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Filosofía

Ortega y Gasset y su famosa reflexión sobre Madrid: "La gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya”

La capital española fue el escenario vital del pensador, quien la consideró su 'circunstancia' fundamental para interpretar la realidad y la vida urbana.

Ortega y Gasset y su famosa reflexión sobre Madrid: "La gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya”

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José Ortega y Gasset (1883-1955) nació en Madrid en una familia estrechamente ligada al periodismo. Ese contacto temprano con la prensa marcó una trayectoria en la que pensamiento y actualidad caminaron siempre de la mano. Filósofo, ensayista, profesor y editor, Ortega entendió las ideas como una forma de intervenir en la vida pública. No escribía para encerrarse en la teoría, sino para interpretar su tiempo y agitar el debate.

Para entender al Ortega hombre, al periodista y al pensador resulta indispensable recorrer Madrid. La capital fue mucho más que el lugar donde nació y murió. Fue su cuartel general, su escenario intelectual y esa “circunstancia” concreta sin la cual, según su propia filosofía, ninguna vida puede comprenderse por completo. Después de formarse en Deusto, Madrid y varias universidades alemanas, obtuvo la cátedra de Metafísica de la Universidad Central (antecesora de la actual Universidad Complutense), donde ejerció desde 1911 y hasta 1936 cuando sus enseñanzas universitarias regulares quedaron interrumpidas con el estallido de la Guerra Civil.

Desde Madrid impulsó, además, algunas de las empresas culturales más ambiciosas de la Edad de Plata. Participó en el semanario 'España', fue la gran referencia intelectual del diario 'El Sol' y fundó en 1923 la 'Revista de Occidente' una ventana abierta en una habitación que Ortega consideraba demasiado cerrada. En sus páginas se pudo leer a autores como Thomas Mann, Rainer Maria Rilke, Paul Valéry o Franz Kafka, junto a figuras españolas como Antonio Machado, Federico García Lorca, María Zambrano, Pío Baroja o Ramón Gómez de la Serna.

Xavier Zubiri, José Ortega y Gasset y Manuel García Morente

Xavier Zubiri, José Ortega y Gasset y Manuel García Morente / Archivo

Su objetivo consistía en conectar España con el gran debate intelectual de su tiempo, traducir ideas, provocar discusiones y ensanchar el horizonte cultural del país. La Biblioteca Nacional la ha definido como una plataforma fundamental de la modernidad española y Madrid proporcionaba el terreno perfecto para aquella tarea.

Madrid, escaparate del futuro

A comienzos del siglo XX, Madrid crecía, se abrían teatros, cines, comercios y grandes avenidas; la Gran Vía introducía un nuevo paisaje de edificios altos, escaparates y multitudes; los tranvías atravesaban sus calles. La antigua villa cortesana se convertía en una metrópolis moderna y Ortega contempló esa transformación con la atención de un filósofo y el instinto de un reportero. En las calles encontró ejemplos vivos para reflexionar sobre el poder de las masas, el papel de las élites culturales, la convivencia y el destino colectivo.

Madrid era un escaparate del futuro de España, pero también de sus desequilibrios: una ciudad de creación y bullicio, de cafés y tertulias, aunque también de desigualdad, desarraigo y aglomeraciones. De ese paisaje urbano surgió una de sus intuiciones más luminosas. En 'La rebelión de las masas', Ortega escribió: “Ciudad es, ante todo, plaza, ágora, discusión, elocuencia. De hecho, no necesita tener casas la ciudad; las fachadas bastan. La gente construye la casa para vivir en ella y la gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya”.

