CORRIDA DE LA BENEFICENCIA
La imagen proyectada de Víctor Hernández en una Beneficencia con aguacero en Las Ventas
El torero de los Santos de la Humosa deja una grata dimensión con un extraordinario lote de la ganadería de Victoriano del Río en medio del temporal de lluvia y viento

Extraordinario (por puro) natural de Víctor Hernández en el sexto de la tarde, en medio del temporal de lluvia en Las Ventas. / Plaza 1
Habría que escribir con mesura debido al esfuerzo de los tres toreros en el día de la señalada Corrida de la Beneficencia en Las Ventas, el festejo que coronaba el largo mes de la feria de San Isidro que, aunque fuera de abono, ponía el broche de oro al ciclo.
Una tarde marcada por el temporal de lluvia y viento que comprometió la prestancia artística y la presencia física de todos los actuantes del cartel, inclusive las cuadrillas, claro, que pusieron el enésimo ‘No hay billetes’ en la plaza de toros de Las Ventas.
Lo primero que cabría decir es que a Víctor Hernández le embistieron los dos toros -y bastante bien- que redondearon un lote extraordinario de la ganadería de Victoriano del Río en su tercera y última comparecencia en Madrid.
La dualidad de su compromiso iba por fases: inconmensurable por el pitón izquierdo, con momentos más intermedios a derechas y con poca decisión con el estoque en la suerte suprema, aunque todo presidido por la pureza de su concepto, trufado de valor, naturalmente elegante, pero al que, como digo, le faltó redondear la tarde, nada fácil por el terrible aguacero de la jornada.
Pero cuando a los toros se les torea bien terminan por embestir bien. Y así lo hizo Víctor Hernández a lo largo de sus dos faenas. Frente a un gran tercero, ‘Empanado’, número 103, de 558 kilos, el mejor de los seis de Victoriano del Río, siendo sus hermanos también buenos, pero no tan superiores en la profundidad de su embestida.
Sí tuvo estructura su labor por planteamiento, nudo y desenlace. Pero no sólo por un gran diseño que dio sentido a su toreo, sino porque la imagen que proyectaba era excelsa en cada pase al natural en medio de un tremendo vendaval. No ofreció ninguna duda a un ejemplar que ya fue bravo dos puyazos en el caballo, romaneando sobre todo en el primer encuentro, y que luego rompió a embestir en la muleta con transmisión.
Tras un inicio en los medios por estatuarios -tan recurrente en su repertorio- en un faena que brindó a Miguel Martín, director gerente del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, se sacó el toro a los medios con torería, embebiéndole en la muleta.
Casi en la boca de riego, lo embarcó por derechazos de bellísimo trazo, enganchados por delante, llevando la embestida prendida y rematándola con la cintura quebrada y la muñeca rota. Mejor al natural, mucho más hondo, de manifiesta relevancia estética con la femoral por delante, aunque en tandas de muletazos demasiado cortas, lo que hizo que la faena no adoptara definitivamente el calor necesario en los tendidos.
Las manoletinas finales, con el corazón en un puño por el terrible temporal, acabaron de convencer a la parroquia de Las Ventas, eso sí. Una medio estocada tendida y el inicio de una lluvia terrible dejaron su labor en silencio como resultado final.
Otro de los momentos de la tarde fue la rivalidad en quites de Andrés Roca Rey y el mismo Víctor Hernández en el segundo de la tarde. El torero peruano vestía un traje con el bordado mexicano, con esa seductora épica, intuimos, del culto a la muerte que ofrece precisamente la cultura mexicana. Con el cuerpo por delante anduvieron los dos en ese justo encuentro, el madrileño primero por saltilleras rematadas con una brionesa y el espada peruano en una respuesta por gaoneras, ajustadísimas, entre lo ficticio y lo verosímil.

Inicio explosivo de Andrés Roca Rey en el segundo de la tarde en Madrid. / Plaza 1
Lo mismo ocurrió en el sexto, ‘Gorrión’, número 99, de 611 kilos, un ejemplar de impresionante estampa que humilló con gran clase y embistió con profundidad pese a tanta caja en su cuerpo. Y al que Víctor Hernández también trató de hacerle el verdadero toreo, el más cabal, el que enciende los oles.
Hubo otras dos series enormes de redondos al natural cada vez más largos, más intensamente ligados, más despaciosamente toreados. Pero el centro de la faena fue una última serie de naturales inmensa, de toreo purísimo, sin contaminarse, rematada con un pase de pecho monumental.
En definitiva, el primer dibujo del natural era precioso, pero luego atosigaba al toro, como dejándolo sin espacios para desarrollarse en su condición. La espada, esta vez, viajó certera, pero cayó baja y le privó de otro pasible premio.
Así que Víctor Hernández es un torero con un riguroso andamiaje en sus formas y su fondo de torero que hay que (saber) esperar para el futuro, pero que en el resultado final de su tres tardes en Madrid no ha cortado orejas (seis toros lidiados, tres saludos desde el tercio y tres silencios, con cero orejas en la temporada madrileña de 2026). Como digo, hay que seguir esperándolo.
Andrés Roca Rey dejó muestra de su buena capacidad en el quinto, en medio también de un temporal que pocos matadores son capaces de digerir. El torero peruano le impuso su coraje, su técnica y su mando, y el peligroso Victoriano del Río terminó por embestir. Eso sí, con peligro, sabiendo siempre lo que se dejaba atrás. Pero sometiéndose paulatinamente a la autoridad del torero de Lima. La espada se llevó otro posible premio. Su primero se apagó demasiado pronto, pero un inicio por pases cambiados por la espada de rodillas generaron gran impacto en los tendidos.
Alejandro Talavante, que regresaba a Madrid como gran triunfador de San Isidro en algunos de los jurados, se encontró con un primer ejemplar falto de fondo y entrega y también con un cuarto de gran nobleza y calidad en su embestida, pero su faena no acabó de coger vuelo por la fuerte lluvia que arreció en los tendidos, que empezaron a despoblarse rápidamente.
Así que la bravura de Victoriano del Río, especialmente en el tercer y sexto toro, acabó neutralizando el supuesto desorden que dejó el temporal de lluvia que cayó en Las Ventas. En esta ganadería se estabiliza la magnificación poética de la bravura: una entrega sin fin.
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