FÚTBOL
Los padrinos del Rayo Vallecano que cuidan a sus jugadores con magdalenas, tortilla y cerveza artesana: “Saben que juegan en un equipo de barrio, esto no es el Bernabéu”
La relación de Lola y Arturo con la plantilla de su equipo traspasa el césped: desde hace años, los socios acercan sus recetas a los entrenamientos en la Ciudad Deportiva de Vallecas

El centrocampista Pedro Díaz recoge las magdalenas de Lola a la salida de un entrenamiento con el Rayo Vallecano. / ALBA VIGARAY

Lola Barraza (69) y Arturo Casas (48) no se conocen de nada, pero coinciden en una cosa. Su pasión por el Rayo Vallecano. Para ella, que lleva más de 25 años siendo socia del club, se asemeja a una adicción. “Una vez entras, ya no puedes dejarlo”, dice. Para él es un hobby que “engancha” y puede compartir con su hija de 12 años. Por separado y sin saberlo, se han convertido en aficionados de primera. No solo por lo que al fútbol respecta, sino porque su relación con los jugadores traspasa el césped y llega hasta la cocina de Barraza o el laboratorio improvisado de Casas. Por los paladares de Camello, Isi o Pelayo, entre otros, han pasado las recetas de estos dos seguidores. Cada entrenamiento se convierte en una oportunidad de intercambiar mensajes de ánimo y cada partido que juegan fuera de Madrid es lo más parecido a un viaje con amigos. “Conozco incluso a sus familias. No tengo nietos en la vida real, así que ellos son como mis sobrinos”, confiesa Lola mirando una foto junto a Trejo en la que él le dedica unas palabras: “Para mi abuela preferida y amorosa”.

Óscar Trejo, jugador del Rayo Vallecano, dedica una fotografía a Lola. / ALBA VIGARAY
Barraza, que nació en Córdoba, se siente madrileña desde que pisó la capital por segunda vez en 1971 cuando visitó a su abuela materna. Lo que comenzó siendo un juego en el trabajo, donde cada empleado tenía un equipo favorito, ha acabado siendo un modo de vida para ella. “Tengo amistad con casi todos, incluso con los que ya se han ido. Soy muy sociable y al ser un equipo de barrio nos llevamos todos muy bien”, cuenta. Los deportistas que llegan al Estadio de Vallecas conocen los valores que sustentan la alineación. Y, si no, Lola se encarga de enseñárselos. Al teléfono con Joni Montiel, asegura que no le gusta molestar a la plantilla y que únicamente habla con ellos “para darles ánimos o felicitarles”. Como abejas a la miel, a la salida del entrenamiento todos acuden al reclamo de sus magdalenas, características por la fina capa de azúcar que las recubre. “El jugador que viene al Rayo sabe que es un equipo pequeño, esto no es el Bernabéu. Mi marido está enfermo y por su cumpleaños, los jugadores lo llevaron al vestuario y le regalaron una camiseta. Son cosas que te llegan al alma”, añade emocionada.
Sus hijos siguieron sus pasos y se abonaron después. Juntos, han recorrido los estadios de medio continente, acompañando tanto al equipo femenino como al masculino: “Voy a todos los entrenamientos y partidos. Me conozco todos los campos de España y en la Champions viajé con las chicas a Rusia e Inglaterra”. Sus obligaciones se han impuesto a la devoción que siente por el conjunto y ahora permanece en casa junto a su esposo la mayor parte del tiempo. Ya sea desde el sofá o en la grada junto al córner, ella alienta a los suyos con el mismo ímpetu de hace 25 años. “Para mí lo son todo. Nos ayudamos, nos queremos y tenemos una amistad. Cuando Tiago Bebé vestía nuestros colores me llamaba ‘mami’ y merendábamos juntos en la cafetería”, añade. Fue él quien inició la tradición repostera que saca una sonrisa a la cordobesa cada vez que abre el recetario. No solo dulces, Barraza también les acerca tortillas, papas arrugadas y un sinfín de aperitivos.

