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ENTREVISTA

Eva Cosculluela recupera la historia del Lyceum Club Femenino de Madrid: "Para incluirlas en los libros de texto, primero hay que conocerlas"

En El club de las modernas (Seix Barral), la autora plasma la historia de una asociación pionera que promovió una biblioteca en braille, creó una escuela infantil para familias vulnerables y defendió la formación intelectual femenina

La escritora Eva Cosculluela presenta su libro 'El club de las modernas' en Madrid

La escritora Eva Cosculluela presenta su libro 'El club de las modernas' en Madrid / Alba Vigaray

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"Excéntricas y desequilibradas", "frívolas y peligrosas" o incluso "un grave peligro". Con estos calificativos recibió la prensa conservadora de finales de los años 20 a las mujeres que cruzaron el umbral del número 31 de la calle Infantas, en la madrileña Casa de las Siete Chimeneas. La llegada del Lyceum Club Femenino desató una campaña de hostilidad: las tacharon de "marisabidillas" y rebautizaron el espacio como “el club de las maridas”.

También fueron caricaturizadas como "liceómanas" y objeto de rumores grotescos, desde que "fumaban cigarros egipcios" hasta que "debían ser encerradas como locas o criminales". ¿El delito de aquellas mujeres? En 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, un grupo de intelectuales fundó en Madrid el Lyceum Club Femenino, un espacio inspirado en modelos europeos donde casi 500 socias trabajaron por la igualdad y el acceso a la cultura hasta que la Guerra Civil truncó su empeño.

Considerada la primera asociación feminista de España, el Lyceum Club Femenino nació con la convicción de que la educación era el verdadero motor de la transformación social. En sus salones no solo se discutió el sufragio femenino y se tendieron puentes entre mujeres de distintas ideologías, sino que las liceístas buscaron intervenir en problemas concretos de la sociedad y extender la cultura a sectores tradicionalmente excluidos.

Reunión en el Lyceum Club Femenino de Madrid

Reunión en el Lyceum Club Femenino de Madrid / MINISTERIO DE CULTURA

Ejemplo de ello fueron iniciativas como la Casa de los Niños o el Comité del Libro para el Ciego, a través del cual promovieron la creación de una biblioteca en braille instalada en la Biblioteca Nacional para facilitar el acceso a la lectura a las personas ciegas. Cien años después, la periodista cultural, crítica literaria y traductora Eva Cosculluela (Zaragoza, 1972) reivindica su legado.

Su vinculación con este proyecto comenzó en 2015, cuando visitó una exposición sobre la Residencia de Señoritas y descubrió a la asociación en un capítulo de su catálogo, lo que la llevó a preguntarse cómo era posible que no apareciera en los libros de texto. Para romper ese olvido, la autora —quien además dirigió durante 15 años la librería Los Portadores de Sueños y lidera desde 2019 el club de lectura Sin género de dudas— ha publicado El club de las modernas (Seix Barral).

"No querían hacer caridad tradicional, sino transformar la sociedad"

P.- ¿Qué obstáculos encontraba una mujer que quisiera estudiar en esta época?

R.- Había muchísimas trabas. Hasta 1910, las mujeres que querían ir a la universidad necesitaban un permiso especial y, si lo obtenían, debían permanecer en una sala aparte y entrar al aula acompañadas, sin poder mezclarse con los hombres. Algunas incluso se disfrazaban para poder asistir. Aunque la ley cambió ese año, en la práctica muchas seguían evitando ciertas carreras porque, aun con el título, no tenían garantizado el ejercicio profesional.

El caso de María de Maeztu lo ilustra bien: empezó Derecho, pero lo abandonó cuando el propio colectivo de abogados decidió que no permitiría su colegiación. Desde la Residencia de Señoritas y el Lyceum impulsó un cambio de fondo, facilitando el acceso de las mujeres a estudios superiores —incluidas ciencias o derecho— y defendiendo que la formación debía traducirse en oportunidades reales. Su objetivo era claro: que las mujeres no solo pudieran estudiar, sino también ejercer.

La escritora Eva Cosculluela presenta su libro 'El club de las modernas' en Madrid

La escritora Eva Cosculluela presenta su libro 'El club de las modernas' en Madrid / Alba Vigaray

P.- ¿Cómo era una mujer moderna en ese escenario?

