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CONCIERTO

Eric Clapton bendice Madrid tras 25 años sin pisarla: el Dios del blues sigue haciendo milagros

El músico británico demuestra en el Movistar Arena que aún conserva intacto el don que convirtió su guitarra en una leyenda

Eric Clapton tocará en Barcelona el 10 de mayo tras pasar por Madrid.

Eric Clapton tocará en Barcelona el 10 de mayo tras pasar por Madrid. / CEDIDA

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Nadie va a la iglesia de Eric Clapton a rezar. Su religión es el blues y, por tanto, cuando arranca sus particulares misas, sólo hay un mandamiento: mover el tobillo. Es la única forma de medir el fervor de su palabra. Si sus fieles, aunque cohibidos, ojo, acaban con el pie entumecido, Dios no habrá perdido facultades. Y Clapton, anoche, demostró a 17.000 almas que sigue en plena forma. A sus 81 años predicó con devoción, desatando una euforia colectiva de pecho para dentro. Porque, en sus conciertos, como en la fe, la procesión va por dentro. Su don es incontestable. Este jueves, tras 25 años sin pisar Madrid, lo dejó patente frente a un Movistar Arena bendecido por su guitarra. Les será difícil olvidar algo así. No todos los días el Mesías te abraza con tanto frenesí.

Puntualísimo, un Clapton sutil y respetuoso arrancó la velada con Badge. Agarró su Fender Stratocaster y, con la calma que le caracteriza, tan británico, desmenuzó el clásico de Cream. Sonó contundente, ligeramente diferente. Una de las grandes virtudes del artista es que, al igual que Bob Dylan, en directo, suele revisitar su cancionero desde ángulos diferentes. Una delicia para quienes han crecido al albur de sus acordes. “Hey, Madrid”, dijo escueto. Poco más habló. Nunca ha sido un hombre locuaz. Sin embargo, dada la intensidad del recital, sin apenas pausas entre los temas, se hubiera agradecido.

Eric Clapton ha repasado su amplia discografía en el Movistar Arena de Madrid.

Eric Clapton ha repasado su amplia discografía en el Movistar Arena de Madrid. / CEDIDA

La complicidad con la banda fue sobresaliente. En I’m Your Hoochie Coochie Man, de Willie Dixon, por ejemplo, se entregó junto a Chris Stainton, al piano, y Doyle Bramhall, a la guitarra, a un juego de matices que le reivindicó como el astro de la música que es. Desde que se unió a The Roosters con 17 años no ha dejado de perfeccionar su técnica. Incluso hoy, aquejado de una neuropatía periférica que le provoca intensos dolores, sigue explorando el instrumento que le consagró. Es cierto que ha perdido movilidad, pero conserva la maestría que encumbró a Jimi Hendrix, Steve Ray y Robert Johnson. Pocos hacen rugir la guitarra como él. Y, pese a los achaques, aún ofrece licks de enorme belleza.

El solo que encaró en I Shot The Sheriff, de The Wailers, dejó sin aliento al público. El impacto fue tal que, entonces, sólo entonces, cierto jolgorio tomó el recinto. Clapton ha hecho versiones de clásicos que, poco a poco, gracias a su exquisita habilidad para darles otro brillo, han calado tanto como las originales. El modo en el que ha abordado a Jimmy Cox, Bo Diddley y J.J. Cale le ha vuelto celestial. Anoche, mientras recuperaba algunos de sus míticos cortes, con Nobody Knows You When You’re Down And Out a la cabeza, la multitud comulgó a gustísimo con él. Sobre todo, en el tramo acústico. Ahí, además, demostró un dominio vocal que suele pasar desapercibido.

Una 'jam session' colosal

El recuerdo de sus primeras bandas estuvo presente: de The Yardbirds a Derek and the Dominos. Aquí aprendió a dominar los riffs sin caer en el exhibicionismo. Ahora bien, aquella gloriosa etapa no debe tapar su prolífica trayectoria en solitario. De ella procede el aplaudido Unplugged, un elepé en directo que incluye Tears In Heaven, originalmente concebida para la banda sonora de Rush. Un disco que le valió tres premios Grammy de los 17 que ostenta. Fue el corte que terminó de rematar a Madrid. De fraseo comedido y honestidad irresistible, logró pinzar el nervio más robusto de la masa. Se la compuso a su hijo, Connor, quien murió en 1991 tras caer del piso 53 de un rascacielos en Manhattan. Es considerada una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos por la revista Rolling Stone.

El cierre fue eléctrico. Casi improvisado. Los códigos que comparten Clapton y los suyos son sólidos. Se conocen tan bien que hasta los errores les resultan estimulantes. Hubo ritmo, espontaneidad, carácter... Al menos, hasta que alguien del público lanzó un objeto desconocido al esceneario y la banda se despidió sin bises. Una jam session ejecutada desde la entraña. Sólo así han podido aguantar juntos tanto tiempo sobre las tablas. La heroína no pudo con su líder. Desde que Ronnie Wood y Steve Winwood le sacaron del pozo, no ha dejado de tocar. Lleva haciéndolo 50 años ininterrumpidamente. Lo de Clapton no es de este planeta. Un grafiti de Londres ya lo vaticinó en 1965. “Clapton is God”, ponía. Sin duda.