Azote de Dios'.
Dos calles en distintos continentes
Existe en Samarcanda una calle dedicada a Ruy González de Clavijo y no es una calle menor, es una céntrica avenida que desde hace más de 600 años conmemoran la llegada a Asia central del embajador castellano. No pasa lo mismo en Madrid, donde se ha dado el nombre del hidalgo a una minúscula calle (de 130 metros) junto al río Manzanares, el distrito de Arganzuela.
Compañeros del embajador
Junto a Ruy González de Clavijo viajaron a Samarcanda el fraile Alonso Páez de Santa María, teólogo y hombre de gran cultura humanística que hablaba latín, griego, árabe y parsi y también un militar encargado de la guarda de los embajadores llamado Gómez de Salazar, así como el embajador al Qazl.
Una poetista en la Corte
Mayor Arias (siglo XIV-XV) fue una noble y poetisa castellana, conocida principalmente por ser la esposa de Ruy González de Clavijo, el célebre embajador del rey Enrique III de Castilla ante la corte de Tamerlán en Samarcanda.
Su figura ha trascendido en la historia de la literatura española por ser una de las pocas voces femeninas identificadas en la lírica cancioneril de la Baja Edad Media. Su obra más famosa es el poema "¡Ay, mar brava, esquiva!", una emotiva cantiga compuesta hacia 1403 con motivo de la partida de su marido hacia Oriente.
Tres años de travesía por el mundo medieval hacia la corte de Tamerlán
La expedición diplomática de Ruy González de Clavijo hacia la corte de Tamerlán comenzó el 22 de mayo de 1403, zarpando desde el Puerto de Santa María (Cádiz). Siguiendo las rutas comerciales de la época, la comitiva hizo escala en Málaga, Ibiza y Mallorca antes de abastecerse de víveres en Gaeta. Su periplo por el Mediterráneo los llevó a visitar ciudades emblemáticas como Roma, Rodas, Quíos y Constantinopla, pasando los meses de invierno en el barrio de Pera (el actual Beyoğlu).
Tras cruzar el mar Negro, los embajadores desembarcaron en Trebisonda, punto de inicio de una extensa travesía terrestre por los actuales territorios de Turquía, Irak e Irán. En su avance hacia el este, atravesaron una vasta red de ciudades, entre las que destacan Zigana, Erzurum, Tabriz, Teherán y Nishapur, cruzando finalmente el Oxus para entrar en la Gran Bukaria (el actual Uzbekistán). El 8 de septiembre de 1404, tras más de un año de viaje, alcanzaron su destino final: Samarcanda.
Allí fueron recibidos con honores por un Tamerlán ya anciano y debilitado por la enfermedad. El monarca mongol agasajó a los castellanos con banquetes y celebraciones durante dos meses y medio. Sin embargo, ante el delicado estado de salud del soberano y los cambios en la corte, la embajada emprendió el regreso el 21 de noviembre de 1404.
El viaje de vuelta resultó ser una travesía mucho más penosa y accidentada, marcada por temperaturas gélidas y las confusas noticias sobre la muerte de Tamerlán. Finalmente, tras casi tres años de misión, Ruy González de Clavijo y su comitiva regresaron a tierras castellanas, desembarcando en Sanlúcar de Barrameda el 1 de marzo de 1406.
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