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LECTURAS

La escritora madrileña que salió a caminar por la España vaciada y volvió con una pregunta: ¿por qué el amor tambalea a una mujer libre?

Natalia Gómez del Pozuelo publica 'La mirada del corzo', una novela nacida de un viaje a pie por la España vaciada en la que explora la libertad, el deseo, el amor aprendido y el regreso a una misma

Natalia Gómez del Pozuelo, autora de 'La mirada del corzo', novela nacida de un viaje a pie por la España vaciada.

Natalia Gómez del Pozuelo, autora de 'La mirada del corzo', novela nacida de un viaje a pie por la España vaciada. / Cedida

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Andrea San Martín

Andrea San Martín

Madrid

Un día, Natalia Gómez del Pozuelo salió de casa andando. Durante semanas recorrió la llamada España vaciada para averiguar qué necesitaba realmente para vivir, pero el viaje acabó abriendo una pregunta más profunda: qué ocurre cuando una mujer que se siente libre empieza a tambalearse ante el amor. La escritora madrileña, que trabajó más de 15 años en puestos directivos de comunicación y marketing antes de dejarlo todo en 2007 para dedicarse a escribir, publica ahora La mirada del corzo, una novela sobre el deseo, la autonomía, los automatismos románticos y esa mirada propia que a veces cuesta tanto sostener.

Natalia Gómez del Pozuelo explora en 'La mirada del corzo' qué ocurre cuando una mujer libre se tambalea ante el amor.

Natalia Gómez del Pozuelo explora en 'La mirada del corzo' qué ocurre cuando una mujer libre se tambalea ante el amor. / Cedida

Hay un momento en el que decide salir de casa andando. ¿Qué estaba pasando en su vida para que caminar pareciera la única respuesta posible?

Llevaba años en un proceso de desprendimiento material. Tiempo atrás había renunciado a un trabajo bien remunerado y a una casa grande para poder dedicarme a escribir y, aunque ya había encontrado un nuevo equilibrio, quería averiguar qué era lo mínimo imprescindible que necesitaba para vivir.

Dice que el viaje empieza mucho antes de dar el primer paso. ¿Cuál fue el momento exacto en el que descubrió que ya no había vuelta atrás?

El momento en el que les conté a las personas suscritas a mi newsletter que nos íbamos de viaje. Compartí el proyecto con los lectores y el viaje, que hasta entonces había sido una ilusión, tomó consistencia. Ya no había vuelta atrás. Como en otras ocasiones, la escritura moldeaba mi realidad más allá de lo esperado.

¿Qué pesa más cuando una camina durante semanas: la mochila o la mochila emocional que lleva encima?

Antes de salir pesaba mucho más la mochila emocional. El miedo me llevaba a meter una navaja, spray de pimienta, medicinas... La culpa me hacía preguntarme si era razonable dejar durante semanas a mis padres y a mis hijos. Pero cuando caminas varios días seguidos, los pasos van dejando atrás los pensamientos y llega un momento en que solo existen el calor, los kilómetros, el hambre, el dolor de pies o el ataque de un animal. Lo imaginado deja paso a la realidad.

La novela habla de "los automatismos aprendidos del amor". ¿Qué descubrió sobre esa tendencia a adaptarnos a lo que espera el otro, incluso cuando creemos vivir desde la libertad?

Descubrí que tenía muy impregnado en el subconsciente el deseo de gustar. En la novela hay una escena en la que él me dice "qué guapa" y yo noto cómo algo se derrite dentro de mí. Me gusta y, al mismo tiempo, me incomoda que algo tan sencillo tenga tanto poder. También aparece lo que llaman la escalera mecánica de las relaciones: un momento de atracción que parece mágico, mensajes de acercamiento, convivencia creciente... Yo sentía que todo iba demasiado rápido, por encima de mi propio ritmo, a pesar de ser yo la que lo estaba viviendo; como si el automatismo fuera más fuerte. Creo que nos sucede a la mayoría. En La mirada del corzo, uno de los aspectos más interesantes es que, en la primera parte, se ve a una mujer que viaja sola, autónoma y en su centro. En cambio, cuando aparece el amor, se desbarata y actúa de forma complaciente, lo que le provoca un malestar grande. Ese conflicto entre la mujer libre que camina sola y la mujer que empieza a perderse cuando aparece el amor es, en el fondo, el verdadero tema de la novela.

Hay una frase muy poderosa en el libro: "salir de casa andando hacia donde me llevara la vida". ¿Qué encontró que nunca habría encontrado si hubiera ido en coche o en tren?

La ayuda desinteresada de las personas que me encontré. Carlos me abrió el Ayuntamiento de su pueblo para que pudiera dormir y por la mañana me preparó un bocadillo igual que a sus hijos. Andrés me prestó un camping gas y me dio un trozo de carne y verduras cuando no tenía qué comer. Ernesto me llevó al siguiente albergue cuando me empezó a doler el pie y, al estar cerrado, me dejó dormir en casa de su madre, que no estaba. También encontré lugares fascinantes a los que únicamente se puede llegar a pie y en los que no hay más humanos en kilómetros a la redonda. Y tuve encuentros con animales, entre ellos el corzo que da nombre a la novela, que suceden porque vas sola y estás en silencio.

