CULTURA EN MADRID
Las abuelas grafiteras que toman Lavapiés para pintar la memoria del barrio: "El rojo me da vida y el verde esperanza me da alegría"
CALLE’26 celebra su 13ª edición del 7 al 27 de mayo con 50 artistas, 50 fachadas y una intervención colectiva que convierte las emociones de las vecinas mayores en arte urbano

Las abuelas grafiteras, protagonistas de una de las intervenciones más emotivas de CALLE’26. / Cedida

Lavapiés se prepara para volver a hablar en colores. En sus persianas, escaparates, muros y fachadas, el barrio desplegará durante tres semanas una nueva edición de CALLE, el Festival de Intervenciones Artísticas de Lavapiés, que en 2026 cumple su 13ª edición sacando el arte de los museos para colocarlo a pie de acera.
Del 7 al 27 de mayo, 50 artistas intervendrán 50 espacios cedidos por comercios del barrio, en una cita impulsada por la Asociación de Comerciantes de Lavapiés Distrito 12 que ya forma parte del pulso cultural de la zona.
Pero entre todas las obras que los viandantes podrán observar en esta edición hay una que late de forma especial. Se llama "Los colores de nuestras abuelas" y tendrá como invitadas especiales a un grupo de mujeres mayores del barrio, las llamadas abuelas grafiteras, que realizarán la intervención bajo la dirección de la artista visual Nataline Pomar.

Obra de Nataline Pomar, artista multidisciplinar y activista del color, cuyo lenguaje visual combina abstracción, emoción y juego. / Cedida
No será una intervención cualquiera: será un retrato colectivo hecho por las propias participantes con piezas de madera, emociones elegidas una a una y una bombilla encendida como ojo simbólico. Una figura humana abstracta, una suerte de abuela todoterreno, contemporánea y vibrante, que buscará contar, sin necesidad de palabras, la memoria afectiva de Lavapiés.
"Queremos alinear color con emoción", explica Pomar a El Periódico de España. "La idea es hacer un retrato colectivo de ellas de forma muy abstracta, con un lenguaje contemporáneo. Cada pieza será pintada por una participante con el color que represente lo que siente o lo que quiere contar".
Un festival que empezó casi como una locura
CALLE no nació como una gran cita de arte urbano, sino como una idea de barrio. Isabel, comerciante de Lavapiés y tesorera de la asociación, lo recuerda con precisión. Tiene una tienda de muebles junto a sus hermanos en la calle Argumosa 25 y otra en la calle Sombrerería 24 conocida como Muebles Magarca. Como una de sus impulsoras desde la primera edición, ha visto cómo el festival crecía en tamaño sin perder su esencia: la calle, el comercio local y el encuentro entre vecinos y artistas.

Isabel conserva la obra de Marcos Gutiérrez que formó parte de la primera edición de CALLE, celebrada en 2013. / Cedida
Aquella primera edición se celebró del 16 de diciembre de 2013 al 6 de enero de 2014 bajo el lema "Los comercios de Lavapiés apadrinan un artista en Navidad". Participaron 24 comercios y la propuesta tenía una vocación muy concreta: generar vida y tránsito en el barrio durante las fiestas navideñas. Las decoraciones debían realizarse con materiales reciclados y/o con materiales propios del comercio participante.
"La idea surgió en la asociación por un tema de dar vida en Navidad", cuenta Isabel a este medio. "Pensamos en hacer un concurso de arte con productos reciclados, algo que diera otra utilidad a los materiales. Pero tuvo tanta aceptación y vimos obras tan interesantes que aquello derivó en lo que es ahora".

