LEÓN XIV EN MADRID
Del fervor religioso a la tradición castiza: el lado más chulapo de la visita del Papa
El Pontífice ha recibido la Rosa de Oro en la Almudena, presidido un acto en el Bernabéu y disfrutado de la gastronomía y los símbolos de la capital
El papa León XIV habla con periodistas a bordo del vuelo papal de Roma a Madrid, el 6 de junio de 2026, con motivo de su viaje apostólico a España. / EFE

Madrid recibió a León XIV entre salvas de cañón, campanas y papamóvil, con solemnidad de capital de Estado, pero acabó enseñándole su cara más chulapa. Durante cuatro días, del 6 al 9 de junio, la ciudad mezcló fervor religioso, liturgia en la calle y tradición castiza. La Almudena con la Rosa de Oro, el Cristo de Medinaceli sobre el césped del Bernabéu, Cibeles convertida en altar, la Castellana como camino de peregrinos, chotis y zarzuela, claveles y una frase con hechuras de lema municipal: "Quien está en Madrid, es de Madrid". Porque el Papa no solo visitó Madrid, fue Madrid la que se explicó a sí misma.
El momento más íntimo de ese Madrid devoto llegó en la catedral de la Almudena. Allí, León XIV rezó ante la patrona de la capital y le entregó la Rosa de Oro, uno de los gestos de mayor veneración que un Papa puede ofrecer a una imagen mariana. La escena tenía algo de postal antigua y de memoria: la Virgen en su camarín, el templo junto al Palacio Real y una devoción que en Madrid no pertenece solo al calendario religioso, sino también al álbum sentimental de la ciudad. La Almudena, tantas veces más doméstica que monumental, se convirtió por unas horas en el centro emocional de la visita.

El Papa León XIV durante la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena, en la Catedral de Santa María de la Almudena. / A. Pérez Meca/Europa Press
Pero si la Almudena puso la emoción recogida, el Bernabéu aportó la épica popular. El estadio blanco dejó de ser territorio exclusivo del fútbol, y del Real Madrid, para transformarse en una gran plaza religiosa, con miles de fieles, música, testimonios y una escenografía de devoción madrileña. La Virgen de la Almudena y el Cristo de Jesús de Medinaceli presidieron un acto en el que se cruzaban cofradías, claveles, nardos, ciriales, referencias a San Isidro y Santa María de la Cabeza y el fervor de una ciudad acostumbrada a convertir sus grandes espacios en lugares de celebración colectiva. Pocas imágenes resumieron mejor el tono de la visita como el "Señor de Madrid" y la patrona de la Villa entrando en el templo laico del madridismo.
Chotis, zarzuela y verbena
La música terminó de darle al viaje su barniz castizo. Allí en el Bernabéu, Diana Navarro, David Bustamante y Daniel Diges pusieron voz al acto multitudinario, con himnos y guiños populares que ensancharon la liturgia hasta convertirla en espectáculo emocional. Navarro interpretó Madrid, el chotis clásico de Agustín Lara, y convirtió la canción en algo más que una anécdota, sino en una declaración de identidad. Madrid podía recibir al Pontífice con incienso y oración, pero también con compás de verbena. Mientras, en el Movistar Arena hubo castañuelas, escuela bolera, danza española, chotis y zarzuela, como si la ciudad quisiera recordarle al Papa que aquí también se reza cantando y bailando.
Cibeles fue otro de los grandes escenarios de ese Madrid convertido en altar abierto. La misa del Corpus Christi colocó la liturgia en uno de los puntos más reconocibles de la capital, allí donde normalmente mandan el tráfico, las celebraciones deportivas del madridismo y las grandes concentraciones ciudadanas. Por unas horas, la plaza fue procesión, templo y postal institucional. Madrid hizo lo que mejor sabe hacer en las grandes ocasiones, es decir, ocupar la calle, mirar hacia un centro común y convertir una plaza monumental en un espacio de pertenencia colectiva.
También hubo un Madrid joven, casi de romería contemporánea, en la vigilia de Plaza de Lima. Una Castellana acostumbrada a manifestaciones, desfiles, carreras y celebraciones futboleras, se llenó por una tarde de peregrinos, canciones, oración y silencio. La escena tenía algo de verbena sin casetas, pero con grupos llegados de parroquias, banderas, mochilas, calor, móviles en alto y una multitud que ocupaba el eje norte de la ciudad con la naturalidad de quien ha tomado la calle para celebrar. En el centro del acto estaba también una pieza pensada para sobrevivir a la jornada. Una Cruz Peregrina, hecha expresamente para la visita y presidida por el icono realizado por Samuel González de Mingo. Medía 2,20 metros, pesaba unos 50 kilos y acumulaba alrededor de 340 horas de trabajo en madera africana danta o kotibé. Antes de llegar a Plaza de Lima, ocho réplicas habían recorrido vicarías y parroquias madrileñas como preparación espiritual de la vigilia. Después, la firma de León XIV terminó de convertirla en un signo ligado a la juventud diocesana. La visita papal tuvo ahí su imagen más generacional, la de una fe con estética de festival, de la mano de Siloé o Beret, pero con fondo de vigilia.