R.- La que tenía claro que tenía voz e independencia, independientemente de quién fuera su marido o sus padres. Por ejemplo, Ernestina de Champourcín venía de una familia tremendamente monárquica y tradicional. Ella sabía que en su casa sentaba fatal que estuviera en el Lyceum, pero quería estar ahí para aprender de las demás, hacer que su voz se escuchara y llegar lejos como poeta. Y no fue la única; todas las que estaban allí reivindicaban que sus ideas fueran igual de importantes que las de los hombres. Ser moderna era querer ocupar un espacio y que se viera como algo natural, que es lo que hoy seguimos reivindicando. Algunas se implicaron más políticamente y otras socialmente, pero la modernidad para ellas era sacar adelante sus proyectos sin que nadie les dijera: "Tú eres mujer y no puedes hacerlo".

P.- Es muy simbólico que la sede del Lyceum pasase a ser la de la Sección Femenina. ¿Qué significaba para una mujer de esta época tener un espacio sin tutela masculina?

R.- Fue importantísimo. De hecho, esa fue una de las discusiones que tuvieron al principio al fundar el Lyceum: había socias que querían que entraran los hombres y socias que decían que no. Y esto no era por algo reaccionario, sino porque querían crear un espacio seguro donde los hombres no estuvieran permanentemente diciéndoles lo que tenían que decir y pensar. Esto lo expresa muy bien María Lejárraga en una entrevista para el periódico La Libertad. Ella explicaba que estaban hartas de estar bajo la represión masculina y que querían un espacio libre para poder desarrollarse como quisieran. Algo que ahora nos parece tan evidente, hace 100 años era muy transgresor. Era un: "Salimos de casa; vosotros tenéis vuestros clubs, que nadie ha cuestionado nunca, y ahora nosotras queremos tener el mismo y ocupar el espacio público. Queremos dar nuestra opinión y que sea tenida en cuenta".

Inaugurado en 1926 bajo el modelo europeo, el Lyceum Club de Madrid desarrolló una destacada trayectoria cultural hasta su clausura en 1939 por el fin de la Guerra Civil

Inaugurado en 1926 bajo el modelo europeo, el Lyceum Club de Madrid desarrolló una destacada trayectoria cultural hasta su clausura en 1939 por el fin de la Guerra Civil / AYUNTAMIENTO DE MADRID

P.- Otro aspecto transgresor es que pertenecían a distintas ideologías politicas, también las había religiosas, laicas y ateas.

R.- Me parece ejemplar que mujeres de condiciones tan distintas consideraran dejar sus diferencias a un lado para trabajar por un bien común. Eso es modélico aun hoy, que estamos tan divididos y polarizados. La mayor diferencia interna a lo largo de los años llegó con el advenimiento de la República. Muchas de estas mujeres ocuparon cargos con el nuevo Gobierno o sus maridos fueron nombrados embajadores y se fueron de España con ellos. Ahí hubo cierta fractura porque se empezó a hablar más de política y se evidenciaron las diferencias. De hecho, Carmen Baroja se dio de baja del Lyceum por eso; consideraba que se estaba volviendo demasiado político en un sentido que a ella no lo gustaba, ya que era monárquica y católica tradicional, y prefirió separarse. María Lejárraga, por su parte, fundó otra asociación, la Asociación Femenina de Educación Cívica, orientada también a las clases trabajadoras.

P.- En ese entonces, ser culta era sinónimo de ser burguesa.

R.- Claro. Si las mujeres tenían que irse ocho o diez horas a la fábrica, ¿cómo iban a dedicarse a aprender a leer o a escuchar música? Era una cuestión que quedaba fuera de las clases más desfavorecidas; solo se podía dedicar a ello quien tenía dinero. Estas fundadoras eran todas burguesas y acomodadas, pero en lugar de querer hacer caridad tradicional (como ir al ropero de la iglesia o pedir limosna), quisieran trabajar y poner su dinero, su tiempo y su energía en una asociación como el Lyceum, alejada de la iglesia. María Teresa León decía que querían "adelantar el reloj de España"; sabían que si mejoraba la condición de la mujer, mejoraba el país entero.

P.- ¿Alguna de ellas le ha sorprendido especialmente?

