GASTRONOMÍA
Molino de Alcuneza, el refugio gastronómico de Sigüenza a una hora y media de Madrid que lleva 30 años cuidando el territorio
El establecimiento celebra 30 años consolidado como referente de la hotelería gastronómica, distinguiéndose por su compromiso con el entorno y los productores locales

Blanca Moreno recibe al viajero en Molino de Alcuneza, un proyecto familiar donde la hospitalidad se entiende como una forma de cuidar el territorio. / A.S.M.N.

A una hora y media de Madrid, el camino hacia Molino de Alcuneza empieza a cambiar el ritmo incluso antes de llegar. La carretera se abre entre campos, pueblos de piedra y ese silencio limpio de la Sierra Norte de Guadalajara que obliga, casi sin querer, a bajar la voz. Allí, a las afueras de Sigüenza, un antiguo molino harinero del siglo XV se ha convertido en uno de esos lugares donde la gastronomía no empieza en el plato, sino mucho antes: en la tierra, en el cereal, en la sal, en la miel, en los productores y en una manera de entender la hospitalidad como una forma de cuidado.

La entrada de este antiguo molino harinero del siglo XV recibe al viajero a una hora y media de Madrid, entre paisaje, silencio y memoria rural. / A.S.M.N.
Molino de Alcuneza cumple ahora 30 años consolidado como uno de los grandes referentes de la hotelería gastronómica en España. Lo hace con una estrella Michelin, una Estrella Verde Michelin, un Sol Repsol y el Sol Sostenible, pero también con algo más difícil de medir: una identidad profundamente ligada al paisaje de Sigüenza y a las personas que lo sostienen cada día. Porque aquí el lujo no se entiende como exceso, sino como tiempo. Tiempo para desayunar sin prisa, para escuchar el río, para oler el pan recién hecho, para reconocer en una cucharada la historia de un territorio, e incluso, para mirar las estrellas.
El proyecto nació casi como un sueño familiar. A principios de los años noventa, el padre de Blanca y Samuel Moreno se enamoró de un antiguo molino abandonado. Quería una casa de piedra en el campo, un huerto, gallinas y otra manera de vivir. Aquel edificio, que había dejado de funcionar como molino en los años setenta y estaba medio en ruinas, acabó convirtiéndose en un pequeño alojamiento rural cuando en Castilla-La Mancha apenas existía todavía una categoría clara para ese tipo de turismo.

La fachada del Molino de Alcuneza conserva la memoria del antiguo edificio de piedra y conduce hacia una experiencia de bienestar pensada para desconectar en plena naturaleza. / A.S.M.N.
"Mi padre quería una casa de piedra en el campo y quería tener su huerto y sus gallinas", recuerda Blanca Moreno, directora del hotel. Ella, entonces, no terminaba de entender aquella necesidad de campo cuando la familia ya vivía en Sigüenza. Pero el tiempo terminó dando la razón a esa intuición. "Nos metimos en harina", cuenta con humor, jugando con la memoria del propio edificio.
Lo que empezó como una aventura familiar fue creciendo hasta convertirse en un hotel boutique-restaurante de cuatro estrellas superior, con 17 habitaciones, spa, jardines y un restaurante gastronómico que ha hecho de la memoria local su mejor argumento. Blanca dirige la hospitalidad; Samuel, la cocina. Los dos heredaron de sus padres una idea que hoy suena más contemporánea que nunca: cuidar el lugar en el que uno está.
Del molino harinero al lujo silencioso
En Molino de Alcuneza todo parece pensado para no imponerse. La piedra antigua convive con una estética serena, el trato es cálido sin resultar invasivo y la experiencia se construye desde una suma de detalles que no buscan llamar la atención, sino quedarse. Es ese lujo silencioso del que tanto se habla ahora: dormir bien, comer mejor, desconectar de verdad y sentir que cada gesto tiene una razón.

