CONCIERTO
Que nadie levante la voz a Morrissey: una 'ruleta rusa' con final celestial en Madrid
El artista británico convirtió el Movistar Arena en un ejercicio de provocación, dramatismo y redención sostenido por una interpretación formidable

Morrissey, en el Movistar Arena de Madrid. / RICARDO RUBIO

Es difícil predecir a Morrissey. Tiene un humor tan voluble que sus conciertos dependen de cómo se haya levantado. Por lo que, en esta ruleta rusa que ha contribuido a endiosarlo, ojo, nadie sabe hasta el último segundo si aparecerá. Antecedentes tiene: suele cancelar el 30% de sus fechas, así que nadie está a salvo de sus antojos. Anoche, por fin, tras suspender su actuación en Noches del Botánico hace un año, pisó Madrid. Estuvo provocador, demasiado estrafalario. Hizo y deshizo el repertorio al gusto. Y, por instantes, incluso, pecó de bocazas. Pero, oye, llegados a este punto, a Steven Patrick se le perdona todo. Lo único que se le pedía era que saliera y ahí estuvo. Pocos corazones hubieran soportado otro desplante más. Por ello, pese a lo estridente que llega a ser, el público lo acogió con fervor. Su directo fue celestial. Y, sólo entonces, ay, el resto dio igual. Que nadie levante la voz a Morrissey.
La primera victoria llegó antes de que sonara una sola nota. El artista salió. Y el Movistar Arena, que llevaba toda la tarde haciendo cábalas, después de todo, respiró de golpe. Morrissey entró con la camisa abierta y esa manera tan suya de caminar como si el escenario fuera un tribunal y él, naturalmente, el único juez. No saludó efusivo. Una mueca y el cable del micrófono convertido en compañero de baile bastaron para recordar quién mandaba allí. Arrancó con Billy Budd y, desde el primer fraseo, despejó la única duda importante: su voz sigue intacta. Grave cuando debe doler y luminosa cuando debe sanar. Tiene 67 años, pero canta como si el tiempo, tan cruel con la mayoría, ejem, hubiera decidido concederle una prórroga.

'Make-Up Is A Lie' es el último álbum de Morrissey. / RICARDO RUBIO
A su alrededor, la banda evitó cualquier tentación de robarle el plano. Hizo lo que debía: sostener y dejar espacio. Ahora bien, el papel que jugaron los teclados fue clave: sonaron exquisitos, añadiendo un frío elegante a un repertorio siempre escrito desde la herida. En A Rush And A Push And The Land Is Ours, precisamente, adquirieron una solemnidad casi litúrgica. Ésta fue una de las escasas referencias a The Smiths porque Morrissey, ante todo, detesta cualquier ejercicio de nostalgia. Jamás le ha interesado resucitar cadáveres, ni siquiera cuando los cuerpos son gloriosos. Prefirió repartir el peso entre su carrera en solitario y Make-Up Is A Lie, el álbum que ahora defiende. Algunos de los nuevos cortes fueron recibidos con respeto. Otros, en cambio, sufrieron el silencio de quien sólo tiene ojitos para los clásicos. Entonces, rescató First Of The Gang To Die y el pabellón dejó de contenerse.

'A Rush And A Push And The Land Is Ours' fue uno de los clásicos de The Smiths que Morrissey rescató. / RICARDO RUBIO
“El siguiente tema se va escuchar en todas las radios de España sin parar”, bromeó al introducir Kerching Kerching. Morrissey nunca se limita a cantar cuando tiene un altavoz delante y una multitud dispuesta a interpretar cada frase como una revelación. Sabe como nadie disfrazar la ocurrencia de doctrina. Y, aunque adora tantear los límites de la paciencia ajena, al menos, ha aprendido a callar en el instante adecuado. No obstante, tiene canciones como The Bullfighter Dies que prolongan dicha incomodidad. De hecho, el 24 de julio, a propósito del debate que en ella plantea, el artista pidió a Pedro Sánchez que prohibiera las corridas de toros. Es insistente. Sus principios son inamovibles. Por ello, precisamente, cuanto más se empeña en sermonear al público, más necesita refugiarse en unas letras que dicen más (y mejor) que él.
Interpretar la soledad
El concierto creció cuando dejó de explicarse. How Soon Is Now? extendió su temblor de guitarra por las gradas y transformó Madrid en una inmensa caja de resonancia. Después, I Know It’s Over abrió la grieta sentimental de la velada. Y ahí ya no hubo proclamas ni personajes con capacidad para distraer. Sólo una voz cantando al abandono y 7.000 almas recordando por qué habían vuelto a perdonarlo. Entonces, los teléfonos iluminaron el recinto con esa torpe obsesión contemporánea por guardar cada emoción. Morrissey estiró cada verso hasta el borde, administrando el silencio con inteligencia. Es cierto que puede resultar cargante, vanidoso y grotesco. Pero, cuando interpreta la soledad, pocos logran discutirle nada.

Morrissey, en el Movistar Arena de Madrid. / RICARDO RUBIO
El cierre confirmó que, por encima de la polémica y esa tendencia suya a convertir cada concierto en un pulso, Morrissey sigue teniendo algo que no se finge: presencia. Supo apretar las melodías y mirar al público para tener todo bajo control. Para el bis reservó There Is a Light That Never Goes Out, la canción que ha sobrevivido a The Smiths, a sus guerras internas y al empeño del propio cantante por discutir con medio mundo. El público la cantó como una plegaria y él la recibió como un dios que escucha su himno. Se marchó sin ceremonias. Ni grandes gestos ni fingidos halagos. Había cumplido con lo único que se le exigía: estar. Lo demás fue superficial. Incluso sus habituales excesos quedaron reducidos a una nota al pie. No hay duda: cuando abre la boca, nos coloca a todos en nuestro sitio. Que nadie levante la voz a Morrissey.