CUANDO MADRID ERA UNA VILLA (III)
Las mujeres del Madrid medieval que vendían, curaban y trabajaban en la villa pero apenas aparecen en los documentos
Un censo de pecheros recoge solo once nombres femeninos entre unos 200 individuos y a algunas las identifica simplemente como "la mujer de" o "la viuda de"

Representación de una sanadora en un manuscrito médico de comienzos del siglo XIV / Wellcome Collection, London / Wikimedia Commons
Un censo de pecheros —vecinos obligados a pagar determinados tributos— del Madrid medieval recoge alrededor de 200 individuos y solo once nombres de mujeres. Algunas ni siquiera aparecen identificadas por su propio nombre, sino a través de su relación con un hombre, mediante fórmulas como "la mujer de" o "la viuda de".
Que apenas aparezcan en ese censo no significa que las mujeres estuvieran al margen de la economía de la villa: otras fuentes permiten encontrarlas elaborando y vendiendo pan, comerciando con alimentos, atendiendo negocios familiares o desempeñando tareas relacionadas con los cuidados.
Tras conocer los insultos por los que podrían multarte en el Madrid medieval y la muralla que oculta en un edificio de Cava Baja, esta tercera entrega sobre el pasado de la capital se centra en unas habitantes de la villa cuya presencia resulta más difícil de seguir a través de los documentos.
Madrid, territorio medieval dedica dos apartados a las mujeres y a su proyección social. Su autor, José Ignacio Ortega Cervigón, doctor en Historia Medieval y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, señala que su situación dependía de circunstancias muy diferentes.
¿Por qué aparecen tan pocas mujeres en las fuentes?
"Las mujeres tenían diferencias determinadas por la clase social, el grupo religioso de pertenencia, el ciclo de vida y el estado civil", explica Ortega Cervigón a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA. Cristianas, musulmanas y judías compartían determinados condicionantes ligados a su sexo, pero sus condiciones sociales y económicas podían ser muy distintas.
"La escasez de fuentes sobre las mujeres refleja su desigual posición social, política y económica, a pesar de su importancia en determinadas profesiones (panaderas, cereras, tejedoras)", señala el historiador. Sobre el censo de pecheros citado al comienzo añade que muchas de ellas aparecen registradas como "la mujer (viuda) de Fulano". El propio Madrid, territorio medieval señala que los nombres y actividades femeninas aparecen en las fuentes en una proporción muy inferior a los de padres, esposos, hijos o hermanos.
El libro recoge asimismo que las mujeres participaron en actividades económicas familiares pese a que la organización social de la época les atribuía prioritariamente las tareas domésticas, la crianza y el cuidado del hogar.
Panaderas, triperas y vendedoras en las calles de Madrid
Los Libros de Acuerdos del Concejo permiten recuperar algunos nombres y ocupaciones. Entre las panaderas aparecen Inés la Triguera y Juana López de la Higuera, encargadas de elaborar un alimento básico en la dieta cotidiana de la población. También había vendedoras de frutas y hortalizas. En 1501, el Concejo ordenó que quienes vendieran fruta no lo hicieran en medio de la plaza y a pleno sol, sino bajo los soportales, para evitar el deterioro de los productos.
Las mujeres aparecen asimismo vinculadas a pequeños negocios y a la venta de alimentos. En 1482, la Franca y su hijo tenían arrendada la pescadería de la villa, mientras que la mujer de Alonso Dávila destinaba cuarenta pares de conejos a su venta en el mercado.
Otro trabajo documentado era el de las triperas, un oficio desarrollado por mujeres que aprovechaban las vísceras de los animales sacrificados. De ellas obtenían sebo que suministraban a los candeleros para la elaboración de velas. A estas ocupaciones se sumaban taberneras, mesoneras, regatonas, trabajadoras del servicio doméstico y lavanderas que acudían al río y a los arroyos de la villa. Ortega Cervigón menciona además en la entrevista a cereras y tejedoras entre las profesiones con presencia femenina.
La mujer que componía fracturas hacia 1500
La documentación conserva el caso de una mujer que trabajaba en Madrid hacia 1500 como ensalmadora y componedora de fracturas de huesos. Sus conocimientos prácticos se combinaban con el empleo de ensalmos y oraciones para las curaciones. El Concejo madrileño realizó gestiones para conseguir una licencia real que le permitiera seguir ejerciendo. En ellas intervino con su conformidad Lorenzo de Solís, físico y cirujano, y la documentación consideraba su oficio de ensalmar útil y necesario para la villa.
El libro sitúa este caso dentro de un marco más amplio de asistencia sanitaria. Los llamados algebristas, hombres y mujeres de extracción popular, poseían conocimientos prácticos para ocuparse de fracturas de brazos y piernas y determinadas heridas.
Beatriz Galindo, Constanza de Castilla y las mujeres de las élites
La documentación es más abundante en el caso de algunas mujeres vinculadas a la corte, las familias acomodadas o las instituciones religiosas. Ortega Cervigón cita a Beatriz Galindo, la Latina, a Constanza de Castilla y a Catalina Núñez, viuda de Alonso Álvarez de Toledo, que fundó en 1460 el monasterio de la Visitación de Nuestra Señora, conocido también como Santa Clara, una comunidad de clarisas.

Placa del Ayuntamiento de Madrid que recuerda el monasterio de Santa Clara de Clarisas, fundado por Catalina Núñez / AYUNTAMIENTO DE MADRID
Beatriz Galindo, camarera de Isabel la Católica, fijó su residencia en Madrid hacia 1500 después de enviudar de Francisco Ramírez. Promovió en la ciudad dos monasterios y un hospital, mientras que el sobrenombre de la Latina, utilizado ya en su época, estaba relacionado con su formación y cultura.

Cenotafio de Beatriz Galindo, 'la Latina', conservado en el Museo de San Isidro de Madrid / Borjaanimal / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Constanza de Castilla, nieta de Pedro I, vivió en Santo Domingo el Real entre 1416 y 1478 y ejerció durante unos cuarenta años como priora. A mediados del siglo XV estaba al frente de una comunidad de alrededor de ochenta monjas y escribió una obra destinada a regular sus rezos y liturgias, por lo que el libro la sitúa entre las primeras escritoras conocidas en lengua castellana.
Las trayectorias de estas mujeres pueden seguirse con mayor continuidad que las de buena parte de las trabajadoras de las clases populares: estas últimas aparecen de manera dispersa en censos, cuentas y acuerdos municipales, pero esos documentos permiten encontrarlas en hornos, mercados, tiendas, tabernas, labores domésticas y actividades vinculadas a los cuidados.
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