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ERA DE LOS FESTIVALES

Del chiringuito con DJ al macroconcierto de marca: los festivales viven su gran momento

La música se consolida como el epicentro del ocio estival, atrayendo a marcas y ciudades que buscan posicionarse a través de experiencias únicas

Ambiente en el festival Mad Cool en 2022, cuando se celebraba en Valdebebas.

Ambiente en el festival Mad Cool en 2022, cuando se celebraba en Valdebebas. / Europa Press/ Ricardo Rubio

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Andrea San Martín

Andrea San Martín

Madrid

El verano ya no se mide solo en vacaciones, terrazas o conciertos sueltos. Ahora se mide en pulseras, escenarios, atardeceres con DJ, barras patrocinadas, carteles compartidos en redes y experiencias que empiezan mucho antes de que suene la primera canción. El festival se ha convertido en el formato estrella del ocio: sirve para escuchar música, sí, pero también para viajar, ligar, comer, brindar, fotografiarse, pertenecer a algo y sentir que se está dentro de un momento irrepetible.

GRAF9331. MADRID, 12/07/2018.- Aspecto del recinto instalado en el barrio madrileño de Valdebebas, donde se celebra desde hoy y hasta el próximo Domingo la tercera edición del festival de música Mad Cool. EFE / Victor Lerena

GRAF9331. MADRID, 12/07/2018.- Aspecto del recinto instalado en el barrio madrileño de Valdebebas, donde se celebra desde hoy y hasta el próximo Domingo la tercera edición del festival de música Mad Cool. EFE / Victor Lerena / Victor Lerena / EFE

La fiebre alcanza a casi todo. A los grandes recintos, a las playas, a las marcas, a los aniversarios empresariales, a los chiringuitos y a las ciudades que quieren posicionarse como capitales culturales. El ejemplo más evidente está en los macrofestivales, pero la tendencia llega mucho más lejos: un beach club con sesión al atardecer, un aperitivo con activación de marca o un cumpleaños corporativo convertido en concierto multitudinario también forman parte del mismo fenómeno.

Madrid es uno de los mejores escaparates de esta explosión. Este verano, la región ha reunido citas como Río Babel, celebrado del 3 al 5 de julio en el Auditorio Miguel Ríos de Rivas-Vaciamadrid, con un cartel que combinó nombres como Katy Perry, The Offspring, Amaia, Molotov, Bomba Estéreo o La M.O.D.A.; Mad Cool, del 8 al 11 de julio; y Noches del Botánico, que celebra su décimo aniversario del 3 de junio al 31 de julio con 54 conciertos y más de 60 artistas en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Complutense.

Madrid, laboratorio del verano musical

La capital se ha convertido en un laboratorio perfecto para medir hasta dónde puede llegar el fenómeno. Por un lado, mantiene el músculo de los grandes festivales, con recintos capaces de absorber miles de asistentes y carteles internacionales. Por otro, ha consolidado formatos más cuidados, como Noches del Botánico, que juega en otra liga: menos macrorecinto, más experiencia de verano, entorno verde, gastronomía, descanso y una programación que mezcla pop, jazz, flamenco, rock, electrónica o músicas del mundo.

Primera jornada de Río Babel en Rivas-Vaciamadrid.

Primera jornada de Río Babel en Rivas-Vaciamadrid. / Cortesía de Río Babel

Río Babel representa otro modelo: música, comedia, gastronomía y mezcla generacional en un recinto al aire libre de Rivas. Mad Cool, en cambio, funciona como la gran cita de referencia para el público internacional, el indie, el pop, el rock y la electrónica de gran formato. Tres ejemplos distintos que explican una misma realidad: el festival ya no es un único molde, sino una categoría elástica donde caben desde la multitud hasta la experiencia casi boutique.

Y a esa lista se suman otros formatos que no siempre se anuncian como festivales, pero funcionan con la misma lógica: conciertos multitudinarios, eventos de marca, ciclos al aire libre o fiestas musicales vinculadas a una causa, a un territorio o a una comunidad.

Cuando una marca también quiere su escenario

Ahí entra el otro gran cambio: las marcas ya no quieren limitarse a poner un logo en una lona. Quieren construir su propio momento. Su propia experiencia. El Iberdrola Music Festival, celebrado en Madrid con motivo del 125 aniversario de la compañía, reunió a más de 35.000 personas con actuaciones de Lenny Kravitz, Manuel Carrasco, Ana Mena, Álvaro de Luna y Lola Bozzano. La cita tuvo además un componente benéfico, ya que la compra de entradas contribuyó a proyectos sociales vinculados a la lucha contra el cáncer y el hambre, la atención a jóvenes vulnerables, el apoyo a familias afectadas por la dana y la integración laboral de personas con discapacidad o en situación de exclusión.

No es un caso aislado, sino un síntoma. La música se ha convertido en una herramienta de posicionamiento emocional. Las empresas buscan asociarse a valores, comunidad, experiencia y recuerdo. Y el directo ofrece algo que pocas campañas consiguen: miles de personas compartiendo un mismo lugar, una misma emoción y una misma imagen.

