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ARTE

La exposición del Reina Sofía que invita al público a llevarse una parte de su obra: caramelos para hablar de exilio, sida y memoria

'Dulce venganza' es la primera retrospectiva a gran escala del estadounidense Felix Gonzalez-Torres en Madrid: la muestra, que podrá verse hasta el 12 de octubre, reúne 50 piezas en distintos formatos

'Untitled' (1991), de Félix Gonzalez-Torres.

'Untitled' (1991), de Félix Gonzalez-Torres. / CEDIDA

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Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Hay una alfombra de caramelos azules en el suelo del Reina Sofía. El visitante puede agacharse, tomar uno y llevárselo. La obra, entonces, pierde una mínima parte de sí misma. Pero no desaparece: se repone, cambia, vuelve a empezar. En ese gesto sencillo, casi infantil, ritual, se concentra buena parte de la potencia de Felix Gonzalez-Torres, un artista que hizo de la belleza una forma de resistencia y de la fragilidad un lenguaje político. Con Dulce venganza, el Museo Reina Sofía presenta la primera gran exposición dedicada en Madrid al creador estadounidense de origen cubano, una figura esencial para entender el arte contemporáneo de las últimas décadas. La muestra, comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector, ocupa la primera planta del Edificio Sabatini hasta el 12 de octubre de 2026 y reúne 50 obras atravesadas por el deseo, la memoria, el exilio, la enfermedad y el duelo.

El título de la exposición nace de una frase del propio Gonzalez-Torres. En 1971, siendo niño, fue enviado desde Cuba a España dentro de un programa destinado a alejar a menores del régimen castrista. Permaneció poco tiempo en Madrid antes de trasladarse a Puerto Rico y, más tarde, a Nueva York, ciudad en la que desarrollaría buena parte de su obra. Cuando regresó a la capital española en 1991, ya como artista, escribió: “Volví a Madrid casi 20 años después”. La exposición recoge esa expresión no como un ajuste de cuentas, sino como una forma de regreso: volver al lugar de una herida y transformarlo en experiencia estética. Su "dulce venganza" de Gonzalez-Torres no grita. Opera desde lo mínimo, desde lo que parece leve: una pila de papel, una cortina de cuentas, dos espejos, una guirnalda de bombillas. Pero esa suavidad es engañosa. Bajo la limpieza formal de sus piezas late una carga política y afectiva que remite al sida, a la homofobia, a la censura y a la fragilidad de los vínculos. Su obra parece ofrecerse al espectador, pero también lo compromete.

'Sin título' (Venganza), de Felix Gonzalez-Torres.

'Sin título' (Venganza), de Felix Gonzalez-Torres. / CEDIDA

El recorrido, articulado en 10 salas, evita una lectura cronológica cerrada. Prefiere avanzar por asociaciones, ecos y tensiones. Tras el impacto inicial de Untitled (Revenge), la muestra se adentra en zonas más íntimas del artista, con trabajos que aluden al desplazamiento, la infancia y la construcción de la identidad. Untitled (Madrid 1971) y Untitled (Passport) convierten la idea de viaje en algo más complejo que una simple travesía: moverse puede significar escapar, ser expulsado, cambiar de lengua, perder una casa y aprender a habitar otra. Uno de los aciertos del proyecto es mostrar cómo Gonzalez-Torres desconfía de las identidades fijas y de las historias contadas en línea recta. Sus retratos no se resuelven en una imagen, sino en textos alterables. Sus esculturas no son objetos inmóviles, sino sistemas abiertos. La obra existe cada vez de una manera distinta, condicionada por el espacio, por quienes la activan y por el contexto histórico desde el que se mira.

Esa condición variable alcanza una dimensión especialmente poderosa en las piezas participativas. Las pilas de papel y los montones de caramelos pueden ser tomados por el público y repuestos indefinidamente. La desaparición no implica final, sino transformación. El visitante no queda reducido a observador: toca, elige, se lleva un fragmento, altera el estado de la pieza. Sin espectacularidad, Gonzalez-Torres convierte la participación en una pregunta ética. ¿Qué significa tomar algo de una obra? ¿Qué permanece cuando una forma se consume? La política atraviesa la muestra sin necesidad de imponerse de manera literal. Obras como Untitled (Public Opinion) abren una reflexión sobre la esfera pública, la manipulación, la construcción del consenso y la capacidad del poder para moldear imaginarios colectivos. Aunque el autor trabajó en el contexto estadounidense de los 80 y 90, marcado por el conservadurismo y por la crisis del sida, la exposición subraya la vigencia de muchas de sus intuiciones. El control de los discursos y la vulnerabilidad de los cuerpos siguen siendo asuntos del presente.

Incómodo, pero necesario

También el amor ocupa un lugar central. En Gonzalez-Torres, los pares hablan de deseo, compañía y pérdida. La muerte de su pareja, Ross Laycock, en 1991, atraviesa su obra como una corriente subterránea. No siempre aparece nombrada, pero se siente en la insistencia de los dobles, en las formas que se agotan, en los objetos que parecen esperar a alguien. La abstracción funciona aquí como refugio y como estrategia: permite hablar de lo íntimo sin entregarlo del todo, protegerlo de la mirada normativa y, al mismo tiempo, hacerlo universal. La exposición insiste en esa presencia del cuerpo aunque el cuerpo casi nunca aparezca representado. Está en el desgaste de los materiales, en el tránsito entre salas, en las cortinas que se cruzan, en las gráficas que remiten a análisis médicos, en las luces que modifican la atmósfera. Untitled (Chemo) convierte una cortina de cuentas en umbral emocional y Untitled (Beginning) sugiere la posibilidad de empezar de nuevo.

Vista de sala de la exposición de Felix Gonzalez-Torres en el Reina Sofía.

Vista de sala de la exposición de Felix Gonzalez-Torres en el Reina Sofía. / CEDIDA

La belleza de Gonzalez-Torres no consuela de forma fácil. Seduce para introducir una inquietud. Su elegancia formal no borra el conflicto, sino que lo vuelve más penetrante. Por ello, Dulce venganza funciona como una exposición de contradicciones sostenidas: dulzura y rabia, deseo y duelo, intimidad y política. Nada se resuelve del todo. Las obras parecen decir que vivir consiste, precisamente, en habitar esas tensiones. En el Reina Sofía, Gonzalez-Torres vuelve a Madrid no como una figura cerrada por la historia del arte, sino como un artista todavía incómodo, todavía necesario. Su venganza no consiste en imponerse, sino en seguir circulando.