JOYAS EXCÉNTRICAS (1)
El 'souvenir' milagroso que arrasaba hace 1.400 años: un tesoro de barro que custodia el museo más desconocido de Madrid
Algunos de los grandes secretos de Madrid no están a la vista, sino escondidos en una vitrina: en esta serie exhibiremos las piezas más insólitas que conservan los museos de la capital

El Museo Cerralbo, situado en la calle Ventura Rodríguez, fue inaugurado en 1944. / MINISTERIO DE CULTURA

Hay objetos que no necesitan oro para parecer un tesoro. Basta con saber qué llevaban dentro. En el Museo Cerralbo, se conservan tres pequeñas cantimploras de barro que hace unos 1.400 años viajaron por un mundo bastante menos cómodo que el nuestro. Son ampullas de peregrino, fabricadas en Egipto entre los siglos VI y VII. Cabían en una mano. Y servían para transportar agua o aceite vinculados a un lugar sagrado. Hasta ahí, todo parece razonable. El asunto se pone interesante después: quienes las portaban confiaban en que aquel contenido podía proteger y curar. “Fueron traídas del sepulcro de san Menas en Alejandría, lugar al que fueron a parar sus restos tras su martirio. Igual que hoy nos traemos botellitas con agua de Lourdes, en el siglo III ya existían los souvernirs religiosos. Son amuletos y testigos de haber realizado dicha peregrinación para pedir un favor al santo”, sostiene Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid.
Las tres piezas del Cerralbo están hechas en arcilla y comparten protagonista: san Menas. Su figura aparece en este tipo de recipientes con los brazos abiertos y, habitualmente, flanqueado por dos camellos. No es un capricho decorativo. Menas habría sido un soldado romano de origen egipcio martirizado por su fe cristiana a finales del siglo III. La tradición cuenta que los camellos que trasladaban su cuerpo se detuvieron en un punto del desierto y se negaron a continuar. Allí fue enterrado. Y allí creció después Abu Mena, una ciudad de peregrinación levantada alrededor de su tumba, con iglesias, monasterios, viviendas y talleres. Siglos después, el lugar acabaría reconocido por la Unesco. Pero antes fue, sobre todo, un imán para quien necesitaba esperanza.

Dos de las 'ampullas' que conserva el Museo Cerralbo. / CEDIDA
Y esperanza había para embotellar. Los peregrinos llegaban a Abu Mena, rezaban, visitaban el santuario y regresaban con pequeñas cantidades de agua, aceite o, incluso, tierra asociada al enclave. Las ampullas funcionaban así como recuerdo y talismán. La idea hoy puede sonar remota, pero no lo es tanto. Seguimos guardando arena de una playa, una entrada arrugada, la pulsera de un festival o una piedra que, objetivamente, no vale nada y, sin embargo, no hay manera de tirar. Aquellos viajeros hacían algo parecido, solo que su souvenir venía cargado de una promesa mucho más seria: volver a casa con un poquito de lo sagrado encima y confiar en que no se agotara por el camino. “En el futuro, quien sabe, dada la crisis climática y el debate sobre los recursos, una cantimplora llena de agua podría convertirse en una reliquia digna de estar protegida y ser codiciada. Esperemos que esto no ocurra”, prosigue Martín.

Las 'ampullas' fueron adquiridas por los peregrinos como objeto religioso. / CEDIDA
No fueron concebidas para impresionar desde una vitrina, sino para moverse. Son objetos humildes, reproducidos mediante molde y pensados para circular entre mucha gente. Precisamente, ahí está su fuerza. Frente a la espectacularidad de un gran sarcófago, estas cantimploras hablan bajito. Lo hacen del cuerpo cansado, del polvo en las sandalias, de la sed y del miedo a enfermar lejos de casa. San Menas terminó convertido en uno de los santos sanadores más populares del cristianismo oriental y sus ampullas viajaron mucho más allá del santuario egipcio. Eran pequeñas, sí. Pero podían contener algo imposible de medir en mililitros: la tranquilidad de pensar que, en caso de apuro, uno no caminaba solo.
Una historia íntima
Que tres de ellas hayan terminado en el Cerralbo encaja bastante bien con la personalidad de la casa. El palacio de la calle Ventura Rodríguez fue hogar del XVII marqués de Cerralbo, Enrique de Aguilera y Gamboa, político y pionero de la arqueología española. La familia compraba obras en subastas y anticuarios durante sus viajes, hasta el punto de proyectar una residencia capaz de convivir con semejante acumulación. El edificio comenzó a levantarse en 1883 y se inauguró una década después. Hoy mantiene buena parte de aquellos ambientes y reúne desde pintura y armaduras hasta cerámicas y textiles. Hay mucho donde mirar. Quizá, demasiado. Por eso tiene gracia que, entre tanto terciopelo, espada y salón solemne, tres cacharritos de barro sean capaces de llevarse la historia a un terreno mucho más íntimo.

Una de las estancias del Museo Cerralbo. / TURISMO MADRID
“El marqués tenía un gusto exquisito y posibilidades económicas. No sólo coleccionó objetos de proximidad, como los yacimientos que visitó y patrocinó, también pueden observarse piezas traídas de Japón”, subraya Martín. Las ampullas no cuentan únicamente cómo rezaban los cristianos de hace 14 siglos. Relatan qué hacemos los humanos cuando tenemos miedo y necesitamos convertir una idea en algo que se pueda tocar. Le damos forma. La metemos en un bolsillo. Y tiramos millas. En pleno verano madrileño, cuando una cantimplora vuelve a ser casi una extensión del cuerpo, mirar las del Cerralbo produce una familiaridad inesperada. Aquellas no prometían agua fresca durante una caminata ni sobrevivir a un vagón de metro a 40 grados. Aspiraban a algo bastante más ambicioso: conservar una bendición. No sabemos qué manos las sostuvieron antes de llegar a Madrid ni qué esperaban exactamente de ellas. Pero siguen aquí, vacías y frágiles, recordándonos que hay recipientes que, incluso sin una gota dentro, todavía guardan muchísimo.