JOYAS EXCÉNTRICAS (2)
El gigante extremeño de 2,35 metros que acabó expuesto en Madrid: triunfó en el circo y murió con 26 años
Algunos de los grandes secretos de Madrid no están a la vista, sino escondidos en una vitrina: en esta serie exhibiremos las piezas más insólitas que conservan los museos de la capital

Fachada del Museo Nacional de Antropología, situado frente a Atocha. / ARCHIVO

Medía 2,35 metros. Lo suficiente para que, todavía hoy, ojo, su sombra parezca más larga que su propia historia. Agustín Luengo Capilla, el Gigante Extremeño, nació en un pequeño pueblo de Badajoz, recorrió España convertido en atracción y terminó, después de morir, en una vitrina del Museo Nacional de Antropología. Durante décadas, miles de visitantes levantaron la cabeza para contemplar su esqueleto. Era difícil no hacerlo. Había algo magnético, incómodo también, en aquel cuerpo enorme expuesto a unos metros de Atocha. Ahora ya no está. Desde 2022 permanece fuera del recorrido público, mientras el lugar revisa la forma en la que muestra sus colecciones humanas. Y, quizá, su ausencia explique mejor que nunca quién fue Agustín: un hombre que todos observaron por gigante y al que, siglo y medio después, todavía estamos aprendiendo a mirar como persona.
Había nacido en Puebla de Alcocer, Badajoz, en 1849. En plena Siberia extremeña. Tierra de calor seco y de calles que a mediodía se quedan mudas. Allí creció un muchacho humilde al que una enfermedad fue separando, centímetro a centímetro, de todos los demás. La acromegalia dejó huella en sus manos, pies y rasgos del rostro. “No tuvo otra salida que convertirse en un fenómeno circense. Eran otras épocas y otras mentalidades. Por suerte, hemos avanzado”, asegura Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid. Su figura viajó y llegó a Madrid. De aquellos años han sobrevivido incluso unas enormes botas, del número 52, relacionadas tradicionalmente con Alfonso XII y conservadas hoy en el museo que su pueblo le dedica. Parece una anécdota simpática. Sin embargo, no lo es tanto. Detrás de aquel calzado había un joven enfermo que apenas viviría 26 años.

Una de las salas del Museo Nacional de Antropología. / ARCHIVO
En Madrid apareció el otro nombre inevitable de esta historia: Pedro González Velasco. Cirujano, anatomista y fundador del Museo Antropológico, inaugurado el 29 de abril de 1875 y antecedente directo del actual Museo Nacional de Antropología. Durante años se contó que Velasco había pactado con Luengo una renta de por vida a cambio de quedarse con su cadáver. La escena es perfecta para una novela gótica. “Su estado de salud y los limitados recursos que tenía le animaron a aceptar el trato sin titubear. Lo hizo por necesidad, sin pararse a pensar en las consecuencias”, añade Martín. Las investigaciones más recientes han puesto en duda esta versión y otras historias que crecieron a su alrededor. La realidad es menos novelesca, pero igual de estremecedora: Velasco conoció a Agustín poco antes de su muerte y sus restos terminaron incorporados a la colección anatómica. La ciencia del siglo XIX lo convirtió en objeto de estudio. El público, con los años, en leyenda.

Una de las piezas que alberga el Museo Nacional de Antropología. / ARCHIVO
El museo también ha cambiado. Aquel centro concebido por Velasco mezclaba anatomía, medicina, historia y una pasión decimonónica por guardar aquello que se consideraba excepcional. Hoy la institución está revisando su pasado y la forma en la que fue construyendo su relato. Conserva colecciones etnográficas procedentes de distintos continentes y miles de restos humanos incorporados, en su mayoría, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la antropología física era un pilar en estos espacios. Agustín era uno de los más reconocibles. Sin embargo, desde hace unos años, la institución ha replanteado su exhibición. La pregunta ya no consiste sólo en decidir qué merece entrar en una vitrina. Es también cómo hacerlo. Porque unos restos humanos no son una pieza cualquiera.
Revisión del discurso
Por ello, resulta curioso que, para encontrarse hoy con Agustín, haya que regresar al principio. A Puebla de Alcocer. Allí existe un museo dedicado a su figura, mucho más pequeño que el de Madrid y, sin embargo, quizá más próximo a la persona. Atesora carteles vinculados a su etapa circense, las famosas botas, reproducciones y una figura a tamaño real que obliga a levantar la cabeza. En 2023, además, el Museo Nacional de Antropología depositó temporalmente allí el bastón que había custodiado durante 148 años. El gesto tiene algo de regreso a casa. En Madrid, Agustín fue patrimonio y morbo. En su pueblo, en cambio, vuelve a ser vecino y memoria. ¿Qué dice el caso de Agustín sobre la España de entonces? Martín da en la tecla: “Las ferias ambulantes se dieron en buena parte del mundo, pero hoy ya existen limitaciones al respecto. Las personas tenemos, a veces, una malsana curiosidad hacia lo diferente. Y eso es tan inherente como inevitable”.

El museo acoge, entre otras piezas destacadas, el 'Corpus Christi' de Julio Toaquiza. / ARCHIVO
Quizá, por ello, el Gigante Extremeño continúa creciendo, aunque ya no pueda hacerlo en centímetros. Lo hace cada vez que cambia la pregunta que nos hacemos sobre él. Durante décadas fue la anomalía capaz de detener al visitante delante de una vitrina. Ahora, su ausencia sirve para hablar de dignidad y de la manera en la que los museos cuentan aquello que heredaron. El Nacional de Antropología atraviesa, además, una revisión profunda de su discurso y de la exposición de sus fondos. Agustín, mientras tanto, permanece fuera de la vista. No hace falta romantizar su vida ni envolverla en relatos macabros para que resulte fascinante. Basta con algo bastante más sencillo: detrás de aquellos 2,35 metros hubo un joven que vivió en un siglo empeñado en convertir su cuerpo en espectáculo. 150 años después, la verdadera rareza sería seguir haciendo lo mismo. Porque, al final, la historia no va de contemplar a un gigante, sino de ver, por fin, a Agustín.