En una sociedad obsesionada con la productividad, ¿caminar despacio se ha convertido casi en un acto de rebeldía?

Caminar despacio, detenerte a contemplar un paisaje, escuchar de verdad a quien te encuentras, viajar sin consumir continuamente... Hemos asociado el tiempo bien aprovechado con producir o acumular experiencias. Caminar me ha enseñado que hay una enorme riqueza en demorarse y simplemente estar presente.

A los 55 años, ¿por qué sigue costando tanto encontrar historias protagonizadas por mujeres que hablan del deseo, la libertad o el amor desde esa etapa de la vida?

Durante mucho tiempo se ha invisibilizado a la mujer y, sobre todo, a las mayores de cincuenta, como si una vez finalizada la época de procrear carecieran de vida y de interés. Con los cambios sociales y las nuevas longevidades, se está produciendo una eclosión de textos escritos por esas mujeres mayores que narran sus experiencias desde la autonomía. En la presentación de mi última novela, mi amiga y gran lectora Itziar Cabrera comentó que tradicionalmente los hombres habían escrito sobre sus aventuras épicas cuyo final era la vuelta al hogar y que la literatura femenina se había visto siempre envuelta en el halo de lo romántico. En cambio, ahora las mujeres escriben sus odiseas en las que el regreso no es a casa, sino a ellas mismas.

Durante el camino conoce a muchas personas. ¿Qué conversación o qué gesto de un desconocido le sigue emocionando cuando lo recuerda?

Como conversación, una que tuve con el gestor de un albergue. Me habló de su vida pasada y me comentó que hacía años que no hablaba así de su intimidad con nadie. Precisamente por estar de paso, y por mirar a esas personas con cierta distancia, era posible compartir un momento y continuar después sin deudas, sin pasado y, en la mayoría de los casos, sin futuro. Eso permitía arriesgar más, reírse, mostrarse. En cuanto al gesto, recuerdo a un motero escocés que conocí en un camping. Me recomendó visitar una necrópolis y le conté que estaba lesionada. Comentamos a la vez: "¡Qué pena no tener otro casco!". Al día siguiente apareció con un casco y unos guantes. Los tenía en casa de un amigo y se había hecho 300 kilómetros para buscarlos. Celebramos su 65 cumpleaños visitando sus lugares favoritos. Se ha sumado a mi red de afectos y cada vez que viene a España buscamos la forma de vernos.

Natalia Gómez del Pozuelo, autora de 'La mirada del corzo', novela nacida de un viaje a pie por la España vaciada.

Natalia Gómez del Pozuelo, autora de 'La mirada del corzo', novela nacida de un viaje a pie por la España vaciada. / Cedida

¿Qué aprendió de la España vaciada que cree que las ciudades hemos olvidado?

Que una comunidad solo sobrevive cuando entiende que nadie sale adelante solo. En muchos pueblos vi cómo las personas adaptaban su vida a las necesidades de los demás: compartir coche, acercar una compra, cuidar a un vecino mayor, mantener servicios aunque apenas sean rentables... En las ciudades tendemos a pensar que la autonomía consiste en no necesitar a nadie. En cambio, en el viaje, con el cuidado que recibí, me di cuenta de que la verdadera fortaleza está en saber sostenernos mutuamente.

El corzo da título al libro. Cuando ese animal se gira y parece preguntarle "¿Y tú qué haces por aquí?", ¿qué cree que le estaba preguntando realmente?

La pregunta nació en mi mente. Lo que observé en los ojos de aquel animal, una vez descartado el miedo, fue curiosidad y apertura; una mirada sin expectativas. En cambio, cuando conocí al atractivo ciclista francés, aparecieron de golpe todos los automatismos, deseos y proyecciones que cargamos los seres humanos. Ese contraste terminó dando nombre a la novela.

En la segunda parte aparece el amor y todo vuelve a tambalearse. ¿Por qué resulta más fácil cambiar de vida que cambiar la forma en la que amamos?

Porque son automatismos grabados muy profundamente. El romanticismo tiene publicistas de altísimo nivel: Shakespeare, Brontë, Flaubert, Goethe, Zweig y un larguísimo etcétera, al que después se sumaron los guionistas de cine, telenovelas y series. Es difícil resistirse. Es como un surco por el que el agua siempre acaba pasando. Parece que no hubiera otro camino posible. La novela responde a un deseo de buscar otras formas de amar más libres y que produzcan menos sufrimiento.

Después de escribir esta novela, ¿qué idea sobre el amor ha desaprendido y cuál ha decidido conservar para siempre?

Creo que le he visto el mecanismo al artefacto romántico y lo he desactivado. También he aprendido a vivir la pasión de forma más amplia. La percibo en muchos lugares: en el olor de la tierra, en la vista del mar, en las palabras que intercambio con otros seres, en un libro, en una caricia, en unos pies descalzos que se mueven al son de la música o al ayudar a mi padre cuando intenta ponerse el abrigo del revés. Y también en los ojos de un corzo que me descubrieron una nueva forma de mirar.

Si pudiera volver a encontrarse con aquella mujer que salió de casa con una mochila al hombro, ¿qué le diría antes de que empezara a caminar?

Estás a punto de vivir una aventura que va a cambiar tu manera de mirar. Descubrirás que la verdadera potencia no reside en la mirada del otro, sino en la tuya propia.