La habitación de Molino de Alcuneza prolonga la calma del entorno: piedra, madera, luz natural y una hospitalidad pensada para descansar sin prisa. / Cedida
Pero el molino no se explica solo por sus habitaciones o por su restaurante. Se entiende por el entorno que lo abraza. Sigüenza y su comarca ofrecen una combinación singular de patrimonio, naturaleza y gastronomía. Muy cerca, el Parque Natural del Barranco del Río Dulce guarda uno de esos paisajes que parecen detenidos en el tiempo. La hoz de Pelegrina, el meandro, el castillo, las aves rapaces sobrevolando el valle y la historia geológica de un territorio esculpido durante millones de años forman parte de ese paisaje que el visitante no solo mira, sino que aprende a leer.

La habitación de Molino de Alcuneza prolonga la calma del entorno: piedra, madera, luz natural y una hospitalidad pensada para descansar sin prisa. / Cedida
En ese espacio conviven buitres leonados, alimoches, águilas reales, halcones peregrinos, búhos reales, nutrias y truchas comunes. La naturaleza aquí no funciona como decorado, sino como contexto. Y esa diferencia es importante. Porque en Molino de Alcuneza el paisaje no se usa como postal: se incorpora a la experiencia, a la cocina y a la forma de estar en el mundo.
Una cocina que escucha la temporada
La cocina de Samuel Moreno parte de una premisa clara: mirar alrededor antes de mirar lejos. Su propuesta tiene raíces en la cocina tradicional serrana, más que manchega, y se apoya en productos de temporada, cercanía y, siempre que es posible, producción ecológica o respetuosa con el entorno. Harinas antiguas, caza local, miel de la Alcarria, trufa negra, legumbres, quesos, embutidos, setas, verduras del huerto y escabeches caseros forman parte de una despensa que habla con acento propio.

La cocina de Samuel Moreno convierte harinas antiguas, miel de la Alcarria, trufa, caza y productos de proximidad en platos que cuentan el paisaje desde la mesa. / Cedida
El pan ocupa un lugar central. No como acompañamiento, sino como declaración de principios. "Es un plato más, no es solo un acompañamiento". Samuel, uno de los chefs-panaderos más reconocidos del país, trabaja con al menos seis harinas ecológicas y variedades antiguas de trigo recuperadas junto a productores locales. En el restaurante se hornean a diario panes de florencia aurora, trigo caveiro, monococcum o senatore capelli, y esa cultura cerealista aparece también en platos como las croquetas elaboradas con harina de centeno gigantón.

El pan de Molino de Alcuneza es uno de los emblemas de la casa: masa madre, harinas ecológicas de variedades antiguas y horno propio para contar el territorio desde la mesa. / Cedida
Los menús degustación —Molienda, Clásicos y Esencias— recorren ese universo con una mirada actual. En ellos pueden aparecer una reinterpretación del perdigacho seguntino, un tartar de trucha con sus huevas, un ramen de sopa de ajo negro manchego con setas, lentejas ecológicas de Palazuelos con pichón y repollo, cochinillo con crema de ajo tostado, miel de la Alcarria y trufa, o postres donde el pan, el aceite y la miel vuelven a recordar que la memoria también puede ser dulce.

El equipo de cocina de Molino de Alcuneza trabaja junto a Samuel Moreno una propuesta gastronómica ligada al producto local, la temporada y los sabores del territorio. / Cedida
Nada de esto sería posible sin una red de productores que Molino de Alcuneza ha ido tejiendo durante años. Harineros, apicultores, salineros, truficultores, ganaderos, bodegueros, artesanos, guías, distribuidores y pequeños proyectos locales forman parte de una comunidad que abastece la despensa, pero también sostiene el relato. Y ahí aparece uno de los conceptos más bonitos del proyecto: los Guardianes del Territorio.