El Papa León XIV en la Plaza de Lima, con la cruz creada expresamente para el acto. / José Luis Roca / PIM
Ese lado más castizo no estuvo solo en las flores, los santos o el chotis. También apareció en una frase pronunciada por el cardenal José Cobo durante la visita al Cedia 24 Horas de Cáritas, en el barrio de Lucero, y que León XIV hizo suya: "Si estás en Madrid, eres de Madrid". Pocas ideas resumen mejor la identidad de una ciudad hecha de llegadas. En ese centro de atención a personas vulnerables, León XIV conoció el Madrid que no sale en las postales, sino el de quienes duermen en la calle, el de los migrantes, el de las mujeres en situación de trata, el de las madres sin red. Frente al Madrid monumental de Cibeles o la Almudena, Cedia puso sobre la mesa otro costumbrismo menos folclórico y más real: el de la acogida como seña de identidad.
Y hubo, claro, un Madrid de mesa puesta. La visita papal tuvo también su capítulo gastronómico con sabor local, vinculado a Lhardy, una de esas casas que conservan en sus salones el eco del Madrid decimonónico de ministros, escritores, conspiraciones y sobremesas. Croquetas de cocido, ensaladilla, gazpacho, jamón ibérico y vinos de León para León XIV compusieron una escena de protocolo convertido en sobremesa y la cocina clásica como una forma más de agasajo.
Regalos con sabor madrileño
La ciudad también quiso dejarle sus símbolos. El Ayuntamiento entregó al Papa la Llave de Oro de Madrid, gesto de bienvenida, con Madrid abriéndole sus puertas al Pontífice no solo como jefe de la Iglesia, sino como invitado de honor. La Comunidad le ofreció la Medalla Internacional y un libro con imágenes de la religiosidad popular madrileña, además de productos con sabor regional como palmeritas de Morata de Tajuña, aceitunas de Campo Real y bizcotelas de San Lorenzo de El Escorial. A la lista se sumó incluso un dulce creado para la ocasión, Cor Unum, con fresón de Aranjuez y amarillo vaticano.
Los regalos más humildes, sin embargo, llegaron lejos del brillo institucional. En Cedia, el Papa recibió objetos cargados de historia, desde el lazo de dos niños nacidos en Madrid a una réplica de una tarjeta de residencia y unas sandalias como símbolo de acompañamiento. Frente a la llave honorífica, la medalla o la camiseta personalizada del Real Madrid que Florentino Pérez le entregó en el Bernabéu, esos obsequios hablaban del Madrid de quien llega sin nada, encuentra una red y acaba pudiendo decir que la ciudad también es suya.

El Papa León XIV junto a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid / .
Al final, la visita de León XIV dejó una crónica que va más allá de lo estrictamente religioso. Madrid lo recibió con protocolo de capital, pero lo despidió con alma de verbena devota. La ciudad convirtió la visita del Papa en algo muy suyo, en una mezcla de fervor, calle, acogida y orgullo popular. Porque en Madrid, incluso lo sagrado puede acabar teniendo acento castizo.
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