TOROS
‘Cantaor’ demuestra en Las Ventas por qué la bravura de Victoriano del Río es impresionante
La divisa madrileña lidia un grandioso toro en cuarto lugar que fue premiado con todos los honores con la vuelta al ruedo y con el que Castella perdió el triunfo con la espada

Sebastián Castella rompe a llorar tras marrar con los aceros su faena a 'Cantaor' en Las Ventas / EFE
Lloraba Sebastián Castella tras la muerte de Cantaor, el excepcional toro de Victoriano del Río que saltó en cuarto lugar este viernes en Las Ventas y con el que la divisa madrileña sigue manteniendo el prestigio y la categoría de una de las ganaderías más bravas de la actualidad.
Siempre en las mejores plazas, siempre en las mejores ferias y con las más importantes figuras del toreo en los carteles. Y pocas veces falla. Su garantía es máxima.
Decía que lloraba de emoción Castella, consumido por las sensaciones que le atravesaban en ese momento, consciente del vacío que le dejaba aquel toro de impresionante bravura y de la magnitud irrepetible de lo que acababa de suceder: aquel Cantaor será, quizá, el toro que mejor le haya embestido hasta ahora en la muleta al torero francés a sus 26 años de alternativa. Y en Las Ventas de Madrid, en pleno de San Isidro.
Y eso que en la nómina de la buena suerte de Castella hay un puñado de toros bravos en Madrid, como aquellos inolvidables Jabatillo, de Alcurrucén o Juglar, de Garcigrande a los que sí desorejó… Pero el más grandioso de todos era Hebrea -o Hebreo de Jandilla-, al que no desorejó.
Lo mismo ocurrió con este Cantaor, número 79, nombre ilustre ya en la divisa de Guadalix de la Sierra porque uno con el mismo nombre y con número 37 en Bilbao el año pasado (Roca Rey) y otro con el número 55 en Valencia en las Fallas del 2014 (Jesús Duque) también fueron premiados con la vuelta al ruedo.
Pero, ¿por qué la bravura de este Cantaor fue impresionante? Sencillamente, porque se desvivía embistiendo en la muleta, derramándose en su bravura vibrante en cada arranca -y sin ningún punto de agresividad ni fiereza-, tan espectacular todo dentro de un combate sin tregua en el que siempre reinó el vértigo de la emoción. Empujó bien en un primer puyazo y exigió en banderillas.

La impresionate embestida de 'Cantaor', larga, humillada, profundísima / EFE
Y con un toro tan bien hecho, con esas hechuras, tan proporcionado y armónico, no era difícil. Sobre todo, frente al torismo desproporcionado que se ha vivido estos últimos días de San Isidro, con animales que superaban los 600 kilos.
La fuga irreparable de su bravura se mostraba en cada reunión con el torero, quien se mostró generoso, limpio, fácil frente a un toro tan difícil… también emocionante. Eso ya debería bastar, pero es que el toro brilló por encima de él porque es el tipo de animal que da sentido a una faena grandiosa.
Hubo buena comunión, sí: bravo el toro y poderoso el torero. La faena tuvo trazo largo, pulso y mando sostenido sobre la fijeza del animal. Lo entendió pronto y lo llevó siempre cosida a la muleta.
Pero es que la hondura de la embestida de Cantaor fue el signo manifiesto de su bravura. La entrega, su forma de emplearse sin perder poder ni fondo hasta su muerte. Y su repetición, esa continuidad sostenida de la emoción, tan embriagadora, tan temida y deseada que permitió que la faena creciera en intensidad.
Y todo ello unido a la transmisión, esa capacidad tan comunicativa del toro, tan viva, tan codiciosa... tan pronta y fija en su conjunto.
El mal uso de la espada y del descabello dejó el premio en una cariñosa vuelta al ruedo entre las lágrimas de Castella. La vuelta al ruedo póstuma de Cantaor tuvo el peso de la gloria.
Entrar en los (pobres) matices del resto de la corrida sería desmerecer la obra y las embestidas relatadas arriba. Y no sería porque no hubo toros con posibilidades. También actuaron Emilio de Justo, en su primera comparecencia esta feria; y Tomás Rufo, en su última. Pero la memoria no olvidará Cantaor. La bravura también es eterna. Y eso es lo más importante.
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