JOYAS EXCÉNTRICAS (4)
La mina secreta que Madrid esconde bajo Chamberí: 75 escalones hacia un mundo que no parece la capital
Algunos de los grandes secretos de Madrid no están a la vista, sino escondidos en una vitrina: en esta serie exhibiremos las piezas más insólitas que conservan los museos de la capital

La excavación empezó en 1963 por impulso de Marcelo Jorissen, entonces director de la Escuela. / ETSIME-UPM

Hace calor. Mucho. Madrid se pega a la espalda y, a ciertas horas, caminar por Chamberí exige fe y una botella de agua. Pero en el número 21 de Ríos Rosas ocurre algo bastante poco habitual: se puede bajar a una mina. Sí, una mina. Está bajo el patio de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía de la Universidad Politécnica y se llama Marcelo Jorissen. Hay que descender 75 escalones para entrar en una galería construida a escala real, con raíles, vagonetas y máquinas. No se abrió para sacar carbón ni escondía una veta milagrosa bajo el barrio. Era, en realidad, un aula. Una de esas ideas que hoy parecen excesivas y que, precisamente, por ello, resultan irresistibles: si los alumnos tenían que aprender a trabajar bajo tierra, lo mejor era meterlos bajo tierra sin obligarlos a salir de Madrid.
“Madrid fue durante bastante tiempo el gran centro administrativo, científico y académico de España. Y aún hoy sigue existiendo ese centralismo que obliga a los jóvenes a desplazarse a una capital cada vez más saturada, dejando atrás sus raíces. Así, aunque las minas estaban en Asturias, León y Huelva, muchos de los ingenieros se formaban en la capital”, cuenta Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid. La mina no pertenece al Museo Geominero, aunque ambos compartan temática y esa capacidad extraña de hacer que uno termine mirando una piedra durante 10 minutos. Son vecinos, pero no la misma institución. La confusión, en cualquier caso, tiene cierta lógica: a un lado hay minerales, rocas y fósiles que cuentan millones de años de historia; al otro, una galería que explica qué hizo el ser humano cuando decidió meterse dentro de la montaña para buscarlos.

Fachada de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía. / ALBA VIGARAY
La excavación empezó en 1963 por impulso de Marcelo Jorissen, entonces director de la Escuela, y se completó durante aquella década. El ingeniero, conocido como el Belga, había desarrollado buena parte de su carrera ligado a la minería del carbón y quiso que los estudiantes pudieran enfrentarse a situaciones parecidas a las de una explotación real. Por eso, allí abajo no se montó un decorado para la foto. Se reprodujeron labores y galerías propias de una mina de carbón y se incorporaron equipos procedentes de explotaciones reales. Servía para que los alumnos practicaran sistemas de entibación y entendieran algo que una pizarra explica regular: que el subsuelo obliga a pensar distinto. “No siempre era práctico desplazarse a explotaciones reales repartidas por el país. Tener una mina bajo la propia escuela permitía realizar prácticas en condiciones muy parecidas a las de una explotación real, pero en un entorno didáctico, controlado y accesible”, destaca Martín.

La galería Marcelo Jorissen está construida a escala real, con raíles, vagonetas y máquinas. / ETSIME-UPM
La experiencia, cuando la mina está abierta, empieza antes de llegar al fondo. La ciudad se queda arriba. Se acabaron los autobuses y el sol rebotando en las fachadas. Tras los escalones aparece una galería de 50 metros donde los raíles guían la mirada y las vagonetas recuerdan que aquello nació para enseñar un oficio, no para decorar una visita. Hay madera, metal, conducciones y máquinas, una escenografía que reproduce incluso el aspecto de una explotación carbonífera. Y ahí reside su mayor encanto. No hace falta imaginar demasiado. Chamberí, tan de cafés, oficinas y balcones, guarda debajo de uno de sus patios una versión comprimida de un paisaje asociado a otra España. Es raro. En agosto, además, la simple idea de abandonar la superficie madrileña y desaparecer unos minutos bajo ella suena casi a privilegio.
En proceso de recuperación
Arriba espera otra parte de la historia. El Museo Histórico Minero conserva unas colecciones cuyo origen se remonta a 1831, cuando la Dirección General de Minas adquirió a la Academia de Freiberg 309 ejemplares mineralógicos. Antes de 1850 el conjunto ya superaba las 4.000 piezas y, con los años, fue creciendo con minerales, lámparas de mina, instrumentos científicos, fósiles, y gemas. Merecen tiempo. Algunos ejemplares son pequeñas barbaridades de color y geometría. Otros importan menos por su belleza que por el viaje que llevan encima. Pero la mina cambia la forma de mirar esas vitrinas. Después de bajar, el mineral deja de ser únicamente una pieza iluminada tras un cristal. Aparecen el esfuerzo, la técnica, el riesgo, la ingeniería. Digamos que el museo enseña el qué. La galería, sin ponerse estupenda, explica el cómo.

Interior de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas y Energía. / ETSIME-UPM
“La mina cuenta la historia de un país que todavía dependía enormemente de sus recursos minerales. En los 60, el carbón seguía siendo una pieza importante para la producción energética y para buena parte de la industria pesada. Formar ingenieros de minas era un asunto de primera necesidad nacional. En su época, la minería era considerada un sector de presente y de futuro como herramienta fundamental para el desarrollo económico”, subraya el autor. Ahora, eso sí, toca conformarse con saber que está ahí. La Marcelo Jorissen permanece temporalmente cerrada al público por motivos de seguridad y la UPM ha puesto en marcha este verano una campaña de mecenazgo para recuperarla. El proyecto plantea limpiar y rehabilitar las instalaciones y mejorar su accesibilidad para devolverle su función divulgativa. Madrid tiene bastantes museos donde refugiarse del calor, pero pocos permiten entender una profesión descendiendo literalmente a su terreno. Quizá, por ello, merece salvarse. Su riqueza está en otra parte: en haber convertido el subsuelo de Chamberí en una clase, después en memoria y, con suerte, pronto otra vez en visita.