Lola lleva años preparando magdalenas para los jugadores del Rayo Vallecano. / ALBA VIGARAY
De naturaleza nómada
La generosidad se extiende como la pólvora, y también se ha colado en casa de Arturo. A sus 48 años, compagina sus cuatro pasiones como puede. Él es montador aeronáutico y rayista a partes iguales. Su hija de 12 años y la cerveza artesanal completan la lista. Socio desde 2008 junto a uno de sus mejores amigos, se embarcaron más tarde en un proyecto profesional y desde hace algo menos de dos años crean sus propias cervezas. Lo que comenzó en su casa tiene hoy el nombre de Melopea y se fabrica en Segovia, Madrid o Asturias. “No somos una empresa al uso, tenemos la marca y actuamos como una asociación. Algunos bares en Vallecas, Pinto o Fuenlabrada se han convertido en puntos de referencia”, explica. De naturaleza nómada, Arturo y Manuel no tienen una fábrica propia. Con las recetas bajo el brazo, se desplazan a otras ciudades y producen 500 litros en cada tirada: “Las vendemos mayoritariamente a amigos, familiares y conocidos. Vamos creciendo gracias a las ferias artesanales”.

Una de las cervezas artesanales que produce Arturo Casas y acerca a los jugadores del Rayo Vallecano. / ALBA VIGARAY
12 fórmulas al año. Ese es el modus operandi de Melopea. Dulces, ácidas, amargas, con cereza, mango o incluso calabaza. La mayoría en lata, aunque también guardan algunos barriles. Etiquetas llamativas. Algo provocativas. También en su composición, con entre seis y 11 grados de alcohol. Algunas veces regaladas y otras bajo demanda, la plantilla del Rayo Vallecano está familiarizada con ellas. “Les hemos dado a Camello, Trejo e Isi. Este último terminó quedándose una caja. Hay un miembro del cuerpo técnico que también nos ha comprado varias veces”, apunta. El proceso de fermentación, que se demora hasta dos meses, continúa en el botellín una vez envasada. De la misma forma que Lola lleva su pasión por el equipo a la cocina, él busca cervecerías artesanales allá donde su equipo juega. Salir de la capital implica conocer otros emprendedores en un sector tan reducido, con quienes confiesa intercambiar productos e ideas: “Siempre que acompañamos al equipo intento descubrir otras fábricas y hablar con los maestros cerveceros. Se ha convertido en una tradición para nosotros”.
Los valores del Rayo
“Valentía, coraje y nobleza” dice el himno. Tres pilares que la grada inculca a todo aquel que llega al club. En lo que parece un rito de iniciación, los devotos se encargan de mostrar estos valores a cualquier jugador que aterrice en la zona. “Lo montamos en un coche y le enseñamos el vecindario, el campo donde va a jugar y qué es lo que se les pide. Que luchen hasta el final y sientan los colores”, explica Arturo. Si en algo coincide con la cordobesa, es en el ambiente. El clima que se respira durante los encuentros de su equipo es, ante todo, familiar: “La ideología antirracista y antifascista hace que sea una atmósfera muy modesta. No dejan de ser personas que ganan mucho dinero, pero son conscientes de que están en un barrio obrero”. Juntos, recuerdan cómo la afición se unió hace unos años contra el desahucio de una mujer de 80 años, madre de un simpatizante. Tal fue la repercusión, que consiguieron frenarlo. El que fuera entrenador por aquel entonces, Paco Jémez, se ofreció a pagar su alquiler durante varios años. “La humildad nos diferencia de otros equipos que se creen dioses. Yo soy humana y me gusta idolatrar a gente con los pies en la tierra”, defiende Lola.

Sergio Camello, jugador del Rayo Vallecano, recogiendo las magdalenas de Lola a la salida de un entrenamiento. / ALBA VIGARAY
Ella misma cuenta como hace unos años conoció a un padre y un hijo del Barça que viajaron a Madrid para asistir a un entrenamiento rayista: “Me dijo que estaban ahí para que su hijo fuese testigo de las diferencias entre un equipo sencillo y uno grande. Vino a enseñarle nuestros valores y eso, como vallecana, me enorgullece”. La importancia no reside en el número de victorias, o la cantidad de goles marcados. Casas se lo explica así a su hija: “Más allá de ganar, hay que fijarse en cosas como la ayuda colectiva o la atmósfera que se crea en el Rayo. El fútbol es el nexo de unión entre todos nosotros”. Un vínculo que educa, comprende y respeta, ante todo. Que no entiende de luchas, pero a la vez las respalda todas. Que huele a magdalena recién hecha o que llega dos horas antes del partido para charlar, abrazar y compartir. Lola y Arturo son dos de los muchos corazones franjirrojos que celebran este año el centenario de la agrupación.
[Este reportaje fue inicialmente publicado en EL PERIÓDICO DE ESPAÑA el 14 de diciembre de 2024]