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ARTE

Los niños traviesos de Goya desempolvan una joya oculta en Madrid: seis cuadros únicos y una colección inesperada

El Museo de Historia reúne la serie completa 'Juegos de niños' junto a 54 lienzos de escuelas española, flamenca e italiana: está abierta al público hasta el 23 de septiembre

'Niños jugando a pídola' (1780), de Francisco de Goya.

'Niños jugando a pídola' (1780), de Francisco de Goya. / ARCHIVO

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Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

En los cuadros de Francisco de Goya los niños no posan: corren, se retan, improvisan guerras y convierten la calle en un teatro de aventuras. Esa infancia en movimiento es el corazón más luminoso de Goya y las escuelas flamenca e italiana, la exposición que el Museo de Historia de Madrid dedica a una colección tan valiosa como poco conocida. La muestra, que estará abierta hasta el 23 de septiembre, arranca con una rareza capaz de atraer por sí sola la visita: la serie completa de los seis óleos que pintó entre 1775 y 1785 bajo la denominación Juegos de niños. Son piezas pequeñas, de idéntico formato, pero su escala no reduce su intensidad. En esos lienzos caben el juego de soldados, el toro fingido, la disputa por unas castañas y la búsqueda de nidos entre ruinas. Goya observa la infancia sin almíbar, con ternura y picardía.

La exposición no se limita al magnetismo del pintor aragonés. A su alrededor se despliega un conjunto de 54 lienzos, tres bustos y objetos de época que permiten leer la colección como una pequeña historia del gusto, la memoria familiar y el coleccionismo en Madrid. El visitante se mueve entre escuelas, siglos y acentos: del Barroco español a las naturalezas flamencas, de la pintura italiana a los retratos decimonónicos. Entre los nombres que ensanchan el relato figuran Luca Giordano, Frans Snyders, Paul de Vos y Frans Francken el Joven. La escuela flamenca aporta una pintura exuberante, de animales, frutas, cuerpos mitológicos y movimiento, con obras como Jauría de perros acosando a un ciervo, Bodegón de frutas y fondo de paisaje o El triunfo de Neptuno y Anfítrite. La italiana comparece, entre otras piezas, con la monumental Huida a Egipto de Giordano, fechada hacia 1680-1690.

'Niños buscando nidos' (1775), de Francisco de Goya.

'Niños buscando nidos' (1775), de Francisco de Goya. / ARCHIVO

El capítulo español añade otra capa de lectura. Bartolomé y Vicente Carducho, Juan de Arellano, José Antolínez o Alejandro de Loarte sitúan al visitante ante el pulso del siglo XVII, mientras que el XIX abre la puerta a marinas, retratos y paisajes de Ricardo de Madrazo, Bernardo López Piquer, Antonio de Brugada y Jenaro Pérez Villaamil. El recorrido permite ver cómo una colección privada puede conservar una conversación entre sensibilidades muy distintas.

En el centro aparecen dos mujeres: Carlota de Santamarca y Donato y Antonia González Pérez. A comienzos del siglo XX, ambas destinaron sus fortunas a proyectos de acogida y educación para menores sin recursos. Santamarca impulsó un asilo para niños huérfanos que abrió sus puertas en 1928; González instituyó ese mismo año otro orfanato pensado para niñas. La muestra recupera su legado artístico, pero también el gesto que lo sostiene: entender la herencia no como clausura de una vida privilegiada, sino como herramienta de futuro.

Trasfondo filantrópico

Ese trasfondo filantrópico evita que el visitante mire las obras como simples piezas de gabinete. Los retratos de ambas fundadoras, los bustos en mármol y los grandes lienzos familiares funcionan como una antesala biográfica. José Moreno Carbonero firmó en 1908 el retrato de Carlota de Santamarca; Pablo Manzano retrató a Antonia González junto a su marido, Ramón Pallarés y Prats, en una obra de gran formato. Son imágenes de representación social, pero aquí quedan atravesadas por una pregunta contemporánea: qué permanece de una vida cuando el patrimonio se convierte en servicio público.

'Niños jugando a los toros' (1775), de Francisco de Goya.

'Niños jugando a los toros' (1775), de Francisco de Goya. / ARCHIVO

El Museo de Historia, con su vocación de contar la ciudad desde sus objetos, resulta un escenario natural para esta operación de memoria. La muestra mira a Europa, pero no pierde el anclaje madrileño: las obras hablan de circulación artística, de coleccionismo y de la manera en que ciertos legados privados acaban integrándose en el imaginario común. Hay en estos Juegos de niños una puerta de entrada perfecta: Goya captura la energía de una infancia que todavía no sabe que está siendo observada por la historia. Alrededor, los maestros flamencos, italianos y españoles componen un territorio más amplio, solemne unas veces, exuberante otras. Y al fondo, Santamarca y González recuerdan que una colección no solo se mide por la importancia de sus firmas, sino por el destino que termina encontrando.