ENTREVISTA
Javier Márquez Sánchez, escritor: "Somos unos acomplejados con nuestro cine negro. Bogart nos vale, pero Arturo Fernández no"
Sevillano afincado en Madrid, este periodista y escritor tiene casi una veintena de libros publicados. El último, 'Una oración por los condenados' (ed. Efe Eme), es una novela negra muy cinematográfica ubicada en el Madrid de los años 60

El periodista y escritor sevillano afincado en Madrid Javier Márquez Sánchez. / Alba Vigaray

¿Qué tiene la novela negra que le atrae tanto?
Tras la manzana de Eva, la segunda historia del mundo es el asesinato de Abel a manos de Caín por pura envidia, lo que parece escrito por Raymond Chandler. ¿Y qué hay de Hamlet intentando que su tío reconozca que mató a su padre conchabado con su madre? Eso es puro James M. Cain. La novela negra nos permite abordar las bajas pasiones del ser humano y la mezquindad del mundo en el que vivimos, y eso es muy estimulante.
¿Y qué hay del género en España?
Aquí gozamos de una gran tradición de género negro. En novela tenemos a esa impagable generación de la Transición: Juan Madrid, Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Jorge Martínez Reverte…, y excelentes autores actuales. Aunque hace más de una década ya le ponen la etiqueta a cualquier historia en la que aparezca un muerto, y eso es absurdo. Por otro lado, el gran campo a reivindicar es el del cine negro clásico, donde hay verdaderas maravillas olvidadas como Apartado de Correos 1001 (1950), Distrito Quinto (1957) o Un vaso de whisky (1959). El problema, como siempre, es que somos unos acomplejados. Bogart y Glenn Ford nos valen, pero Alberto Closas o Arturo Fernández no.
¿Y por qué centrarse en los años 60?
Creo que es la década más revolucionaria del siglo XX cultural, política y socialmente. En el caso de España, tras dos décadas de oscuridad y miseria, la vida por fin empezaba a verse, a ratos, en Technicolor. Y poco a poco se iba creando el caldo de cultivo de lo que sería la Transición. Pero, tras esta, otra vez hacia abajo con la corrupción, el GAL, etcétera. Creo que, de algún modo, con esta novela quería reflexionar sobre la frustración del idealismo cuando se topa con la realidad, cuando constatamos que lo más justo no siempre es posible. Le ocurre al protagonista, cuando se ve obligado a actuar como el tipejo al que está persiguiendo.
Hace 15 años que vivo en Madrid y me apetecía que mis personajes se movieran por las mismas calles, plazas y tabernas que me gusta transitar
¿En su nueva novela la ciudad de Madrid es un personaje más?
Me gusta que el lugar en el que se desarrolla una historia cobre entidad, con sus luces y sus sombras. Ese latido en las arterias urbanas es muy de novela negra. Cada ciudad tiene su historia. No la de los libros y las estatuas, sino la de los taberneros, las quiosqueras, los taxistas… Ya le dediqué una novela a Sevilla, La ciudad de las almas tristes. Pero hace 15 años que vivo en Madrid y me apetecía que mis personajes se movieran por las mismas calles, plazas y tabernas que me gusta transitar.
¿Su protagonista, Rodrigo Arjona, nace como una evocación de algún personaje de otras novelas suyas?
Sí, de algún modo es una versión patria de Eddie Bennett, el “solucionador de problemas” en Las Vegas de los años 50 que protagonizó dos de mis novelas negras. Si Howard Hawks mejoró Río Bravo al reinventar la historia en El Dorado, ¿por qué no concebir un Eddie castizo?

Ejemplar del último libro de Márquez Sánchez, 'Una oración por los condenados', novela negra ambientada en el Madrid de los años 60. / Alba Vigaray
Retrata lugares icónicos como el bar Chicote o personajes famosos del momento, ¿es ese el punto diferencial?
No sé si será diferencial, pero desde luego es el punto que más me ha hecho disfrutar. Chicote solo es el nombre más popular, pero he intentado trasladar de la manera más fiel no solo los lugares, sino también los acontecimientos. Como ese momento en el que, sin estar en el guion, Luis Buñuel improvisa la escena de los mendigos durante el rodaje de Viridiana. O cuando el historiador Ramón Menéndez Pidal visitó el set de rodaje de El Cid y le regaló a Charlton Heston una réplica de la Tizona. Episodios como esos se cuentan en la novela tal cual relatan las crónicas. Reproducir fielmente en un texto este tipo de escenas históricas, como si fuera un documental, me resulta siempre tan arduo como excitante.
Y sale de alguna manera Johnny Cash, el rey de la música country, ¿le gusta este cantante?
Más allá de ese género, considero a Cash el representante más genuino de la cultura musical de Estados Unidos. En él encontramos country, pero también gospel, folk, rock, blues… Aunque en la novela no tiene mayor relevancia que la de ilustrar que el protagonista está al día de las últimas tendencias que llegan de Estados Unidos.
Muchas de sus fotos son con sombreros de cowboy, ¿le gusta la cultura americana?
No tanto la cultura del país como, específicamente, la cultura western. La historia de la épica y los héroes en Europa se remonta la cultura griega, pero una nación tan joven como Estados Unidos ha tenido que forjar su propia épica, y no la han creado rapsodas, sino guionistas de Los Ángeles y escritores de novelas de diez centavos. Eso supone una relectura muy interesante de las tramas y los arquetipos tradicionales. Por otro lado, pensemos que el género negro tiene mucho de western y viceversa. Es un hecho que Leone creó Por un puñado de dólares a partir de Yojimbo, pero no lo es menos que Kurosawa adaptó en esa película la novela de Dashiell Hammett Cosecha roja.
Cuando me siento a escribir mi objetivo siempre ha sido vivir otras vidas. Escribo porque me gusta jugar, como cuando era niño
¿Usted hace sus pinitos en la música o toca algún instrumento?
Me entretengo con la guitarra, el banjo y la harmónica, pero como mero hobby. Me gusta divertirme con los amigos en directo, y a veces, cuando las musas quieren, cambio el teclado del ordenador por las seis cuerdas para contar alguna historia.
Tengo entendido que usted, además, tiene su propia editorial. Ahora que se edita tanto libro, ¿se puede vivir de ello?
Creo que no es nada fácil vivir de la literatura en ningún punto de la cadena, ya sea uno autor, corrector, editor o librero. En cualquier caso, nosotros nunca nos planteamos eso como objetivo de Muddy Waters Books. Nacimos en plena pandemia, centrados en ensayos de perfil periodístico, en la línea de los años de esplendor de publicaciones como Esquire, Rolling Stone o Playboy. Desde entonces hemos publicado un poco de todo: ensayos sobre deportes, gastronomía, periodismo, estafas, true crime, poesía, la mafia…
¿Considera que ha cumplido con el propósito que quería alcanzar la primera vez que se lanzó a escribir un libro?
Desde luego. Cuando me siento a escribir, desde mis primeros relatos con 13 o 14 años, mi objetivo siempre ha sido vivir otras vidas, convertirme en ese detective privado, ese periodista intrépido, ese aventurero, ese perdedor nocturno… Incluso cuando escribo ensayos, de algún modo me gusta sentirme como los protagonistas de esas historias que estoy investigando. Escribo porque me gusta jugar, como cuando era niño. Como canta Sabina: "Con un poco de imaginación / partiré de viaje enseguida / a vivir otras vidas / a probarme otros nombres / a colarme en el traje y la piel / de todos los hombres / que nunca seré".
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