Harinas de espelta, trigo negrillo o centeno gigantón dan forma al pan y a algunos de los platos más emblemáticos de Molino de Alcuneza, siempre ligados a productores locales. / Cedida
La importancia de los Guardianes del Territorio
Los Guardianes del Territorio nacieron de una necesidad muy concreta: poner nombre a algo que ya existía. Durante años, Blanca y Samuel Moreno habían trabajado de forma natural con pequeños productores de la zona. Primero fue la espelta, después el aceite, la sal, la miel, la trufa, la caza, los quesos, los vinos, la lavanda o las cervezas artesanas. Poco a poco, lo que parecía una red de proveedores se convirtió en una comunidad de aliados.
"Decidimos apoyarnos en todos estos pequeños productores para generar un tejido empresarial que mantuviese viva esta tierra", explica Blanca a El Periódico de España. Aquella apuesta, que empezó casi de forma orgánica, terminó convirtiéndose en una de las señas de identidad del molino. "Queríamos hacer una cocina de territorio, una cocina con arraigo y con producto local. Para nosotros eso era lo sostenible, lo responsable, lo que tenía sentido aquí", añade.
El nombre llegó después, cuando se dieron cuenta de que aquello no bastaba con hacerlo: también había que contarlo. "Hay que nombrarlo, porque hay que comunicarlo. Al final, lo que no se comunica es como que no se sabe", reconoce Blanca. Así nació Guardianes del Territorio, una red que no solo habla de proveedores, sino de pertenencia.

Blanca Moreno entrega a Carlos Moreno, de DeSpelta, el reconocimiento como Guardián del Territorio, una distinción que pone en valor a quienes cuidan el paisaje, el producto local y los oficios de la comarca. / A.S.M.N.
La idea es sencilla y poderosa. Un restaurante gastronómico en el medio rural puede hacer algo más que cocinar bien: puede generar economía, fijar población, visibilizar oficios, proteger paisajes y dar motivos para que la gente viaje hasta lugares que muchas veces quedan fuera de los grandes circuitos turísticos. En una zona vulnerable a la despoblación, cada productor que resiste, cada artesano que mantiene un oficio, cada guía que interpreta el paisaje o cada proyecto que transforma una materia prima local en algo valioso ayuda a que el territorio siga vivo.
Por eso, en Molino de Alcuneza hablan de guardianes no solo para referirse a quienes llenan la despensa, sino también a quienes construyen destino. Una harinera que recupera trigos ancestrales en Palazuelos. Una almazara familiar que trabaja con olivos centenarios en Sacedón. Unas salinas de interior en Saelices de la Sal con documentación desde el siglo XIII. Apicultores con DOP Miel de la Alcarria. Truficultores de Cifuentes. Ganaderos en extensivo. Bodegas de altura. Guías de Sigüenza. Proyectos de observación astronómica bajo cielos Starlight.
Todos forman una constelación de proximidad que trasciende la cocina. "Se lo fuimos diciendo a la gente con la que trabajábamos: oye, que tú eres nuestro guardián del territorio. Y se quedaron como diciendo: qué bonito", recuerda Blanca. La respuesta fue inmediata: orgullo, emoción y la sensación de formar parte de algo común. "Lo acogieron súper bien. Todos ellos se sentían orgullosos de ser parte de esa red", cuenta.

La familia Moreno al completo, alma de Molino de Alcuneza, mantiene vivo el proyecto que nació hace 30 años en torno a un antiguo molino harinero a las afueras de Sigüenza. / Cedida
En esa red no hay solo una relación comercial. Hay confianza, afecto y una forma compartida de defender que la excelencia también puede nacer de lo pequeño. "Para nosotros ponerlos en valor nos da la vida", resume Blanca. Y esa frase explica buena parte de la filosofía del molino: cuanto más visible se hace el productor, más sentido gana la cocina; cuanto más fuerte es la red, más vivo permanece el territorio.
Treinta años creando territorio
El aniversario llega con un lema que resume bien el camino recorrido: "30 años creando territorio". Para celebrarlo, Molino de Alcuneza ha diseñado un programa especial de actividades a lo largo de 2026, con encuentros con productores, visitas, jornadas de cocina en vivo, catas guiadas y relatos de origen pensados para que el visitante entienda lo que hay detrás de cada producto.
También habrá un menú conmemorativo que recorrerá la memoria culinaria de la casa con mirada actual. Panes de trigos antiguos, fondos precisos, huerta propia y productores locales serán el hilo conductor de una propuesta creada por Samuel Moreno, acompañada por vinos de proximidad. La celebración no mira solo hacia atrás, sino hacia lo que viene: una forma de viajar más consciente, más conectada con el paisaje y menos apresurada.