El fenómeno se reproduce también en la costa, donde el tardeo se ha convertido en otro pequeño formato festivalero. Este verano, Aperol Spritz ha planteado una ruta por chiringuitos y beach clubs del Sur, Levante y la Costa Brava con sesiones de DJ, experiencias, regalos y activaciones alrededor del aperitivo y la golden hour. En Waikiki Tarifa, por ejemplo, la marca ha programado sus Beach Sessions con artistas como Nana Pure, Thisspar, Odille Lima, Aleito o T Gonz + Hiome, mientras que en Gandula, en Begur, las tardes se acompañan de sesiones en colaboración con Aperitivo House Club. En Montgo Di Bongo, en Jávea, la propuesta combina spritz, tapa, juegos y promociones. La lógica es la misma: convertir el atardecer frente al mar en una experiencia con música, estética y sensación de plan compartido.

Aperol Spritz propone un verano de chiringuitos, música al atardecer y aperitivo frente al Mediterráneo.

Aperol Spritz propone un verano de chiringuitos, música al atardecer y aperitivo frente al Mediterráneo. / Cedida

Del tardeo al universo Tomorrowland

La idea es sencilla: ya no se vende solo una bebida, una entrada o un concierto. Se vende una atmósfera. Un lugar en el que estar. Una historia que compartir. Lo que antes era tardeo ahora quiere sonar a festival. Lo que antes era un chiringuito ahora programa DJ. Lo que antes era una marca ahora busca parecer una comunidad.

En el extremo más espectacular está Tomorrowland, que este verano ha vuelto a Bélgica durante dos fines de semana, del 17 al 19 y del 24 al 26 de julio, con más de quince escenarios y una producción que lo ha convertido en uno de los grandes referentes mundiales de la música electrónica. Este año, además, ha contado con participación madrileña de la mano de DJ Nano, prueba de cómo estos escaparates funcionan también como plataforma internacional para artistas locales.

Tomorrowland no vende solo música electrónica. Vende un mundo. Una estética, una liturgia, una comunidad, una sensación de viaje. Y esa es la aspiración que muchos eventos persiguen ahora: dejar de ser una suma de actuaciones para convertirse en una experiencia reconocible.

"El público no es infinito y el dinero tampoco"

Pero no todo son luces, pantallas y vasos reutilizables. La empresaria musical madrileña Patricia Aragoneses, con 15 años de trayectoria en el sector, cree que el auge también empieza a mostrar señales de saturación. "Hay demasiados festivales y muchos comparten los mismos artistas", advierte. "El público no es infinito, el dinero tampoco y la oferta ha crecido muchísimo".

Su diagnóstico apunta a una de las grandes tensiones del momento: hay más festivales, más formatos y más marcas queriendo subirse al directo, pero no necesariamente más público dispuesto a pagarlo todo. "Un festival necesita tener una identidad clara; no basta con sumar nombres conocidos", sostiene Aragoneses. La repetición de artistas en distintos carteles, el encarecimiento de las entradas y la competencia entre citas obligan al público a elegir.

Del chiringuito con DJ al macroconcierto de marca: los festivales viven su gran momento.

Del chiringuito con DJ al macroconcierto de marca: los festivales viven su gran momento. / Cedida

La clave, según la experta, está en la sostenibilidad del modelo. "Hoy un concierto o un festival implican muchos más costes que antes", explica. Pantallas, escenografías, seguridad, personal, montaje, cachés, barras, food trucks, patrocinadores y logística convierten cada evento en una operación cada vez más compleja. "Si un concierto cuesta un millón de euros, tienes que saber cuántas entradas necesitas vender y qué ingresos adicionales puedes tener para reducir el riesgo".

Más experiencia, pero también más exigencia

El público quiere vivir cosas, pero cada vez exige más a cambio. Ya no basta con un cartel atractivo: importan los accesos, la sombra, el transporte, los baños, los precios, la gastronomía, la comodidad, el relato, la seguridad y la sensación de que aquello merece el esfuerzo. El festival compite contra otros festivales, contra conciertos de estadio, contra viajes, contra el ocio nocturno y contra la propia economía doméstica.

Por eso, el boom no significa que todo vaya a funcionar. Los eventos con identidad clara, comunidad fiel y propuesta diferenciada tienen más opciones de resistir. Los que se limiten a copiar fórmula, sumar nombres y confiar en la moda pueden encontrarse con un público más selectivo de lo esperado.

Madrid, con su calendario cargado y su capacidad para atraer públicos distintos, será una de las plazas donde mejor se vea esa selección natural. La capital tiene grandes recintos, ciclos consolidados, marcas con músculo, público local, visitantes y una escena musical acostumbrada a competir. Pero también tiene una agenda cada vez más apretada. El festival vive su gran momento. La pregunta ya no es si la música en directo arrastra. La pregunta es qué propuestas serán capaces de convertir ese ruido en algo duradero, reflexiona la directora de ARA Music. Porque en plena fiebre de escenarios, playas con DJ y macroconciertos de marca, el verdadero lujo quizá no sea montar otro festival, sino conseguir que alguien quiera volver.