TOROS
Tras la puerta grande de Román en San Isidro: "La primera noche me fui al Santísimo y la segunda, a Gabana"
El torero valenciano repasa su triunfo en Las Ventas tras cortar las dos orejas a 'Gallarete', de Victorino Martín, entre la serenidad del deber cumplido, las cicatrices de la profesión y una celebración esperada en los locales de moda de Madrid

Román Collado sale por la puerta grande de Madrid tras cortar dos orejas a 'Gallarete', de Victorino Martín / EFE
Román camina como si explicara los infinitos modos de su personalidad, su manera de comportarse tanto dentro como fuera de la plaza de toros: "Voy a entrar a esta tienda que me hace falta una americana de verano", manifiesta espontáneamente mientras camina por una de las vías comerciales de su València, con un vago aspecto de empresario nórdico.
Íbamos camino de una típica tasca de València para comentar los últimos líos que acaba de formar en la plaza de toros de Madrid, pero se detiene de compras, sin esperarlo, como si pretendiera desmitificar el atosigado mito de los toreros caprichosos: "No me gusta ir de compras, apenas tengo ropa de vestir, pero es que ahora me hace falta", dice mientras entramos a una conocida boutique francesa, donde iniciará unas fructuosas adquisiciones: "Me llevo cuatro camisas… esta americana de lino. Estos zapatos (unos Richelieu con un diseño precioso de cuero negro) también me gustan, pero voy a parar ya".
Al que suscribe, Román también tiene el detalle de regalarle una camisa a partir de alguna que otra mundana suerte de decoro, sin permitir que esa circunstancia traspasara la linde de los partidismos, más allá de los motivos geográficos del corazón. Ya saben.
Así que una y otra vez, Román se dirigía al dependiente con un cierto titubeo silábico, como indeciso en los colores de las camisas. Mientras se las probaba, algunas de lino y otras más para vestir, en medio de la tienda, sin entrar al probador, asomaban las cicatrices de las cornadas como una eminente condición de su propia razón de ser: torero.

Un desplante de Román en medio de su faena en Madrid / EFE
Su axila izquierda casi desfigurada demuestra la verdad de su forma de ser, que tumba las leyes más ridículas de la sociedad actual, medio atascada en la inteligencia artificial.
Así que su humanidad emergía entre pruebas de camisas: "Sinceramente, ahora lo que pido es que me respeten los toros. Las cornadas pueden venir, eso está claro, pero que no me tengan mucho tiempo parado".
A la salida de tienda, Román sigue tirando de capacidad comunicativa, bastante más notoria de la que en un principio uno imagina. Y es que acaba de salir por la puerta grande de Las Ventas tras cortar las dos orejas a ‘Gallarete’, de Victorino Martín, cuya cabeza mandó a disecar.
"La puerta grande me deja una sensación de tranquilidad porque no tenía ninguna presión. No me puse la meta de que, por narices, tenía que salir en hombros porque sabía que podía llegar en cualquier momento. Soy consciente del trabajo que hay detrás, junto a mi apoderado Luis Bolívar, y sus frutos se han visto ya afortunadamente", señala.
A estas alturas, nadie pretende reivindicar a un torero como Román, porque su intención no admite más razones que las de intentar hacer el toreo, el suyo: "Las dos orejas a un toro en Madrid es el sueño de una vida. Entreno para torear ese tipo de toros de Victorino porque si eres capaz de cuajarlos… puedes cuajar a cualquiera. Afortunadamente, he cogido varios conceptos que sé que le vienen bien a ese tipo de toros y trato de aplicarlos".
Su triunfo ocurrió con el decimoséptimo cartel de "No hay billetes" en el largo abono de la feria de San Isidro. Román citó de largo para aprovechar esa prontitud de ‘Gallarete’ en largas tandas de muletazos por el pitón derecho. El trasteo se vivió con gran emoción, por la que transmitía el serio Victorino y el valor y la seguridad de Román: "Creo que fue una faena muy compacta, sólida, de haber estado muy despierto de ideas en todo momento, de pensar en la cara del toro y, sobre todo, aproveché el gran pitón derecho del toro", adelanta.
Una extraordinaria estocada en la suerte de recibir coronó su gran obra: "Al final de faena, como un flash, me vino a la mente Luis Francisco Esplá, que una tarde en San Isidro también entró a matar así a un toro de Victorino. Me tiré a matar, sin miedo y convencido".
A Román no se le conocen ni excesos ni intemperancias ni desobediencias, pero esa noche salió a celebrar el triunfo: "En la habitación del hotel Wellington ya me estaba esperando un amigo con una botella de tequila. Luego fuimos a cenar a Despecho y luego a la discoteca Gabana". Entre los amigos que estaban de celebración se encontraban los toreros Joaquín Galdós, Jesús Enrique Colombo o Javier Marín, entre otros.
"Hay noches que sientes que debes celebrar después de tanto tiempo de sacrificio, es algo normal. Sin embargo, en mi primera tarde en San Isidro, que corté una oreja a un toro del Conde de Mayalde, cuando me duché, me fui a ver al Santísimo, que estaba expuesto en la iglesia de San Germán", recuerda.
La relación de Román con la vida es, a todos los efectos, uniformemente ejemplar. Ese triunfo se lo merecía.
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