Obra de la III Edicion de CALLE (7 al 21 a Mayo 2016), 'Acomódose y no piense' del artista Nicolás Amazarray Bey. / Cedida
De aquellos 24 comercios iniciales se ha pasado a los 50 espacios actuales. También ha cambiado el tipo de intervención. Ya no hay obligación de trabajar con reciclaje ni de responder a un motivo navideño. "Ahora el artista tiene libertad absoluta", explica Isabel. "Los comercios cedemos un espacio, una fachada, un escaparate o una pared, y los artistas mandan sus propuestas. Luego hay un comisariado que decide dónde encaja mejor cada obra".
La fórmula funciona porque no se limita a decorar. Durante los días de creación, el barrio se detiene a mirar. Los vecinos preguntan, opinan, bajan café e incluso bizcochos. Un momento dulce para disfrutar en compañía. "Ganamos poner bonito el barrio, darle color y que los vecinos interactúen con los artistas", resume Isabel. "Hay una interacción preciosa. De barrio. Esa cercanía se está perdiendo, pero nosotros luchamos para mantenerla".
El comercio como galería abierta
En CALLE participan comercios de todo tipo: hostelería, mobiliario, ferreterías, floristerías, peluquerías, farmacias. Espacios cotidianos que se transforman en soporte artístico durante unas semanas. El festival reparte además premios dotados con 2.000 euros para el primer premio del jurado, 1.200 euros para el segundo y 800 euros para el premio del público.
"Seguimos teniendo comercio de barrio", defiende Isabel. "Nos gustaría tener más, porque cuando se cierra un comercio es difícil que haya relevo generacional. Esa es la tristeza. Pero seguimos manteniendo esa vida de barrio". En su caso, la vinculación con CALLE viene de lejos. Fue la primera presidenta de la asociación y una de las personas que impulsó aquella primera "locura" de movilizar a los comerciantes. "Yo dije: tenemos que hacer algo, el barrio lo tenemos que mover", recuerda. Y lo movieron.
Trece ediciones después, la iniciativa ha atraído a artistas nacionales e internacionales y ha convertido Lavapiés en una ruta de arte efímero, popular y participativo. No se mira desde lejos: se mira al pasar, al comprar el pan, al salir del metro o al bajar a tomar un café.
Las abuelas toman el spray
La intervención más emotiva de esta edición tendrá como protagonistas a mujeres que conocen bien el barrio y sus transformaciones. Algunas llevan años participando en el centro de mayores y en actividades comunitarias. No se definen como artistas, pero hablan del color con una naturalidad que desarma.

Las abuelas grafiteras plasmarán en color sus vivencias, emociones y recuerdos en las calles de Lavapiés. / Cedida
Pilar Raya Relova eligió el rojo. No necesitó pensarlo demasiado. "Porque es alegre, es la vida y es un color que me gusta", dice. No siempre se viste de rojo, aunque tiene un abrigo de ese color. Para ella, más que una prenda, es una forma de expresar algo. "Me gusta, pero me lo pongo y no me veo", reconoce entre risas. Pilar llegó a Madrid desde Andalucía cuando tenía ocho años. Vive en la misma casa de Lavapiés desde entonces. El barrio, dice, ya no se parece al de su infancia. "Antes éramos como familia en las casas, nos conocíamos todos. Las puertas estaban abiertas. Si había un problema, estábamos todos ahí. Ahora eso ya no existe", lamenta.
Aun así, no habla desde la nostalgia amarga, sino desde una energía luminosa. Lleva 12 años vinculada al centro de mayores y ha hecho "de todo un poco": colaborar en fiestas, adornar el centro, atender a quienes entran, escuchar quejas, participar en actividades. "Esto nos da vida", afirma. "A mí me da vida".
"Vivo mejor que nunca"
La historia de Pilar es también la de una generación que empezó a trabajar demasiado pronto. "Me pusieron a trabajar a los 12 años a cuidar niños", recuerda. "Hoy día me hubiera gustado haber estudiado algo más. Por eso mi obsesión con mis hijos ha sido siempre que estudien, que estudien y que estudien". Después, trabajó 26 años en una empresa dedicada a labores de limpieza. "Entré de limpiadora y salí de supervisora", cuenta con orgullo. Ahora, jubilada, asegura que está en uno de sus mejores momentos. "Vivo como nunca. Hago lo que me da la gana. Mis hijos me dicen: mamá, vive y disfruta".
Y eso hace. Viaja con sus nietos, camina, participa, conversa. "Esa es la herencia que les voy a dejar", dice sobre los viajes compartidos con ellos. Su granito de arena en CALLE también tiene algo de legado. Quiere que su familia pase por allí y pueda decir: "La abuela Pili".

