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JÓVENES Y ALCOHOL

Entre la abstinencia, el "beber mejor" y la presión social: así está cambiando la relación de los jóvenes madrileños con el alcohol

Un estudio de Fad Juventud y Madrid Salud muestra cómo parte de la juventud madrileña empieza a relacionarse con el alcohol desde la reducción, el autocontrol y la distancia crítica, aunque el ocio nocturno sigue penalizando a quienes se salen de la norma

Grupos de jovenes menores con bolsas llenas de alcohol.

Grupos de jovenes menores con bolsas llenas de alcohol. / MANU MITRU

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Héctor González

Héctor González

Madrid

No beber alcohol ya no es una rareza estadística entre los jóvenes. Pero sigue siendo, muchas veces, una rareza social. Esa es una de las principales conclusiones del estudio '¿Raro por qué? Discursos juveniles en torno al no consumo de alcohol', elaborado por Fad Juventud con la colaboración de Madrid Salud, a partir de cuatro grupos de discusión con jóvenes de Madrid. El trabajo pone palabras a una transformación silenciosa: cada vez hay más chicos y chicas que no beben, que han reducido mucho su consumo o que intentan beber “mejor”, pero todavía se mueven en un entorno en el que el alcohol continúa funcionando como una contraseña de integración.

El informe parte de una paradoja. El imaginario colectivo sigue asociando juventud, ocio nocturno y alcohol casi como una secuencia inevitable. Sin embargo, los datos de un estudio cuantitativo nacional realizado de forma paralela por Fad Juventud sobre alcohol y bebidas energéticas matizan esa idea. Según ese trabajo, el 57,9% de los jóvenes de 15 a 29 años no son consumidores habituales de alcohol, si se suman quienes beben muy pocas veces al año, casi nunca, quienes lo hicieron en el pasado pero ya no lo hacen y quienes nunca lo han probado. Además, solo el 16,3% señala “salir de fiesta” entre sus actividades de ocio más frecuentes y un 6,2% menciona el botellón.

La distancia entre los datos y la percepción social es precisamente el terreno en el que se mueve el estudio de ámbito madrileño. Porque no beber puede ser cada vez más común, pero quienes lo hacen siguen sintiendo que tienen que justificarse. “No hay excusa para no beber. Me refiero, que si no quiero beber es porque no quiero beber. No tengo un trasfondo”, afirma una de las jóvenes participantes. Otra lo resume con una expresión repetida en varios grupos: “Si no bebes eres como el bicho raro”.

Del rechazo frontal al “beber mejor”

El estudio no refleja una generación completamente abstemia ni homogénea. Se trata, más bien, de una relación más matizada con el alcohol que en épocas anteriores. Así, junto jóvenes que no beben por convicción, aparecen otros que han reducido su consumo, que lo reservan para momentos muy concretos o que intentan evitar la borrachera como centro de la noche. La idea de “beber mejor” aparece como una posición intermedia, más fácil de sostener que el rechazo absoluto en un contexto social donde el alcohol sigue siendo protagonista indiscutible.

La salud está presente en los discursos, pero no siempre como motivo principal. La mayoría sabe que el alcohol es perjudicial, y el estudio cuantitativo recoge que el 51,9% de los jóvenes considera que beber es malo para la salud. Sin embargo, cuando los participantes explican por qué no beben o por qué han reducido el consumo, pesan mucho más los efectos inmediatos: la resaca, el gasto, la pérdida de tiempo, el miedo a perder el control, la vergüenza posterior o la posibilidad de hacer algo de lo que arrepentirse.

Sí influye en esta relación el estilo de vida saludable. El auge del deporte, el cuidado de la alimentación, la preocupación por el descanso o el deseo de aprovechar mejor el tiempo conviven con consumos puntuales que muchos jóvenes siguen justificando como un “vicio” ocasional o una concesión dentro del ocio. No beber, o beber menos, se asocia así a una forma de autocuidado más práctica que militante: ahorrar dinero, mantener la energía, no perder la mañana posterior y decidir con más claridad cómo y cuándo termina la noche.

La presión de no desentona

Frente a este creciente rechazo, persiste con la misma intensidad el alcohol como una norma que opera incluso cuando nadie obliga explícitamente a beber. La presión puede ser directa, pero también más sutil: pedir una cerveza porque todos han pedido una, aceptar una copa para no parecer distinto o fingir que una Fanta lleva vodka para evitar preguntas. “La frase de: ‘¿Tú no bebes? No me fío’. Y dices como… Yo no me fío de ti”, relata una de las jóvenes participantes.

Esa presión se intensifica en el ocio nocturno. El estudio recoge que, en los grupos, la fiesta sigue interpretándose como un espacio donde el alcohol marca el tono, el ritmo y hasta la pertenencia. “Mis amigos salen de fiesta para eso”, dice una participante. “Es que salen para beber”. A partir de ahí, quien no bebe queda situado en una posición incómoda: no necesariamente queda excluido, pero sí aparece como alguien que no está “en la misma onda”.

Una de las aportaciones del informe es la figura ambivalente que representan quienes no beben. Por un lado, son percibidos como personas menos divertidas, como "aguafiestas", pero, por otro, muchas veces terminan convirtiéndose en cuidadores de los excesos ajenos y cargando con las consecuencias. Esto, repetido un finde tras otro, lleva a muchos jóvenes a separar grupos, cambiar planes o directamente dejar de salir. También hay una lectura de género. Las chicas que no beben hablan de la incomodidad añadida de tener que aguantar a hombres que, bajo los efectos del alcohol, se vuelven insistentes o no aceptan una negativa. “Parece que beben alcohol y es como que no les entra la idea del no en la cabeza”, lamenta una participante.