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De pequeño taller de piel a proveedor oficial de la Casa Real española: así es el famoso negocio de lujo que nació en el centro de Madrid
El recorrido de esta firma explica cómo una tradición local puede convertirse en un fenómeno internacional sin perder sus raíces.

De la antigua calle Lobo a la Gran Vía, de la Casa Real a Hollywood y de los talleres madrileños al universo LVMH, su recorrido explica cómo una tradición local puede convertirse en un fenómeno internacional sin perder las raíces / WIKIPEDIA

Madrid está llena de historias. Algunas nacen en palacios, otras en cafés literarios y, otras, en talleres en los que se respira el olor a piel. Este fue el caso de Loewe que, mucho antes de que el lujo que rodea la marca se midiera en desfiles internacionales y campañas globales, fue en un pequeño taller donde varios trabajadores comenzaron a escribir sin saberlo una de las sagas empresariales más singulares de España.
Y es que la historia de Loewe también es la de un Madrid que supo transformar el oficio en prestigio, la artesanía en cultura y un apellido extranjero en símbolo de identidad. De la antigua calle Lobo a la Gran Vía, de la Casa Real a Hollywood y de los talleres madrileños al universo LVMH, su recorrido explica cómo una tradición local puede convertirse en un fenómeno internacional sin perder las raíces.

La historia de Loewe también es la de un Madrid que supo transformar el oficio en prestigio, la artesanía en cultura y un apellido extranjero en símbolo de identidad / LOEWE
De pequeño taller de piel a una reconocida marca de lujo
Antes de ser una de las marcas más reconocidas del lujo internacional, Loewe fue un pequeño taller de piel en el centro de Madrid. Su historia no empieza en una pasarela ni en una gran avenida comercial, sino en la antigua calle Lobo, hoy calle Echegaray, en pleno Barrio de las Letras. Allí, en 1846, un grupo de artesanos madrileños comenzó a trabajar la piel con una calidad que acabaría atrayendo a un joven alemán llamado Heinrich Loewe Roessberg.
Este, nacido en Kassel y afincado en Madrid, quedó impresionado por la técnica de los trabajadores y decidió asociarse con ellos en 1872. De esa unión nació una firma que mezclaba la precisión centroeuropea con la tradición artesanal madrileña.
La primera tienda de Loewe, en la calle Príncipe
La primera etapa de Loewe estuvo marcada por la marroquinería. Bolsos, carteras, monederos, estuches, neceseres y petacas formaban parte de una producción pensada para una sociedad que empezaba a valorar los objetos bien hechos, duraderos y elegantes.
El gran salto llegó en 1892, cuando la casa abrió tienda y taller en el número 39 de la calle Príncipe, una de las zonas más activas y sofisticadas del Madrid de finales del siglo XIX. Ese espacio funcionaba como una auténtica fábrica de marroquinería y permitió a la firma especializarse cada vez más en bolsos de mujer.
Es así como la marca, que ya había españolizado el nombre de su fundador como Enrique Loewe, empezó a consolidar una identidad propia: piel de gran calidad, diseño sobrio y una vocación artesanal.

La primera etapa de Loewe estuvo marcada por la marroquinería / REDES
Proveedor oficial de la Casa Real española
El reconocimiento definitivo llegó en 1905, cuando Loewe fue nombrada proveedor oficial de la Casa Real española por Alfonso XIII. La reina Victoria Eugenia de Battenberg era clienta habitual, un detalle que reforzó la imagen de la firma entre la aristocracia y las élites de la época.
Con ese aval, Loewe inició una etapa de expansión. En 1910 abrió dos sucursales en Barcelona y fue asentando una red comercial que iba más allá de Madrid. Por entonces, la empresa ya había pasado a la segunda generación familiar, con Enrique Loewe Hinton al frente. Pero el crecimiento no borró su raíz madrileña: la firma se trasladó a la zona de Barquillo y San Marcos, manteniendo el vínculo con el centro de la capital y con una forma de entender el lujo basada en el oficio.
Loewe abre su tienda en Gran Vía en 1939
Ahora, la Guerra Civil supuso un paréntesis duro para la empresa. La fábrica fue militarizada y la producción se orientó a artículos de cuero de uso bélico. Al terminar, Loewe protagonizó uno de sus movimientos más importantes: la apertura en 1939 de su tienda de Gran Vía, diseñada por el arquitecto Francisco Ferrer Bartolomé.
Ese establecimiento se convirtió en un icono comercial de Madrid. Sus escaparates semicirculares, reformados años después, no solo mostraban bolsos o accesorios, sino que construían una escena. De hecho, entre 1945 y 1978, el director artístico José Pérez de Rozas transformó esos escaparates en pequeñas representaciones teatrales que los madrileños esperaban cada temporada.

En los últimos años, la casa ha reforzado su conexión con la artesanía contemporánea a través del Loewe Foundation Craft Prize y ha firmado hitos comerciales como el bolso 'Puzzle' / PINTEREST
Londres, Tokio, el salto a Asia y la creación del famoso Anagrama de Loewe
La tercera generación, encabezada por Enrique Loewe Knappe, impulsó la modernización de la firma. Bajo su dirección, Loewe abrió un nuevo espacio en la calle Serrano, diseñado por Javier Carvajal, y empezó a mirar con fuerza al exterior.
En 1963 llegó a Londres y después vinieron el prêt-à-porter femenino, el desembarco en Tokio en 1973, la expansión asiática, la perfumería y la moda masculina. En 1970, el diseñador Vicente Vela creó el célebre Anagrama de Loewe, formado por cuatro 'L' entrelazadas e inspirado en los hierros usados para marcar ganado y pieles de calidad.
Por otro lado, en 1988 Enrique Loewe Lynch creó la Fundación Loewe para apoyar la poesía, la danza, la artesanía y la cultura. Ese legado continúa hoy con Sheila Loewe, presidenta de la fundación desde 2013 y representante de la quinta generación familiar.
En los últimos años, la casa ha reforzado su conexión con la artesanía contemporánea a través del Loewe Foundation Craft Prize y ha firmado hitos comerciales como el bolso 'Puzzle', lanzado en 2015. Loewe es hoy una firma global, pero su historia sigue escrita en Madrid: en la calle Echegaray, en la Gran Vía, en Serrano y en la tradición artesanal que convirtió la piel en patrimonio cultural.
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