TOROS
Diego Urdiales sueña el toreo: puerta grande en San Isidro frente al rey Felipe VI
El maestro de La Rioja sublima el arte de torear y logra su segunda puerta grande de Madrid en la Corrida de la Prensa, con la presencia del monarca en una barrera del 9

Diego Urdiales sale por la puerta grande de Madrid durante la Corrida de la Prensa / Foto: Plaza 1
Ha sido una suerte y también una felicidad estar en Madrid para vivir la tarde mágica de Diego Urdiales. Y además en pleno San Isidro, cuando la cotización del toreo verdadero vuelve a subir entre tanto ruido y tanta impostura.
Aquello no fue una faena. Ni dos. Ni siquiera fueron dos obras memorables de esas que luego se cuentan y se escriben o se archivan en la memoria del aficionado. Lo de Urdiales perteneció a otro lugar. A ese territorio íntimo donde el toreo se convierte en herida porque es sentimiento verdadero.
Y es que sentir aquel desgarro torero te deja unas secuelas extrañas. No te apetece contarlo. No sabes si vas a encontrar las palabras exactas. Tienes siempre la sensación de que te vas a quedar a medio camino de aquella conmoción interior.

Gran derechazo de Diego Urdiales a su primero. / Plaza 1
Hay grandes faenas que se pueden escribir, contar, explicar… y de hecho lo hacemos los que nos dedicamos a este oficio. Yo mismo lo intento. Pero lo sucedido hoy, jueves 28 de mayo, en Madrid, pertenece a esa categoría excepcional de lo irrepetible: aquello que quizá sólo podían comprender del todo quienes estuvieron allí presentes.
De entrada, su manera de torear a la verónica. En cada lance, la plaza se volcaba como un péndulo de emoción, en un calambre vivo de locura. Y es que nadie había toreado así a la verónica en esta feria de San Isidro.
Porque el maestro de La Rioja tiene el embrujo de esos toreros sublimes que nacen al arte del toreo muy de tarde en tarde. Pero que cuando brotan, sus nombres quedan esculpidos en bronce, como una gran escultura.
Más tarde, el pellizco se templó en la muleta, envuelto en una serena naturalidad, de corte bienvenidista. Y por fin, tal vez bajo el influjo rondeño o del último Antoñete, el trazo de su arte tuvo la plomada y Madrid pudo ver definitivamente la profundidad del toreo ejecutado con el pecho por delante, la cintura rota y la hondura heredada de los antiguos en todos esos matices que cohabitan en el actual Diego Urdiales.

Extraordinaria verónica del maestro de la Rioja. / Plaza 1
“Te brindo esta faena”, le dijo al rey Felipe VI, presente en una barrera del 9 junto a Victorino Martin, como si de una premonición se tratara. Y así fue.
La tendencia emocional derivada de un concepto tan bello del toreo como extraordinario explotó sobre la mano derecha en ese segundo de la tarde. La riqueza artística de un torero de escuela, de referencia. Tan puro y emotivo también por la izquierda. La solera, el poso de los años de alternativa. Y un espadazo en toda la yema, con la puntas de las zapatillas mirando al toro, al más puro estilo de Camino. Al más puro estilo Urdiales, cabría decir ya porque lo de esta feria con el estoque ha sido para los anales. Paseó una oreja de ley.
El toreo grande, con el signo de lo irrepetible, volvió a surtir en toda su extensión en el cuarto, con otra sacudida, sobrecogedora. Entregado a la embestida, tremendamente puro, se dejó ir en un primoroso comienzo de faena.
Y los muletazos, ora con el compás abierto, ora con el compás más cerrado, estuvieron preñados, desde que nacían hasta que definitivamente se cerraban detrás de la cadera, de mando, de hondura, de belleza.
Entonces, no sólo se colmó el gozo del aficionado cabal, sino que los tendidos de Madrid confirmaron en esta feria (todavía no lo habían hecho) la fuerza arrebatadora del toreo, su modo de producirse en esos momentos de éxtasis colectivo.
La consiguiente catarsis estética y ética que liberaba la locura. Las dos orejas se presentían. Ningún arte está a la altura de esto. Es de una belleza sobrecogedora. Como Urdiales hace el toreo se ve muy pocas veces. Casi nunca. Tras otra gran estocada, paseó otra oreja que puso la puerta grande en sus manos. Un premio a una forma de sentir el toreo que nos hace muy felices.
Una fuerza extraña me obligaba a seguir cada uno de sus movimientos. No recuerdo siquiera si grité “olé”, si aplaudí, si me puse en pie. No olvido lo que viví. Y tampoco me apetece seguir contando lo que vi, porque aquellas dos faenas me dejaron una suerte de egoísmo inexplicable: la sensación de haber asistido a algo sobrenatural y querer guardarlo para mí solo, como se guardan los milagros. Y no estropearlos tras contarlos.
Andrés Roca Rey, en su primera tarde en Madrid, paseó una oreja del quinto tras un pinchazo y una estocada entera. El peso del premio tuvo un tono menor, pero la faena dejó muestra de su responsabilidad.
Bruno Aloi, algo frío, confirmó la alternativa con disposición.
Mientras tanto, Urdiales seguía marcando la diferencia conforme iba pasando la tarde. La puerta grande fue un clamor de un día ya definitivamente inolvidable.
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