Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

TERRORISMO

Incredulidad, rabia y pendientes de los informativos: así vivieron siete madrileños el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco

Se cumplen 29 años del crimen de ETA que alumbró el espíritu de Ermua y en el que algunos ven el principio del fin de la banda terrorista pese a que prolongó su actividad hasta 2011 y mató a 67 personas más

Miles de madrileños concentrados en la Puerta del Sol para exigir la liberación de Miguel Ángel Blanco, el 11 de julio de 1997.

Miles de madrileños concentrados en la Puerta del Sol para exigir la liberación de Miguel Ángel Blanco, el 11 de julio de 1997. / DAVID CASTRO

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Víctor Rodríguez

Víctor Rodríguez

Madrid

Entre el estupor, la rabia y las lágrimas, Madrid, como toda España, contuvo el aliento en las 48 horas que transcurrieron durante el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco, del que estos días se cumplen 29 años, justamente la edad que tenía el concejal del PP en Ermua cuando ETA segó su vida. El jueves 10 de julio de 1997, tres miembros del comando Donosti de la banda terrorista, Francisco Javier García Gaztelu, 'Txapote', Irantzu Gallastegui Sodupe, 'Amaia', y José Luis Geresta Mujika, 'Ttotto', secuestraban al joven edil popular de la localidad vizcaína. Unas horas después ETA emitía un comunicado: si no se procedía al acercamiento de sus presos a cárceles del País Vasco antes del sábado siguiente, 12 de julio, a las 16 horas lo ejecutarían.

El Gobierno, entonces presidido por José María Aznar, no cedió al chantaje. Y ese sábado 12 de julio de 1997, lo maniataron, lo introdujeron en el mameltero de un coche, lo condujeron a un camino forestal en la localidad de Lasarte-Oria, lo hicieron bajar, Mujika lo obligó a ponerse de rodillas y a las 16.50 horas Txapote le descerrajó dos tiros en la cabeza. Blanco falleció unas horas después, en la madrugada del domingo 13 de julio, en la Residencia Sanitaria Nuestra Señora de Aránzazu, en San Sebastián. Miles de personas se habían echado a la calle esos días para exigir a los terroristas su liberación y volverían a hacerlo, por millones, en los días siguientes para mostrar su repulsa y su hartazgo.

El episodio removió muchas cosas en todo el país, pero muy especialmente en la sociedad vasca e incluso en el interior del mundo abertzale. Aquello alumbró el llamado espíritu de Ermua, clave, junto a la acción policial, para la derrota de ETA años después. Cambió la historia y quedó impreso no solo en la memoria colectiva de España, sino también en la memoria individual de los españoles, incluidos los de Madrid, lugar histórciamente castigado por el terrorismo. Prácticamente todos los que lo vivieron se acuerdan de dónde estaban, qué hacían, qué sintieron durante la angustiosa cuenta atrás y el cruel desenlace.

Lo recuerda bien Elena Franco. Entonces era secretaria en la redacción del periódico El Mundo. La noticia del hallazgo del cuerpo de Miguel Ángel Blanco la cogió trabajando. "Yo ya había visto atentados y situaciones desagradables, pero nunca pensé que a Miguel Ángel Blanco se lo cargarían de la manera en que se lo cargaron. La afectación a todos los niveles de toda la gente que estábamos trabajando ese día fue brutal", rememora. "Te abrazabas al que tenías al lado, decías: 'Qué sinsentido'. Lo cuento ahora y se me sigue poniendo un poco el vello como escarpias".

Con mas nitidez aún recuerda el día anterior. Elena fue una de las miles de madrileños que acudió a las concentraciones que se organizaron para pedir la liberación del joven economista y concejal de una localidad de entonces apenas unos 17.000 habitantes. En una Puerta del Sol desbordada por 50.000 personas, Iñaki Gabilondo leyó un emocionante manifiesto con aquellas palabras firmes: "Miguel Ángel no está solo, ETA sí está sola". "Fui a esa manifestación multitudinaria a la que fuimos miles", rememora. Fue con Álex, su hijo, que entonces tenía 3 años. "Aquello le impresionó, siendo tan chiquitito le impresionó mucho aquella avalancha de gente, todos afectados, todos pensando que aquello no iba a llegar a mal fin. Fue desgarrador".

La ciudad vivió las horas pendiente de la radio, de los informativos de la televisión. Miguel García, que entonces era estudiante de Periodismo, recuerda aún con emoción el momento en que se supo que Miguel Ángel Blanco había sido asesinado en la misma tarde del 12 de julio. Viajaba en Renfe de Atocha a Móstoles con otros tres compañeros de universidad y, como el país entero, seguían con el corazón en un puño el desenlace de aquel secuestro. Llevaba consigo un pequeño transistor cuyas interferencias en el tren hacían que la radio se escuchase con dificultad.

Fue a la altura de la estación de San José de Valderas cuando conocieron la trágica noticia. “Se me ponen los pelos aún de punta; todos los viajeros que iban en nuestro vagón, consternados, se arremolinaron en torno a nosotros para escuchar por la radio qué había ocurrido con el concejal de Ermua”, recuerda. Y ocurrió entonces algo insólito. Aquel transistor se escuchaba a duras penas dentro del convoy y todos los pasajeros del vagón, sin excepción, decidieron detener sus vidas, sin importarles el tiempo, las prisas ni su lugar de destino, para bajar al andén de aquella estación y escuchar, con el corazón encogido y la calma que el momento exigía, el fatal destino de Miguel Ángel Blanco: "Parece que estoy viendo a decenas de personas alrededor de mi pequeño transistor, al borde de las lágrimas unos y apretando de rabia el mentón otros; sentí que todo aquello era la expresión de dolor de todo un país que sufría y lloraba su muerte".

