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CRÓNICA

Ana Torroja ajusta cuentas con Mecano en el Teatro Real: la artista que sobrevivió a su propia leyenda

El concierto, enmarcado en el ciclo Revolution'65, convirtió los himnos de siempre en el contrapunto de una carrera en solitario que reclama su lugar

Ana Torroja está presentando 'Se ha acabado el show', su último disco.

Ana Torroja está presentando 'Se ha acabado el show', su último disco. / EUROPA PRESS

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Nunca lo tuvo fácil. Que Ana Torroja saliera adelante tras el fin de Mecano fue todo un bofetón en la cara. Parecía condenada a un cancionero que, salvo gratas excepciones, ojo, jamás contó con su visión. Y, claro, pese a los buenos títulos que ha ido lanzando en solitario, la sombra de aquellos éxitos los tapaba. Una injusticia teniendo en cuenta la honestidad con la que fueron concebidos. Sin embargo, resistió. Y, 45 años después de debutar con los Cano, puede presumir de haber sobrevivido. A su manera. Con las botas puestas. Anoche, en un Teatro Real expectante, la artista demostró por qué sigue en pie: tiene algo que contar. Y, aunque lo fácil hubiera sido levantar una gira nostálgica, ejem, ella continúa explorando sus múltiples universos. Está en un buen momento. Se intuye en sus últimos temas.

Estuvo radiante, dándose prioridad frente al pasado. Por ello, precisamente, arrancó con Se ha acabado el show, el corte que da nombre a su nuevo álbum. Quiere celebrarse. Y el resto le da igual. No es baladí que éste sea su primer proyecto sin el apoyo de una gran discográfica. Desde la independencia, está demostrando que la edad no es un límite para ser libre: tiene 66 y está en plena catarsis creativa. Ha aprendido a escribir desde la intemperie, sin el escudo de un apellido compartido. Y, este martes, serenísima, puso todos sus miedos a bailar: reflexionó sobre el tiempo, la fama y el desgaste sin pedir permiso, desprejuiciada. Y, oye, por primera vez, brilló con nombre propio. Su voz, más grave y frágil, ya no busca la perfección del estudio. Transmite otra cosa. Verdad, quizás. Y, cuando la encuentra, como sucedió en A veces, se vuelve magnética.

'Se ha acabado el show' es el séptimo álbum en solitario de Ana Torroja.

Ana Torroja, en una imagen promocional de 'Se ha acabado el show'. / CEDIDA

“Estoy tan emocionada que me tiemblan las manos. Disfrutad de este viaje. Dejaos llevar”, dijo arropada por una banda de altura. Desprendieron química, alternando con eficacia el pretérito con lo moderno. De hecho, hubo novedades que bien podrían pertenecer a épocas doradas y clásicos que, gracias a su buen hacer, tan precisos, sonaron contemporáneos. Fue el caso de Cruz de navajas, El 7 de septiembre e Hijo de la luna, recibidas con una ovación que obligó a respirar. Torroja, a diferencia de otras ocasiones, no se revolcó en la nostalgia. La administró. Con inteligencia, además. Rebajó arreglos y cambió acentos, dejando que las canciones envejecieran con ella. En ningún segundo trató de disfrazarse de la chica que fue. No pretendió resucitar a Mecano, una tarea imposible y, probablemente, innecesaria, sino comprobar qué queda hoy de aquellos temas.

Hubo también espacio para la carrera que se ha contado durante décadas como una nota al pie. A contratiempo, por ejemplo, recuperó su elegancia adulta y Sonrisas hizo volar cabezas. Ambas recordaron que Torroja ha firmado un repertorio bastante más sólido de lo que suele admitir el relato oficial. Ahí surgió la paradoja de la noche: el público acudió, en buena medida, para reencontrarse con su juventud, pero terminó escuchando con atención a la mujer que vino después. Obviamente, no todos los cortes provocaron el mismo incendio. Es normal. Ahora bien, un concierto vivo necesita zonas de riesgo que despierten nuevas pasiones. De lo contrario, estaríamos ante un karaoke de lujo. Y ella, por fortuna, no parece dispuesta a convertirse en una estatua de sí misma.

Un álbum familiar

La escenografía acompañó esta idea sin estridencias. Todo estaba pensado para dar protagonismo a la música. No hizo falta pirotecnia ni purpurina para entregar los pulmones. Ella se movió cómplice, hablando lo justo y dejando caer alguna ironía sobre la memoria y el sector en sus letras. Cada una era un álbum familiar abierto de par en par: los olores y las sabores que despertaron aquellas imágenes desarmaron al Real. No hubo artificio, sólo la emoción de quienes se redescubrieron tantos años después. Y, ahí, de fondo, la garganta de Torroja lució todas sus aristas. Una voz que parecía imposible de separar de una época y que, ahora, por fin, empieza a escucharse también como la de una artista con biografía singular. “No sabéis lo importante que sentir vuestra energía aquí arriba”, señaló. Y el teatro rugió.

El final fue una rendición. Maquillaje, Un año menos, Barco a Venus, Un año más, Una rosa es una rosa… Y Me cuesta tanto olvidarte. Un tema sobre la imposibilidad de borrar lo vivido: difícil encontrar un resumen más fidedigno de la velada. Torroja se despidió sin alardes, consciente de que ya estaba todo dicho. No ganó la batalla contra su pasado porque esta guerra, en realidad, nunca tuvo sentido. Hizo algo mejor: lo puso a dialogar con el presente. Y salió indemne. Anoche, no vimos a una superviviente administrando reliquias, sino a una cantante que entiende que la nostalgia sólo sirve cuando empuja hacia delante. Tiene 45 años de canciones a la espalda y todavía conserva el hambre. No es poco. En un país empeñado en jubilar a sus estrellas antes de tiempo, Ana Torroja persiste. A su manera. Con las botas puestas. Pero, sobre todo, por derecho propio.