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ÚLTIMO TRUCO

El secreto mejor guardado de Juan Tamariz: la insólita biblioteca de magia que levantó en Madrid con una banda de ilusionistas

El mago dejó una profunda huella en uno de los fondos más extraordinarios de la Fundación Juan March: ha fallecido este martes a los 83 años tras una vida dedicada a convertir el asombro en arte

Adiós a Juan Tamariz: el genio de la magia muere a los 83 años

Sara Fernández

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

No hay chistera. Ni violín imaginario. Ni una baraja preparada para salir volando entre los dedos. En el número 77 de la calle Castelló, en Madrid, una parte menos visible de Juan Tamariz se conserva entre libros. Es el Fondo de Ilusionismo de la Fundación Juan March, el mayor conjunto bibliográfico de España dedicado al estudio de la magia. Allí conviven manuales de cartomagia, mentalismo, ventriloquía y alquimia: en total, 2.200 volúmenes y casi un centenar de revistas que se remontan hasta el siglo XVIII. Lo levantó José Puchol de Montís, el bibliófilo que en 1988 donó su biblioteca privada a la institución. Pero en estos estantes también hay algo de Tamariz. Bastante, de hecho. Hoy, tras su muerte a los 83 años, ese rincón secreto ayuda a contar mejor al hombre que se escondía detrás del chan-ta-ta-chán: antes de hacer desaparecer cartas, ojo, pasó media vida persiguiendo libros.

La historia empieza mucho antes de que la Juan March recibiera aquellos 954 libros y 35 revistas. Tamariz frecuentaba la casa de Puchol para estudiar una colección que entonces era casi un refugio privado para los magos españoles. Leía. Preguntaba. Y, cuando viajaba, tomaba nota de los títulos que merecía la pena incorporar. La propia Fundación dejó por escrito que ayudó a incrementar aquel fondo aconsejando compras primero a Puchol y, después de la donación, a la institución. Es decir, no fundó la biblioteca, conviene precisarlo, pero sí contribuyó a alimentarla. Y eso retrata bastante bien su manera de entender el oficio. La magia, para él, no era sólo destreza en las manos. Era teoría, psicología, teatro y una conversación larguísima con quienes habían venido antes. Puchol fue uno de sus mentores y ambos participaron, junto a otros ilusionistas, en aquella renovación intelectual que acabaría vinculada a la Escuela Mágica de Madrid. El secreto, al final, atención, estaba en estudiar.

Algunos de los libros de ilusionismo que atesora la Fundación Juan March.

Algunos de los libros de ilusionismo que atesora la Fundación Juan March. / ARCHIVO

Tamariz llevaba haciéndolo desde niño. Nació en Madrid en 1942 y descubrió muy pronto que prefería las leyes que se podían torcer sobre una mesa a las que gobernaban el mundo. Descubrió la magia en un teatro y, tras quedarse prendado de ella, al poco tiempo, le regalaron una caja de juegos. Con 14 años ya devoraba manuales. Y a los 16 intentó entrar en la Sociedad Española de Ilusionismo, pero tuvo que esperar dos más para conseguirlo. Después estudió Física porque quería acceder a la Escuela de Cine, donde se formó en dirección, pero la baraja terminó ganando la partida. No fue un capricho. Ensayaba durante horas, aprendió de maestros como Arturo de Ascanio y convirtió la cartomagia en una disciplina casi de laboratorio. Con Juan Antón formó Los Mancos, un dúo en el que cada uno trabajaba con una sola mano. Y en 1973 llegó el golpe que lo cambió todo: ganó en París el Premio Mundial de Cartomagia. España, que durante años había tenido que mirar fuera para ampliar horizontes, empezaba a exportar una manera propia de entender la magia.

El fondo de ilusionismo tiene su origen en la donación realizada por el coleccionista José Puchol de Montís.

El fondo de ilusionismo tiene su origen en la donación realizada por el coleccionista José Puchol de Montís. / AYUNTAMIENTO DE MADRID

Fue tal su éxito que rápidamente llegó a la televisión. Y, ahí, qué listo, Tamariz consiguió que el gran público confundiera la profundidad de su trabajo con la facilidad. Parecía que todo le salía porque sí. El pelo desordenado, la chistera, la risa, aquel violín que nadie veía, el chaleco... En Un, dos, tres... fue Don Estrecho y, más tarde, se convirtió en rostro habitual de espacios como El Recreo, llevando durante décadas su Magia Potagia a escenarios y pantallas. Se coló en los salones de millones de casas sin el empaque solemne del mago clásico. Nada de distancia. Se acercaba, bromeaba, fallaba de mentira, implicaba al espectador y, cuando todos estaban cómodos, zas, la carta imposible aparecía donde no debía. Su aspecto de profesor despistado escondía una arquitectura calculadísima. Su gran revolución consistió en humanizar al ilusionista sin rebajar el misterio: quitó pompa al mago para que la magia pareciera todavía más grande.

Gran maestro

Por ello, precisamente, reducirlo al personaje televisivo sería quedarse con el pañuelo y perder de vista la paloma. Tamariz fue, sobre todo, uno de los grandes teóricos del ilusionismo contemporáneo. En libros como La vía mágica y Los cinco puntos mágicos ordenó décadas de pensamiento sobre la atención, la emoción, las pistas falsas, el ritmo y la construcción del asombro. También enseñó. Mucho. En congresos, charlas y conferencias que impartía por todo el mundo. Su reconocimiento dentro del oficio fue tan profundo como su popularidad fuera de él: en 2009, recibió en Pekín un premio honorífico de Teoría y Filosofía del Congreso Mundial de Magia; en 2011, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes; y en 2019, Madrid le concedió su Medalla de Oro. No obstante, su influencia se mide mejor de otra manera: en la cantidad de ilusionistas que hablan de él como maestro incluso sin haber sido alumnos suyos. Sus ideas viajaron más que sus cartas.

Hay libros de cartomagia, mentalismo, ventriloquía, alquimia...

Hay libros de cartomagia, mentalismo, ventriloquía, alquimia... / AYUNTAMIENTO DE MADRID

Y, quiza, por ello, la biblioteca de la Juan March funciona ahora como una última metáfora. Tamariz ayudó a que el fondo creciera hasta alcanzar 2.238 volúmenes, con un ejemplar de Engaños a ojos vistas de 1733 entre sus tesoros y con las propias obras del madrileño convertidas ya en materia de estudio. En 2005, la Fundación lo invitó a recorrer allí medio siglo de magia. Y, en 2022, regresó para Magia a ojos vistas, un festival levantado alrededor de esa colección que él conocía desde antes de que tuviera una casa pública. Este martes ha muerto en Madrid. Pero, qué cosas, una parte de Tamariz seguirá viva donde siempre quiso que estuviera el conocimiento: abierta para quien venga detrás. Pasó la vida demostrando que una carta podía aparecer después de desaparecer. Sin embargo, con la memoria de la magia hizo justo lo contrario: se empeñó en que nunca desapareciera.