Alfonso Sabán era entonces un niño, tenía 8 años, pero a pesar de su corta edad ya estaba ligeramente familiarizado con ETA. Su padre, Alfonso Sabán Godoy, era magistrado de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid y aunque no era objetivo directo de la banda como sí lo eran togados del Tribunal Supremo, sí dejaba el coche en el mismo aparcamiento que ellos y tenía instrucciones de la policía de mirar los bajos cada vez que lo cogía para comprobar que no le hubieran puesto una bomba lapa, algo que impresionaba a su joven hijo.

Particularmente bien recuerda aquellos días entre el 10 y el 12 de julio de 1997. “Mi padre estaba incrustado en la tele y decía: ‘Lo van a matar seguro. Si no, no tardan tanto. Si lo quisieran devolver lo habrían devuelto ya, estos hijos de puta lo matan’. Luego, cuando apareció el cuerpo con vida, todos pensábamos que lo salvarían, como en las películas, pero él decía que nada, que aquello estaba perdido”.

A su madre, muy católica, la quiere recordar rezando, muy asustada “como debían de estar todas las madres de España, me imagino”. Y también se acuerda de los informativos contándolo en la televisión, y él, con 8 años enterándose, muy pendiente. “Era acojonante aquello, sí…”.

El empresario Hilario Alfaro también estaba trabajando cuando se enteró del asesinato. Nueve años antes ETA había matado a quien había sido su mejor amigo de infancia, Julio Bilbao, directivo de RTVE muerto en el mismo atentado con coche bomba en la madrileña calle de San Francisco de Sales en que la banda también acabó con la vida de Luis Delgado, un niño de 2 años.

Alfaro vivía en vilo las horas del secuestro de Miguel Ángel Blanco. “Entró alguien en la tienda y dijo: ‘Han matado a Miguel Ángel’. Estallé de rabia y de dolor”. Veintinueve años después, aún se le entrecorta la voz cuando lo cuenta. Y aunque ETA depuso las armas, hay cosas que le siguen indignando. “Lo que es triste es que los jóvenes no sepan quién es Miguel Ángel Blanco”, se lamenta. “Eso sí que es un crimen, eso sí que es matarlo otra vez”.

Era el mes de julio y muchos madrileños estaban fuera de la capital. Javier Caballero, hoy periodista y productor de documentales, se encontraba de vacaciones en San Pedro Alcántara, en la Costa del Sol. Era entonces un veinteañero y supo de la noticia en un chiringuito en el que estaba con quien en la actualidad es su cuñado. No fue por la radio ni por la televisión. "Alguien lo dijo: 'Que se lo han cargado, se lo han cargado'. Nadie era ajeno al posible desenlace. Y fue uno de esos momentos que lo penetra todo". Uno de esos momentos en los que se rompe el sentido

Hubo gente, recuerda, que empezó a llorar. Y tiene muy vívida esa sensación de extrañeza de pensar en el horror del ultimátum, de la cuenta atrás, de cómo se podía llegar a tanta crueldad, y al mismo tiempo estar en la playa ante unas cervezas que ya a nadie apetecían. "Fue algo chocante, muy violento, muy raro. Aquello nos atañía a todos, pero qué podías hacer allí".

"Una auténtica pesadilla colectiva", describe Guillermo Fouce, doctor en Psicología y profesor en la Universidad Complutense que en julio de 1997, con 23 años, aún estaba completando su tesis con una beca. "La primera reacción fue de incredulidad y a partir de ahí, de enfado, de ira, de cabreo". Señala un elemento crucial, y es que Miguel Ángel Blanco era alguien con quien cualquiera, más allá de ideologías, se podía identificar. "Cualquiera podía imaginarse lo que podía estar pasando su familia". Y a ello se susmaba la propia crueldad del atentado: el secuestro, la cuenta atrás, la frialdad de la ejecución...

Como tantos otros, salió a la calle para protestar. "En la universidad hicimos una vigilia", evoca. También participó en la multitudinaria manifestación en Madrid del 14 de julio. "Aquello fue un antes y un después", sentencia.

Además de expresión unánime de rechazo, aquella manifestación en Madrid, cuya asistencia se cifró entonces en millón y medio de personas, tuvo también algo de catarsis comunal tras los días de angustia. Era tanta la gente que, como recuerda algo de unos participantes, "era una manifestación que no avanzaba". Las fotografías muestran la plaza de Colón abarrotada.

La presencia en esa manifestación es lo que más recuerda de todos aquellos días Almudena Jiménez, entonces como ahora ya enredada en el movimiento vecinal. "En Vallecas y en todo Madrid, yo creo, impactó mucho, fue uno de los secuestros más sonados y más sentidos. Me recuerdo siguiendo las noticias durante dos días y, sobre todo, participando en aquella manifestación". En su opinión, ETA salió muy tocada de aquel secuestro y asesinato. "La repercusión que tuvo, el rechazo de la ciudadanía, llevó a disensiones, o eso era lo que nos llegaba, lo que salía en la prensa".

La banda terrorista terminaría anunciando el cese definitivo de su actividad armada el 20 de octubre de 2011, más de 14 años y un total de 67 muertos después. A lo largo de toda su historia, entre 1968 y 2011, mató a 853 personas.