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INCENDIO FORESTAL

La vida después del incendio para quienes han perdido sus negocios: "No quiero que mi padre vea cómo su chiringuito se está cayendo abajo"

Carlos Bravo y Borja Álvarez, que dejaron un restaurante y una residencia canina en San Martín de Valdeiglesias a merced de las llamas, vuelven al lugar de los hechos para comprobar cómo han quedado

Imagen de la residencia canina La Vida Más Perra, en San Martín de Valdeiglesias, tras el incendio forestal.

Imagen de la residencia canina La Vida Más Perra, en San Martín de Valdeiglesias, tras el incendio forestal. / CEDIDA

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Mientras los equipos de extinción continúan consolidando el perímetro del incendio en el entorno del pantano de San Juan, entre San Martín de Valdeiglesias y Pelayos de la Presa, la emergencia empieza a dejar al descubierto su impacto económico en la Sierra Oeste. Además de las miles de personas evacuadas, decenas de negocios vinculados al turismo, la hostelería, el ocio y las actividades al aire libre han visto paralizada o perdida su actividad en uno de los principales destinos recreativos de la Comunidad de Madrid. Ante este escenario, la Comunidad de Madrid mantiene su plan de ayudas para familias afectadas, una línea específica de avales para empresas y autónomos y medidas de apoyo al sector primario, mientras el Gobierno aprobará una prestación extraordinaria para los trabajadores cuya actividad se haya visto interrumpida por los incendios. 

Hay a quienes las llamas les sorprendieron en la siesta, como a Borja Álvarez, propietario de La Vida Más Perra, una residencia canina en San Martín de Valdeiglesias. “Mi hijo de tres años dormía a mi lado y yo me enteré de milagro. Escuché varios helicópteros y me asomé por la ventana. Teníamos una columna de humo encima, a menos de un kilómetro. En 20 minutos cogí lo que pude: mi ordenador, dinero y a mis perros y salimos en dirección a la estación de bomberos del pueblo”, relata. Para su sorpresa, esta también había sido alcanzada por las llamas y los profesionales le desaconsejaron regresar para salvar al resto de canes: “Dejé al niño con su madre y me di media vuelta, pese a las prohibiciones de la Guardia Civil. Sin embargo, la nube de humo era tan imponente que no se veía el horizonte por ningún lado. No se podía respirar, me faltaba el aire”. 

Imagen del chiringuito El Sereno, negocio afectado por los incendios forestales.

Imagen del chiringuito El Sereno, negocio afectado por los incendios forestales. / REDES

El madrileño se dio la vuelta dando a los animales por muertos. Estos se encontraban dentro de una nave de obra, en habitaciones individuales. “Fui hasta Capypo Fado, en Navalcarnero, donde vive mi familia. Y, de camino, avisé a algunos clientes de la situación. Dos de ellos pudieron ir hasta la residencia y salvar algunos perros. Fueron quienes me confirmaron que aún estaban vivos y recuperé la esperanza. Que se quemase mi casa me daba igual, lo que me importaba era que ninguno de ellos falleciese”, asegura. El problema, dice, es que muchos de estos canes están ahí por problemas de conducta, por lo que su desalojo iba a ser complejo en cualquiera de las circunstancias. A las 20:30 de la tarde, Borja llegó a su casa, pese a los controles de seguridad establecidos por las autoridades.

Un milagro

“Me quedé hasta las tres de la madrugada del viernes atendiendo a los animales y tratando de reducir las llamas como podía”, suma. Ahora, seis días después de la tragedia, el adiestrador hace balance de los daños: “La finca son 12 hectáreas, de las cuales 10 han quedado completamente calcinadas. Todo menos mi casa, la nave y un par de hectáreas verdes. Es un jodido milagro. No sé qué fuerza divina hay aquí para que los animales y la nave estén bien”. Echando la vista atrás, Borja cree que ha faltado trabajo previo, especialmente desde Filomena. “Estaba preocupado porque esto era un polvorín. Nadie se había preocupado de limpiar los pinos que se partieron entonces. Había miles de ramas secas en el suelo”, señala. Aún desconoce si recibirá compensación económica por los daños ocasionados y prefiere no hacerse ilusiones. 