En Molino de Alcuneza, el desayuno es una de las experiencias más cuidadas: pan recién horneado, dulces artesanos y una selección de productos de proximidad para empezar el día mirando al paisaje. / Cedida
Entre las novedades del año destaca también la apertura de su desayuno artesanal a clientes no alojados, siempre bajo reserva. Es uno de los momentos más celebrados de la experiencia Molino: panes de masa madre horneados en casa, repostería elaborada cada mañana y productos de proximidad servidos con esa calma que convierte el desayuno en una pequeña ceremonia. No es casual que haya sido reconocido en escenarios como Madrid Fusión, donde el establecimiento ha sido finalista en la categoría de mejor desayuno de hotel.

El desayuno artesanal de Molino de Alcuneza reúne panes de masa madre, repostería casera y productos de proximidad para empezar el día sin prisa, rodeado de naturaleza. / A.S.M.N.
El calendario suma además una experiencia astronómica muy especial: Eclipse & Stars, un paquete diseñado para vivir el eclipse del 12 de agosto de 2026 bajo los cielos de calidad Starlight de Guadalajara. Alojamiento, divulgación astronómica, observación asistida, cena de gala y música bajo las Perseidas componen una propuesta que encaja con esa idea de lujo sereno: mirar el cielo, entender dónde se está y dejar que el tiempo se ensanche.
Viajar para entender un paisaje
Molino de Alcuneza demuestra que el turismo rural ya no es solo escapada, chimenea y descanso. Puede ser también gastronomía de autor, panadería artesanal, bienestar, cultura local, sostenibilidad y activismo territorial. Puede ser una manera de acercarse a la España interior sin convertirla en decorado. Puede ser, incluso, una forma de reparar la relación entre quien viaja y el lugar que visita.
En el hotel trabajan con agua filtrada local, energía solar, iluminación led, puntos de carga para vehículos eléctricos, amenities sostenibles y un control exhaustivo de residuos. Cuentan con certificaciones Biosphere y participan en iniciativas vinculadas a la sostenibilidad, la nueva ruralidad y el movimiento Slow Food. Pero quizá lo más importante no está en los sellos, sino en la coherencia diaria: comprar cerca, cuidar a los equipos, respetar el entorno, escuchar a los productores y hacer que cada decisión tenga sentido.

El antiguo molino harinero de Molino de Alcuneza conserva la memoria del lugar y resume la filosofía de la casa: cuidar el paisaje, el producto y las personas que dan vida al territorio. / Cedida
"En Molino de Alcuneza llevamos 30 años amando el campo en el que se asienta este molino harinero de más de 500 años de antigüedad", sostiene Blanca. Esa frase no funciona solo como declaración institucional. Resume una forma de estar: crecer sin romper, evolucionar sin desarraigarse, convertir una antigua construcción de piedra en un destino gastronómico reconocido sin perder de vista el paisaje que lo hizo posible.
Al final, Molino de Alcuneza no celebra solo 30 años de historia. Celebra una manera de permanecer. De haber crecido sin perder la raíz. De haber convertido un molino en ruinas en un refugio gastronómico a una hora y media de Madrid. De haber entendido que la excelencia, cuando se practica desde un pueblo, necesita aliados.

La piscina de Molino de Alcuneza se integra en el entorno del antiguo molino, entre piedra, silencio y naturaleza a una hora y media de Madrid. / Cedida
Por eso sus Guardianes del Territorio importan tanto. Porque detrás de cada pan, cada miel, cada sal, cada trufa o cada vino hay alguien que está sosteniendo un paisaje. Y porque, cuando un hotel-restaurante decide contar esas historias, no solo eleva su cocina: ayuda a que un territorio entero se reconozca, se valore y siga teniendo futuro.
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