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JOYAS EXCÉNTRICAS (3)

El escalofriante 'traje de piel humana' que conserva el Museo de América: tiene 1.800 años y revela un ritual de sacrificio

Algunos de los grandes secretos de Madrid no están a la vista, sino escondidos en una vitrina: en esta serie exhibiremos las piezas más insólitas que conservan los museos de la capital

Fachada del Museo de América, situado en el barrio de Ciudad Universitaria.

Fachada del Museo de América, situado en el barrio de Ciudad Universitaria. / MINISTERIO DE CULTURA

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

No es piel humana, aunque lo parezca. Tampoco es un traje guardado en una cámara secreta, sino barro. Arcilla modelada y pintada hace 1.800 años aproximadamente. Y, quizá por ello, impresiona todavía más. En pleno agosto, cuando Madrid obliga a pensar en abanicos, terrazas y sombras, el Museo de América conserva una de esas piezas capaces de bajar la temperatura de golpe. La figura encarna a Xipe Tótec, Nuestro Señor el Desollado, cubierto por una segunda dermis: la de un individuo sacrificado. No se trata de restos reales, sino de su representación. Un matiz importante que no rebaja el escalofrío. Al contrario. Porque aquello que parece una vestimenta fue, en el mundo que recrea la escultura, ojo, un cuerpo antes que un traje.

“La estatua no contiene piel humana ni se sabe si la tuvo. Más bien, hablamos de su significado iconográfico. Representa a Xipe Tótec vistiendo la piel de una persona sacrificada, algo que era uno de los rasgos más característicos de esta deidad. Los arqueólogos identifican esta segunda capa por varios detalles muy concretos: rasgos faciales que aparecen como una máscara superpuesta y cuerdas cruzadas sobre el pecho que recuerdan a los músculos. Asimismo, siguen siendo objeto de debate datos como el lugar exacto donde apareció y su función en los rituales”, relata Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid. La figura impone. Mide 64,8 centímetros de alto y su origen se remonta a los años 100 y 400. Está de pie, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Lleva orejeras y sostiene pequeños objetos entre las manos. Ahora bien, lo que destaca es su envoltura.

Xipe Tótec presenta múltiples orificios en la parte superior de la cabeza y luce orejeras.

Xipe Tótec presenta múltiples orificios en la parte superior de la cabeza y luce orejeras. / CEDIDA

Su creador hizo visible el límite entre un cuerpo y otro, como si la anatomía se hubiera convertido en indumentaria. Hay algo incómodo en observarla con calma. Uno busca costuras, pliegues, señales. Y las encuentra. El barro consigue lo que tantas imágenes contemporáneas persiguen sin éxito: que apartemos la mirada y, casi de inmediato, claro, volvamos a mirar. Detrás está Xipe Tótec, una deidad cuyo culto terminó extendiéndose por buena parte de Mesoamérica y que quedó ligada a la guerra, el maíz y la regeneración. Durante la fiesta de Tlacaxipehualiztli, celebrada en marzo, las fuentes describen sacrificios de cautivos y el posterior desollamiento de los cuerpos. Los hombres vestían después estas pieles para participar en distintos actos. Dicho así, desde una sala silenciosa del siglo XXI, cuesta evitar el espanto. Pero quedarse únicamente ahí sería mirar la pieza con anteojeras. Aquella práctica formaba parte de una cosmovisión en la que muerte y renovación no siempre ocupaban extremos opuestos.

El desollamiento tenía una lectura simbólica. La piel que se abandona podía remitir a aquello que debe desaparecer para que algo vuelva a nacer. Investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México han relacionado el ritual con la regeneración del maíz y con gestos tan cotidianos como desprender la cubierta del grano durante su preparación. De pronto, la imagen cambia. Sigue siendo violenta, pero deja de ser gratuita. Bajo esa superficie prestada, late una idea tan antigua como reconocible: para empezar de nuevo, algo tiene que terminar. Tal vez, por ello, Xipe Tótec incomoda de una manera especial. No permite refugiarse en la distancia de los siglos. Habla de una sociedad desaparecida, sí, pero también de una obsesión bastante común: renovarse. “Su llegada al Museo de América no está del todo documentada para el gran público. La pieza forma parte de unas colecciones que ha ido forjándose mediante expediciones, diplomáticos, compras y donaciones”, prosigue Martín.

Interpretar la muerte

Todo ocurre en un espacio que también está revisando el modo de mirarse. Creado en 1941 e instalado desde 1965 en su actual sede de la Ciudad Universitaria, el Museo de América custodia cerca de 25.000 piezas. Sus fondos arrancan, en algunos casos, en el antiguo Real Gabinete de Historia Natural de Carlos III y abarcan la arqueología prehispánica yel arte virreinal. En los últimos años, además, la institución ha repasado cartelas y discursos para incorporar nuevas lecturas sobre colonialismo, racismo, género y representación. Xipe Tótec encaja de lleno en esa conversación. No porque necesite una moraleja contemporánea, sino porque obliga a preguntarse cómo contamos aquello que nos resulta ajeno. ¿Como barbarie? ¿Como religión? ¿Como arte? ¿Como documento?

La colección 'América prehispánica' contiene más de 12.000 objetos.

La colección 'América prehispánica' contiene más de 12.000 objetos. / MINISTERIO DE CULTURA

“Hace décadas, una pieza así se habría presentado como una curiosidad arqueológica o como una muestra macabra de los sacrificios humanos practicados en algunas culturas mesoamericanas. Detrás de esta imagen tan inquietante existe un complejo sistema simbólico: además de una referencia al sacrificio, el museo intenta explicar que existía una metáfora de la renovación de la vida”, concluye Martín. Es una forma de recordar que la piel también puede ser un lenguaje. Xipe Tótec nos coloca delante de un objeto de arcilla que ha sobrevivido 18 siglos para contar su particular interpretación de la muerte. Hay piezas que uno fotografía y olvida al llegar a casa. Esta no. Su historia trasciende. Tal vez porque habla de desprenderse de pieles viejas. Tal vez porque, incluso bajo el sol de agosto, hay imágenes capaces de dejarnos fríos.