Una pieza de Nataline Pomar, donde el color se convierte en protagonista y en vehículo para hablar de identidad, emoción y experiencia. / Cedida
El verde esperanza de Etelvina
A su lado está Etelvina, asturiana de nacimiento y vecina de Lavapiés desde hace décadas. Llegó a Madrid con 19 años y hoy tiene 74. Durante buena parte de su vida estuvo dedicada a la hostelería, junto a su marido, con negocios de restauración. Tras enviudar, encontró en el centro de mayores un refugio y una rutina nueva. "A mí esto me ha dado la vida", confiesa. Ahora forma parte de la junta y acude los lunes. "Nos llevamos todas muy bien. Yo no tengo problemas con nadie", dice. Si tuviera que elegir un color para la obra, lo tiene claro: verde. "El verde esperanza. Me gusta. Me da alegría". Su testimonio resume bien el espíritu de la intervención: no se trata solo de pintar una fachada, sino de traducir en color una biografía, una etapa vital, una forma de estar en el mundo.
Entre las participantes también aparece Concha, una de esas vecinas que no necesitan estar presentes para hacerse notar en el relato colectivo. A Concha le gusta verse bien, sentirse favorecida y que la mirada que se proyecta de ella haga justicia a su vitalidad. En el grupo la recuerdan con mucho carácter y sentido del humor: cuando vio una fotocopia de una entrevista en la que no se reconocía favorecida, no dudó en protestar porque, decía, "yo no soy así de fea". A sus 96 años, quienes la rodean la describen como una "mujer guapísima, valiente, luminosa, de esas que todavía reclaman salir bien en la foto y a la que le sentarían colores vivos", como un coral bonito, alegre y lleno de luz.
Las abuelas grafiteras no llegan a la obra como figurantes simpáticas, sino como autoras de una memoria compartida. Cada color será una emoción. Cada pieza, un fragmento de vida. Cada elección, una manera de decir: aquí estamos.
Nataline Pomar, una activista del color
La encargada de articular ese relato visual es Nataline Pomar, artista visual multidisciplinar que se define como "activista del color". Acaba de aterrizar en Madrid tras vivir en Barcelona y ha abierto La Mutante Madrid, una galería y espacio creativo en la calle San Ildefonso.
La idea de "Los colores de nuestras abuelas" nació a partir de una pieza propia: un autorretrato realizado sobre un reloj antiguo, con un ojo convertido en bombilla. "Cuando estoy de mal humor no lo enciendo y cuando estoy de buen humor sí", cuenta. A los responsables del festival les gustó esa imagen y le propusieron trasladar algo de ese universo a las abuelas grafiteras.

Nataline Pomar dirige "Los colores de nuestras abuelas", la intervención especial de CALLE’26 protagonizada por las abuelas grafiteras de Lavapiés. / Cedida
Pero Pomar quiso darle un sentido propio. "No era tan sencillo como repetir una pieza. Había que darle un discurso, un concepto que las representara", explica. Así llegó la idea del retrato colectivo: una figura formada por piezas abstractas de madera, cada una asociada a una emoción y a un color.
La obra se instalará en la fachada del restaurante vegano Santa y Pura, en la calle Santa Isabel, 27 y tendrá cerca de dos metros. En un lateral se incluirá una leyenda para explicar qué color ha elegido cada participante y por qué. Uno de los ojos será una bombilla iluminada, símbolo de memoria, energía creativa y mirada viva.
Lavapiés, un barrio que todavía mezcla
Para Pomar, Lavapiés es el lugar natural para una pieza así. "Lo que tiene la mezcla de culturas es que puedes observar mucha más diversidad y mucho más color", dice. Habla de color en sentido literal y simbólico: en la ropa, en los textiles, en los bares, en los acentos, en las fachadas, en la calle.
La artista cree que el mundo se está volviendo más gris. "No solo metafóricamente, también de forma real. Los electrodomésticos ya no son de colores, los muebles tampoco, los coches tampoco. Todo se está volviendo blanco, beige, negro, gris", reflexiona. Frente a eso, reivindica el color como energía y como refugio. "El color es transformador. Cambia nuestro estado de ánimo".
Por eso su trabajo con las abuelas no busca maquillar el barrio, sino activar una conversación. "La pieza la van a crear ellas, y eso es lo que le da sentido", insiste. En tiempos de prisa, pantallas y desconexión, Pomar defiende volver a las manos, al presente, al gesto compartido. "La gente está desconectando tanto del momento presente que se necesita volver a parar, desconectar y reconectar".
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