TOROS
Así obró el milagro del toreo Diego Urdiales en Las Ventas: "La plaza se quedó en shock"
El maestro de La Rioja eligió la muleta de la también histórica faena del año pasado de Bilbao: "Estuve toda la mañana probando la tersura de las muletas", recuerda

El maestro Diego Urdiales sale por la puerta grande de Las Ventas en la Corrida de la Prensa. / Plaza 1
La suite 219 del hotel Wellington era un reguero de familia, amigos, partidarios y profesionales del toro que acudían en busca de Diego Urdiales tras soñar el toreo en San Isidro y conquistar su segunda puerta grande en Madrid y frente al rey Felipe VI. Un ambiente gozoso en el que todavía se asimilaba lo que acababa de pasar.
"Lo presentía en mi interior", declaraba horas después de que Madrid lo hubiera sacado en volandas hacia la calle Alcalá, síntoma de una madurez encendida, síntesis reflexiva en torno a los hechos vividos.
Los mensajes y las llamadas también se agolpaban en su teléfono, que tampoco paraba de sonar. La mayoría, viejos maestros del toreo que le admiran, y toreros de la primera línea del escalafón: "Es un orgullo tener el respeto de mis compañeros".
"Esta puerta grande no me sorprende, pero sí ratifica mi forma de sentir el toreo", aclara con una entonación más austera, menos ensimismada. Y es que Diego Urdiales torea como si pusiera de manifiesto su razón de ser (Juan Belmonte dixit).
Dos faenas tan conmovedoras que, ya lo decimos nosotros, urgían para revalorizar el toreo de Urdiales en medio de tanta vulgaridad dentro del actual escalafón. Dos obras que demuestran que está en la senda más directa hacia la plenitud creadora.
Fue un compendio con el capote, la muleta y la espada en Madrid, una consecuencia del contenido global de su forma de sentir el toreo, el reencuentro con su mundo, incluso la rememoración de su infancia taurina en Arnedo (La Rioja) con Rafael Guerrero y de una pureza que nunca han conseguido arrinconar pese a las ingratas trastiendas del sistema gracias a la herencia también de Luis Miguel Villalpando.
Así que directamente afloró toda la grandeza de su toreo en medio de tantas farfollas populistas: "Sinceramente, creo que la plaza se quedó en estado de shock porque ya no se ve torear tan despacio, pero la afición todavía mantiene esa capacidad abrumadora cuando lo ve".

El maestro Diego Urdiales / Plaza 1
"Vivimos en una sociedad que vive deprisa, sin paciencia, acelerada diariamente, pero cuando te sientas en un tendido y ves que el toro se para en el capote y luego también en la muleta, lo notas de algún modo, como ocurrió el jueves… creo que no se olvidará. Incluso cuando vi el altercado en el tendido, cogí el capote para hacer ese quite a la verónica y Madrid entró de lleno conmigo", recuerda.
Cierto que no hay nada más misterioso para un periodista que esa maraña de sensaciones que alimenta la realidad de lo que acababa de pasar en el ruedo de Las Ventas: "Estuve toda la mañana probando la tersura de las muletas. Algunas nuevas y otras viejas… pero ninguna me convencía. Y decidí escoger la de la faena del año pasado de Bilbao (al toro 'Guapetón' de la ganadería Garcigrande), que fue tan especial, porque así lo sentí…".
Salió a andar por la mañana, se encontró a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y se bebió el café a sorbos para templar los nervios y los miedos antes de enfundarse el nuevo vestido azul pavo y oro que la sastrería Santos le hizo para esa tarde.
Y de ahí afloraron unos modales expresivos que son una consecuencia más de esa pasión que mantiene el clasicismo de Urdiales con tanta devoción, con ese fervor que viene a ser ya el argumento primordial de su toreo: "Soy un torero de muñecas… ahí nació todo", se detiene, como si revelara la excelencia de su tarde, el poder bautismal de su emoción.
Ahí estaba el secreto: las muñecas no solo para citar en los medios y tan de frente los toros de Juan Pedro Domecq ('Bullanguero' y 'Mapaná'), sino dentro del desarrollo de las faenas, para mantener la reunión entre muletazo y muletazo, en el enlace de ellos. La hondura nacía donde se acababa. Andándole, recolocándose, siempre armónicamente. Y a partir de ahí elevó la tauromaquia a sus más altas cotas expresivas con un dominio prodigioso de su misterio y su pureza.
Se ha abusado del calificativo de 'torero de toreros'. Pero Diego Urdiales, hoy por hoy, lo es. Es de los pocos. Porque la nueva generación de toreros ha bebido de su fuente con una fidelidad emocionante: desde Pablo Aguado a Mario Navas, pasando por Roberto Martín 'Jarocho', Alejandro Marcos, Fabio Jiménez…
Su saber estar en el ruedo, su deslumbrante forma de ejecutar las suertes, su torería tan nutritiva hace que los demás toreros lo elijan como paradigma, pues saben que su don es arquetípico y, por tanto, inalcanzable.
Porque el toreo de Urdiales traspasa el alma, genera una emoción siempre perceptible en su conducta frente al toro (y en la vida) y en un modelo expresivo en vías de extinción: el toreo más clásico y más bello nacido de una madurez tan macerada en sus vivencias. Qué tarde. Qué regalo.
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