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ICONO TEXTIL

Aurèlia, la mujer que convirtió hilos, papeles y fibras en criaturas que parecen respirar: una vida dedicada a hacer volar la materia

La exposición 'Entes', que podrá verse en el Museo Reina Sofía hasta el 7 de septiembre de 2026, reúne 150 obras de Aurèlia Muñoz, la artista barcelonesa que fusionó como pocas lo humano, lo animal y lo cósmico

Aurèlia Muñoz, fotografiada en su estudio (1982).

Aurèlia Muñoz, fotografiada en su estudio (1982). / JOSEP VENTOSA

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Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Aurèlia Muñoz (1926-2011)no necesitó mármol ni bronce para conquistar su espacio. Eligió otro camino: tensar una cuerda, anudar una fibra, coser una superficie, dejar que el aire entrara en la obra y la pusiera a respirar. Su territorio fue el textil, pero no entendido como una disciplina menor ni como un refugio artesanal, sino como un lenguaje capaz de discutir de tú a tú con la escultura, la arquitectura, la pintura y el pensamiento contemporáneo. El Museo Reina Sofía reúne ahora este universo en Entes, la retrospectiva más ambiciosa dedicada hasta la fecha a la artista barcelonesa.

La exposición, organizada junto al MACBA con motivo del centenario de su nacimiento, podrá verse en Madrid hasta el 7 de septiembre de 2026 y viajará después a Barcelona. En seis salas del edificio Nouvel se despliega una constelación de más de 150 obras, muchas de ellas inéditas o apenas vistas en museos, que recorren cinco décadas de trabajo y permiten mirar a Muñoz no como una figura lateral, sino como una creadora central en la renovación de la escultura textil europea del siglo XX.

Maquetas para 'Pájaros-cometa' (1981).

Maquetas para 'Pájaros-cometa' (1981). / FÁTIMA SANZ

Lo primero que sorprende en su obra es que nada parece querer quedarse quieto. Sus piezas cuelgan, se abren, se arquean, flotan. En los 60, Muñoz parte del bordado para reinventar la superficie pictórica: cose, compone, trama imágenes que ya contienen una voluntad de fuga. Después llegarán sus grandes esculturas de macramé de los 70, realizadas con yute, sisal o algodón, piezas monumentales que abandonan la pared y se adentran en el espacio como cuerpos extraños, totémicos y delicados a la vez.

'Ocell estel B1 [Pájaro-cometa B1]' (1981-1982).

'Ocell estel B1 [Pájaro-cometa B1]' (1981-1982). / FÁTIMA SANZ

El recorrido insiste precisamente en esa idea de los entes: presencias sin identidad fija, figuras que no responden a una clasificación cómoda. No son del todo humanas, tampoco animales, ni vegetales ni máquinas. Tienen algo de criatura marina, de organismo prehistórico, de arquitectura blanda, de ser llegado de una mitología futura. Muñoz imaginó un mundo poblado por formas ambiguas, libres de género definido, habitantes de una zona intermedia donde las categorías se deshacen como una hebra entre los dedos.

Otras formas de habitar

Uno de los grandes atractivos de la muestra es la posibilidad de contemplar obras monumentales que raramente han estado al alcance del público. Piezas como Palmera o Homenaje a Jerónimo Bosco revelan hasta qué punto la artista trabajaba con una mezcla singular de rigor y ensoñación. Sus estructuras están minuciosamente pensadas, pero nunca resultan frías. Al contrario: tienen la vibración de lo orgánico, como si cada nudo guardara una memoria antigua.

En los 80, la obra de Muñoz se vuelve todavía más aérea. Aparecen los Pájaros-cometa y los Aerostatos, formas móviles influidas por su interés por la papiroflexia, la navegación a vela y las máquinas de Leonardo da Vinci. En ellas, la escultura deja de afirmarse por su peso y empieza a hacerlo por su ligereza. La artista no busca imponerse al espacio, sino activarlo: convertirlo en corriente, en vuelo, en posibilidad.

Vista de la Sala 6: 'El entorno marino'.

Vista de la Sala 6: 'El entorno marino'. / CEDIDA

Esa misma búsqueda la llevará a experimentar con pasta de papel fabricada por ella misma a partir de fibras de lino y algodón. De ese laboratorio nacen libros alados, móviles, formas marinas, anémonas, algas y medusas que parecen conservar una vida secreta dentro de urnas transparentes. Hay en todo ello una intuición muy contemporánea: la certeza de que el ser humano no está solo en el centro del mundo, de que existen otros cuerpos, otras inteligencias, otras maneras de estar.

Creadora meticulosa

Por eso la obra de Aurèlia Muñoz, lejos de quedar encerrada en su época, dialoga con algunas de las preguntas más urgentes del presente. Su atención al medioambiente, su interés por los seres no humanos, su desconfianza ante las fronteras rígidas entre disciplinas, géneros y especies, la convierten en una artista inesperadamente actual. Lo que en su día pudo ser leído como experimentación textil aparece ahora como una cosmología completa: una forma de imaginar la vida desde la fragilidad, la transformación y el vínculo.

La muestra también permite asomarse a su método de trabajo a través de dibujos, maquetas, fotografías, cartas y cuadernos. Ese material revela a una creadora meticulosa, nada improvisada, que estudiaba los materiales con paciencia y concebía cada pieza como parte de una investigación mayor. Aurèlia Muñoz no separaba técnica y pensamiento: para ella, hacer era pensar con las manos.

'Jeroglífic [Jeroglífico]' (1988).

'Jeroglífic [Jeroglífico]' (1988). / FÁTIMA SANZ

En tiempos en que los museos revisan sus relatos y rescatan trayectorias desplazadas por una historia del arte demasiado estrecha, esta retrospectiva funciona como una reparación, pero también como un descubrimiento. Quien entre en Entes quizá no encuentre una exposición fácil de resumir. Mejor así. Hay obras que no piden ser explicadas de inmediato, sino recorridas despacio. En sus salas, la materia parece desprenderse de la gravedad y recordar algo que el arte, cuando acierta, sabe hacer muy bien: enseñarnos que el mundo puede tener otras formas.