La vivienda de Borja Álvarez, junto a la residencia canina, se ha librado del incendio.

La vivienda de Borja Álvarez, junto a la residencia canina, se ha librado del incendio. / CEDIDA

“Ya lo hemos visto en la Dana, en el terremoto de Murcia… Cada uno saca sus propias castañas del fuego”. Si bien estos últimos días la rutina de los canes apenas ha cambiado, en su cabeza ronda una única decisión: si seguir en la finca o mudarse a otra. “Estoy de alquiler. Tengo un seguro que me cubrirá ciertas cosas. Me tienen que dar una vivienda por un año e indemnizar para repoblar la zona. Esta es la casa de mi hijo desde que nació y yo he peleado mucho por este sitio. Hemos echado raíces aquí, así que cambiarnos es una decisión que tenemos que valorar. Aún es muy pronto para decidir, seguimos con el susto en el cuerpo”, zanja. No es el único. A Carlos Bravo y su padre la vida les ha llevado al límite. Propietarios de los chiringuitos La Martuka y El Sereno en el Pantano de San Juan respectivamente, el fuego no se ha portado igual con los dos negocios: “El de mi padre está totalmente calcinado. Yo he tenido más suerte. He podido salvar la mayoría”. 

"Parece una guerra"

El pasado domingo, Bravo pudo volver al restaurante, situado en la orilla próxima a San Martín de Valdeiglesias, para evaluar los daños y ver cómo ha quedado todo. Desde que se declaró el incendio, no ha dejado de ayudar a vecinos y amigos que no han tenido la misma suerte. “Los fuegos siguen activos y el humo nos está afectando. De repente, el pueblo se llena de una nube gris. Las autoridades nos han recomendado el uso de mascarillas a todo el mundo porque puede ser peligroso para la respiración, especialmente a niños, mayores y enfermos”, dice. Tal y como asegura, la zona del río Cofio, próximo al pantano, continúa siendo uno de los puntos más críticos del incendio: “Lo tenemos aquí cerca”. Pese a todo, padre e hijo atienden un tercer negocio ubicado en el municipio, desde el que preparan comida para voluntarios y evacuados. 

La impotencia que sintió el pasado jueves, cuando veía cómo las llamas rodeaban su negocio y no había unidades de emergencias disponibles, se disipó una vez puso un pie en el pueblo: “Me di cuenta de la suerte que habíamos tenido. La prioridad eran las poblaciones y sacar a todo el mundo de sus casas. Se han quemado muchas viviendas y los ánimos están fatal. La imagen de todo el pueblo arrasado es demoledora, los vecinos no nos lo creemos, parece que ha pasado una guerra”. Coincidiendo con Borja, Carlos ha escuchado que llegarán ayudas a quienes han perdido sus negocios. Sin embargo, prefiere no aferrarse a nada: “Ya hemos visto otras catástrofes en las que nunca han llegado”. Pese a la gravedad de la situación, el joven no ha permitido a su padre acercarse a la zona quemada, tratando de evitarle el disgusto: “No queremos que lo vea, le va a dar algo. Es su negocio y se ha quemado por completo, se está cayendo abajo. El pueblo ha podido hasta con las vigas”.

Confiesa que hablar de la gestión “es muy fácil” si no se ha estado “ahí, delante del fuego, rodeado por las llamas”. “Lo que sabemos todos es que algo ha pasado para que los bomberos forestales anden quejándose de sus condiciones. No podemos ponerles un pero. Igual que a los voluntarios. Políticamente hablando, creo que se han gestionado mal las cosas, pero a quienes están al pie del cañón no les podemos echar nada en cara. La imagen aquí es desoladora, como en muchas otras partes de Madrid”, concluye.