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TOROS

Jarocho, querer ser buen torero (y en San Isidro)

El joven de Huerta el Rey (Burgos) demuestra en Las Ventas que quiere ser torero a cualquier precio y lo hace con una gran concepción del toreo

'Jarocho' saluda una ovación en Las Ventas.

'Jarocho' saluda una ovación en Las Ventas. / Plaza 1

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Jaime Roch

Jaime Roch

Madrid

La actuación de Roberto Martín, 'Jarocho', hijo y nieto de toreros con el mismo apodo, en San Isidro debe tener premio. Merece algo más que las migajas de la pedrea. De lo contrario, habría que certificar la defunción definitiva de ese relevo generacional que el toreo lleva años esperando. Porque el joven torero de Huerta el Rey (Burgos) demostró en San Isidro que quiere ser torero a cualquier precio: con la ambición feroz que concede la juventud, con la hierba en la boca y el hambre intacta de quien sabe que cada tarde puede cambiarle la vida en 10 minutos.

Pero no fue solo arrojo. Jarocho, que fue una de las revelaciones del 2024 tras conquistar el umbral más preciado del toreo como novillero, dejó también la huella de un torero con concepto, con sentido del temple y una idea clara de lo que quiere expresar delante del toro. Y todo prendido con la autoconfianza que aporta el valor en un esfuerzo magnífico. Cosa nada fácil. Sobre todo, por lo que demostró este miércoles en su faena al tercer toro de Pedraza de Yeltes, tan mastodóntico, con tantos kilos en su impresionante estampa y con tanta fiereza en su acometividad.

Pero ahí anduvo Jarocho, torero de dinastía, en un emocionante sondeo de la condición del toro y que acabaría constituyendo el soporte, el germen de una conducta ética frente al animal no siempre tramitada en los tendidos de Las Ventas. La actitud, el compromiso y el valor. Ese deseo profundo y auténtico de querer ser torero, una vocación que se percibía en cada gesto ahí delante de ese tren de casta, en la forma de afrontar cada embroque con gran entrega y personalidad. Una personalidad que aquí ya empezaba a mostrar algunas llamativas referencias del toreo clásico, el instinto de la formulación expresiva de su toreo, la idea misma de hacerlo frente a este torazo tan difícil y con apenas un año de alternativa.

Así que Jarocho pasó la prueba con nota -salvo la suerte suprema- sin necesidad de ningún otro componente que su concepto, esa capacidad generadora de ilusión para cualquier aficionado. En el sexto sí cristalizó más su forma de torear, ese trayecto expresivo tan arriesgado y tan auténtico que tiene el valioso peso de la pureza. Aquí también marcó directamente la diferencia con sus dos compañeros del cartel: Isaac Fonseca y José Fernando Molina. Sobre todo, por torear de una forma natural, como ocurrió en ese sexto. Sin abrir mucho el compás e intentando mantener la figura vertical, con las plantas asentadas, con el mentón muy metido y acompañando con el pecho para intentar vaciar el muletazo detrás de la cadera. Y sin apenas tensión estética.

Excepcional natural del joven Jarocho en su corrida en la Feria de San Isidro.

Excepcional natural del joven Jarocho en su corrida en la Feria de San Isidro. / Plaza 1

A pesar de su juventud, en su forma de torear se percibe una notoria evolución que se advierte en su ornamentación formal, en la interiorización de tauromaquia que va a permanecer más o menos inalterable a lo largo de su vida. Y eso es lo verdaderamente importante en este tipo de toreros.

Dentro de ese último de la tarde, proyectó su nunca olvidada raigambre de la naturalidad y la hondura en un par de ramilletes de naturales, que podrían atribuirse a la viejas predilecciones (Pepín Martín Vázquez) de su abuelo, nacido en la salmantina Boadilla y cuyo apodo de Jarocho se lo puso el gran Domingo Dominguín en los años 60 porque se parecía a un torero mexicano nacido en Puerto de Veracruz que se llamaba 'El Jarocho'.

Así que hubo algún natural ciertamente extraordinario por la imponente condición del toro sexto de Pedraza de Yeltes, tan desconcertante. Así que con ese credo vivificante del toreo más puro y bello tiene un argumento más que sólido para volver a Madrid y que le den sitio en las ferias. Porque como ocurre invariablemente con los poetas, estos toreros no admiten más versión que volver a escribir el propio poema. Paciencia y memoria.