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JOYAS EXCÉNTRICAS (6)

La carne de momia que las farmacias de Madrid vendían para curar dolencias: el macabro remedio que todavía se conserva

Algunos de los grandes secretos de Madrid no están a la vista, sino escondidos en una vitrina: en esta serie exhibiremos las piezas más insólitas que conservan los museos de la capital

El Museo de la Farmacia Hispana abrió sus puertas en 1951 bajo la dirección de Guillermo Folch.

El Museo de la Farmacia Hispana abrió sus puertas en 1951 bajo la dirección de Guillermo Folch. / UCM

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Parece un pedazo de cuero viejo. Oscuro y difícil de identificar a simple vista. Podría pasar por una de las sustancias que las boticas antiguas guardaban en frascos con nombres extraños. Pero no. Es carne humana, de momia. Y hubo un tiempo en que alguien habría pagado por llevársela a casa para curarse. La pieza se conserva hoy en el Museo de la Farmacia Hispana entre morteros, albarelos y remedios. Ahora descansa tras un cristal. Hace siglos, en cambio, podía acabar triturada, convertida en polvo y administrada como medicamento. Servía, o eso se creía, para aliviar dolencias y espantar a la muerte. Pocas piezas explican mejor hasta dónde hemos sido capaces de llegar por algo tan sencillo y tan humano como intentar seguir vivos.

La historia, además, nació de un equívoco. Antes de que Europa empezara a convertir cadáveres egipcios en medicina, la voz árabe mūmiyāʾ se utilizaba para una sustancia bituminosa de origen mineral a la que se atribuían propiedades terapéuticas. El problema llegó cuando aquel nombre terminó relacionándose también con los materiales oscuros encontrados en algunos cuerpos embalsamados. Una cosa llevó a la otra. Con el tiempo, la mumia dejó de ser únicamente aquella sustancia y pasó a identificarse con restos procedentes de cuerpos momificados. La medicina medieval y moderna terminó incorporándolos a distintos preparados, especialmente contra hemorragias y determinadas dolencias internas. Hoy suena a disparate. Entonces no tanto. “Estamos vivos de milagro. Antiguamente, se utilizaban ingredientes de lo más variopintos para formular diferentes remedios. Estaban las cantáridas, escarabajos verdes que se pulverizan para obtener sus propiedades afrodisíacas. Solían ser utilizadas por los hombres antes de tener relaciones sexuales. También había lágrimas guardadas en frascos que se empleaban en colirios o musgos que crecían en cráneos de ahorcados para tratar la epilepsia”, subraya Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid.

La colección de Museo de la Farmacia Hispánica incluye morteros, albarelos y remedios.

La colección de Museo de la Farmacia Hispánica incluye morteros, albarelos y remedios. / UCM

Con el tiempo, llegó el negocio. Y ahí la cosa se puso todavía más oscura. Entre los siglos XVI y XVII, los preparados elaborados a partir de restos humanos alcanzaron cierta popularidad en Europa y las momias egipcias acabaron convertidas en mercancía. Sus restos se trituraban, se mezclaban y circulaban como ingrediente medicinal mientras la demanda alimentaba el saqueo de tumbas y un comercio difícil de mirar hoy sin cierto escalofrío. “En muchos casos se desconocía de dónde procedía la carne, pero la demanda llegó a ser tan grande que aparecieron numerosas falsificaciones”, apunta Martín. La misma Europa que podía escandalizarse ante prácticas caníbales lejanas era capaz de comprar polvo humano en una botica sin despeinarse. La carne de momia habla así de medicina, sí, pero también de dinero, exotismo y poder. De cómo un cuerpo podía recorrer miles de kilómetros y dejar de ser alguien para terminar reducido a ingrediente.

Por ello, precisamente, esta pieza funciona tan bien dentro del Museo de la Farmacia Hispana. No está colocada como una extravagancia aislada ni necesita demasiada escenografía para impresionar. La acompañan cerámicas, recipientes de vidrio, balanzas, instrumental científico y boticas históricas que permiten recorrer varios siglos de farmacia casi sin salir de una misma planta. La colección comenzó a tomar forma hace más de 100 años gracias al impulso de Rafael Folch Andreu y terminó instalándose en Ciudad Universitaria en la década de los 40. El museo abrió sus puertas en 1951, ya bajo la dirección de su hijo, Guillermo Folch. Entre sus espacios aparecen una farmacia hispanoárabe, un laboratorio alquimista, la botica del Hospital de Tavera y establecimientos originales de los siglos XVIII y XIX. Pero, entre tanta madera, porcelana y recipiente delicado, cuesta no volver a mirar aquel fragmento oscuro. Tiene algo de punto y aparte. De recordatorio incómodo.

Fascinación por Egipto

La carne de momia permite una lectura interesante. La historia de la medicina nunca avanzó limpiamente, saltando de un descubrimiento al siguiente como quien sube peldaños. Durante siglos convivieron sustancias eficaces con otras inútiles, intuiciones brillantes con errores repetidos y tratamientos sostenidos únicamente por la tradición. Este remedio pertenece a ese territorio en el que la desesperación podía pesar más que cualquier evidencia. Y obliga, además, a mirar hacia otro lado menos cómodo: la fascinación europea por Egipto y la facilidad con la que sus muertos terminaron convertidos primero en medicina, después en objetos de colección y, finalmente, en patrimonio. Lo que hoy protegemos detrás de un cristal circuló durante siglos como una mercancía más. Y eso dice mucho de la farmacia de entonces, pero también de quienes podían apropiarse del cuerpo y de la historia de otros.

Una de las estancias que pueden visitarse en el Museo de la Farmacia Hispana.

Una de las estancias que pueden visitarse en el Museo de la Farmacia Hispana. / UCM

“Inicialmente, fue una práctica médica aceptada dentro de los conocimientos de la época, pero después se mezcló con la fascinación europea por Egipto. Las momias se convirtieron en objetos de colección, mercancías y curiosidades exóticas. Esto favoreció el saqueo de tumbas y el comercio de restos. Es un buen ejemplo de cómo una creencia médica terminó alimentando una industria ligada al expolio y a una visión muy poco respetuosa de las culturas y de los muertos del antiguo Egipto”, sostiene el autor. Este pequeño resto humano ha viajado de una tumba a una botica y de una botica a un museo hasta terminar convertido en testigo de otro mundo. No necesita moverse ni tener un aspecto especialmente espectacular. Basta saber qué es. Y pensar que alguien, en algún momento, pudo acercarse a un mostrador, pagar por un trozo y marcharse convencido de que llevaba entre las manos un remedio. Al final, pocas piezas del museo resumen mejor una idea nada antigua: cuando se trata de seguir vivos, somos capaces de creer casi cualquier cosa.