R.- Por ejemplo, Nieves González Barrios, que era una precursora de lo que conocemos como pediatría (en aquella época era puericultura) y que trabajó muchísimo para mejorar la vida de los niños, sobre todo de los que estaban malnutridos, con raquitismo o con enfermedades múltiples debidas a la pobreza. Por otro lado, me pareció un gran descubrimiento, Consuelo Bastos, quien estuvo al frente de la Casa de los Niños como enfermera autodidacta. Aprendió la profesión sola y trabajó toda su vida junto a su marido, que era cirujano; por la mañana asistía en quiófano en el hospital y por la tarde iba a la Casa de los Niños. También Pilar de Zubiaurre. Sus hermanos eran pintores reconocidos. Ella había mostrado dotes para la pintura, pero en su casa ya había dos artistas y eran los chicos, entonces ella no podía serlo. Sin embargo, fue su marchante de arte, la que les consiguió exposiciones por toda Europa y Estados Unidos, y vendió sus cuadros. Sin ella, a lo mejor ellos tampoco hubieran llegado a donde llegaron.

La Casa de los Niños, uno de los proyectos más importantes del Lyceum

P.- La Casa de los Niños puso el foco en la conciliación mucho antes de que se utilizase este término.

R.- Sí, pero va mucho más allá de la conciliación, porque en realidad las familias que podían dejar ahí a los niños estaban en situación de pobreza extrema. Muchas eran madres solas, bien porque no tenían marido, porque había muerto o porque había tenido un accidente laboral y estaba impedido. Eran mujeres con varios hijos que tenían que dejarlos a su suerte cuando se iban a trabajar a la fábrica si no tenían familia cercana, el niño se quedaba solo en casa. La labor de estas mujeres fue crear un espacio donde esos niños pudieran estar recogidos, aprendiendo, vigilados por un médico y con sus tres comidas aseguradas, porque había una tasa de mortalidad altísima por raquitismo y desnutrición. Para esas madres supuso el poder ir a trabajar tranquilamente sabiendo que sus hijos estaban atendidos. Esto es un acto social, pero también tremendamente político y define la dimensión de lo que quiso hacer el Lyceum.

La Casa de los Niños. Jardines del Canal de Lozoya

La Casa de los Niños. Jardines del Canal de Lozoya / BIBLIOTECA REGIONAL DE MADRID

P.- ¿Ha encontrado paralelismos entre el contexto del Lyceum y la actualidad?

R.- Se ha avanzado mucho y eso es de agradecer. Ha pasado un siglo, que parece muchísimo tiempo, pero si lo miramos con perspectiva histórica tampoco es tanto. Es una época en la que todavía quedan generaciones de madres y abuelas nuestras que han sido criadas en el machismo más absoluto y en la creencia de que son inferiores. Hay un paralelismo grande entre algo que pasaba hace 100 años y ahora, y es que entonces se retorcía la palabra "feminista" para demonizarla. Decían que si las mujeres españolas eran feministas iban a salir a romper escaparates y a quemar cosas como las sufragistas inglesas. Ahora está pasando algo parecido en un auge de posiciones extremas que nos quieren otra vez en casa, criando y calladas; cuanto menos cultura y formación tengamos, mejor les viene para manipularnos. Creo que están haciendo un trabajo importante con las generaciones más jóvenes para decirles que ser feminista es lo peor o que queremos acabar con los hombres.

P.- ¿A qué se debe el desconocimiento sobre las liceístas? ¿Queda mucho para ver una representación equitativa en los libros de texto?

R.- A que fueron invisibles; ni siquiera llegaron a borrarlas porque directamente no las veían. Las poetas de esta generación publicaban sus libros, aparecían en prensa y eran incluso elogiadas, pero cuando se hacían los balances literarios del año, los hombres ocupaban la mayor parte del espacio y ellas quedaban reducidas a menciones marginales. Ese mismo patrón se repitió en las antologías que configuraron el canon de la Generación del 27, elaboradas por hombres que hablaban de su propio entorno.

Nadie duda de la calidad de Alberti, Lorca, Cernuda o Salinas, pero ellas tenían la misma para haber formado parte de ese grupo. Es verdad que ahora hay otra sensibilidad y se intenta ampliar la mirada, pero para incluirlas y celebrarlas en los libros de texto primero hay que conocerlas. Si no sabemos que existieron, ¿cómo las vamos a incluir? Si hablamos de la pediatría en este país, ¿cómo vas a hablar de Nieves González Barrios si no sabes que existió ni lo que hizo? Uno de mis propósitos al escribir era precisamente ese: dar las herramientas para que se las conozca y se las pueda reivindicar.