José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón

José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón / Fundación Ortega-Marañón

Esta frase de Ortega encierra una teoría completa de la vida urbana. La casa protege; la ciudad expone. La vivienda representa la intimidad, el refugio y lo previsible. La calle, en cambio, obliga a encontrarse con quien piensa, vive o habla de otra manera. Para el pensador madrileño, la esencia de la ciudad no se encuentra únicamente en sus edificios, sino en el espacio que queda entre ellos. La plaza, el ágora o el paseo son escenarios donde las vidas dejan de discurrir en paralelo y comienzan a rozarse. Allí aparecen la conversación, el desacuerdo, la política y la ciudadanía. La urbe no sería, por tanto, una gran suma de domicilios privados. Sería el artificio colectivo que permite salir de ellos.

La vida en la calle

La idea resulta especialmente reconocible en Madrid, una ciudad cuya identidad se ha construido históricamente en la calle. En sus cafés, mercados, parques, tabernas, bulevares y terrazas se conversa, se observa y se discute. El madrileño no sale únicamente para trasladarse de un lugar a otro, sale también para estar, para mirar y dejarse ver, para participar en ese teatro cotidiano de encuentros inesperados que convierte el espacio urbano en vida compartida.

José Ortega y Gasset habría entendido esa costumbre como una forma elemental de ciudadanía. Salir de casa supone abandonar momentáneamente el mundo propio y aceptar la existencia de los demás. La ciudad introduce ruido, diferencia e incertidumbre, pero precisamente por eso amplía la experiencia. Ahora bien, su defensa del encuentro urbano contenía también una advertencia. Las mismas multitudes que hacían posible la metrópolis moderna podían poner en peligro la individualidad. Al salir de casa, el ciudadano podía encontrarse con otros sujetos libres y críticos, pero también quedar absorbido por lo que Ortega denominó el “hombre-masa”.

Este concepto no aludía simplemente a una clase social ni a una multitud numerosa. Describía una actitud: la del individuo satisfecho, poco exigente consigo mismo y dispuesto a aceptar opiniones prefabricadas. El problema no era que las masas ocuparan las calles, sino que renunciaran al pensamiento propio y convirtieran el espacio público en un escenario de consignas, automatismos y adhesiones irreflexivas.

Ortega y Gasset rodeado de periodistas a la salida del Palacio Nacional en 1933

Ortega y Gasset rodeado de periodistas a la salida del Palacio Nacional en 1933 / Díaz Casariego / EFE

Madrid encarnaba esa tensión. Podía ser conversación y estruendo; foro cultural y multitud anónima. En sus calles convivían la promesa de una ciudadanía activa y el riesgo de que la singularidad se disolviera en el ruido colectivo. Más de un siglo después, la reflexión conserva una vigencia incómoda. La invitación orteguiana a “salir de la casa” adquiere hoy un sentido casi subversivo. No se trata solo de cruzar una puerta, sino de aceptar el encuentro con la diferencia. Una ciudad viva necesita lugares donde permanecer sin obligación de consumir; espacios donde niños, mayores, jóvenes, vecinos antiguos y recién llegados puedan reconocerse como parte de una misma comunidad.

El principal peligro de la metrópolis contemporánea no es únicamente la masificación. También lo son la soledad, la segregación urbana, la turistificación y la progresiva conversión del centro en un escaparate. Cuando una plaza pierde a sus vecinos y se transforma en decorado, sigue siendo fotografiada, pero deja de cumplir su función cívica. Cuando una calle sirve únicamente para circular o comprar, se empobrece como lugar de convivencia.

La ciudad orteguiana exige algo más que fachadas cuidadas. Necesita bancos, sombra, bibliotecas, mercados, escuelas, comercios de proximidad y espacios accesibles. Requiere tiempo para detenerse y condiciones materiales que permitan a todas las personas participar en la vida común. El encuentro no puede ser un privilegio reservado a quienes tienen dinero, movilidad o tiempo libre. Madrid conserva, pese a todo, una extraordinaria capacidad para salir de casa. Lo demuestra a diario en sus plazas, en las fiestas de barrio, en los parques, en las librerías y en las terrazas donde las conversaciones se alargan más de lo previsto. Su vitalidad continúa naciendo de ese roce entre desconocidos que comparten, aunque sea durante unos minutos, un mismo escenario.