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ENTREVISTA

Manuel Valdivia: "Mi madre fue víctima de la guerra, pero también de la psiquiatría deshumanizante del franquismo"

El guionista y productor utiliza su experiencia para desgranar en su primera novela el legado de la Guerra Civil en la salud mental de varias generaciones

El escritor Manuel Valdivia.

El escritor Manuel Valdivia. / Alba Vigaray

Madrid

Hay vidas que se construyen sobre el éxito público mientras se intenta acallar el estrépito privado. Manuel Valdivia (Madrid, 1957), el hombre que definió la televisión de una época como creador de Médico de familia y Compañeros, pasó décadas proyectando hogares ideales mientras en el suyo había una herida abierta desde la Guerra Civil. El pasado 13 de abril, en el Ateneo de Madrid, Valdivia cerró ese círculo con la presentación de Querer o no querer (Uno), un debut literario que funciona como un thriller íntimo y un descarnado examen de la salud mental bajo el régimen de Franco.

Sin embargo, Valdivia rescata también la luz de una época. En sus páginas conviven la ternura y el humor de las pequeñas cosas, una gran historia de amor a primera vista y la banda sonora de una España que sobrevivía a base de canciones populares.

En el acto, el autor desgranó la historia de su madre, Conchi Santiago. Su biografía es el relato de una infancia rota por la violencia —tras presenciar ejecuciones y sufrir el fusilamiento de su padre— y una madurez marcada por la brutalidad de la psiquiatría de posguerra, donde los electroshocks y la sombra de la lobotomía eran la respuesta estándar al trauma.

En la portada del libro, aparecen el abuelo y la madre del autor, Manuel Valdivia

En la portada del libro, aparecen el abuelo y la madre del autor, Manuel Valdivia / UNO

A pesar de una trayectoria consagrada con galardones como el Premio Talento o el Premio de Honor del Sindicato ALMA, Valdivia afronta este proyecto con una sensibilidad distinta: "La presentación fue muy emocionante porque se me acercó gente, lectores que no conocía de nada... cuando un desconocido se toma el trabajazo de leer un volumen de 600 y pico páginas y te dice: 'He llorado, me he emocionado', es la mejor recompensa", cuenta el autor, con una sonrisa, a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.

P.- Entre esas reacciones, ¿ha encontrado a 'alguna Conchi’ más?

R.- Al escribir, no planeé hacer un libro sobre memoria democrática, pero descubrí que la historia de mi familia representaba a muchísimas otras. Aunque el caso de mi madre fue único —su neurosis obsesiva nació de traumas infantiles en la guerra—, me he topado con personas de 90 años que me dicen: "Yo viví cosas parecidas". El libro es un retrato de la sociedad española desde la Guerra Civil hasta hoy. Tolstói decía al inicio de Anna Karénina: "Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera". Sin embargo, yo he descubierto que las familias infelices también se parecen mucho; sus conflictos son temas universales y por eso tanta gente ha empatizado con este relato.

P.- ¿Por qué decide escribir esta historia en el verano de 2021?

R.- Sentí la necesidad instintiva de contar lo que siempre había enterrado: el fusilamiento de mi abuelo en el 37 y el trauma que eso detonó. Mi madre desarrolló una enfermedad mental que marcó la infelicidad de mis padres y una infancia anómala para nosotros, en una casa que parecía normal por fuera pero era durísima por dentro. Decidí aparcar las series de ficción para escribir algo propio por primera vez. Tenía miedo de reabrir heridas familiares —llevaba tres años sin ver a mi madre—, pero cuando finalmente fui a hablar con ella, no solo aceptó, sino que me confesó secretos increíbles. En ese momento, mi instinto de guionista pudo con todo: la historia era tan poderosa que el oficio me sirvió de escudo emocional para terminar de investigarla y contarla.

"He descubierto que las familias infelices también se parecen mucho; sus conflictos son temas universales".

Manuel Valdivia

— Guionista y autor de 'Querer o no querer'

P.- ¿Por qué hay ese silencio en tantas familias atravesadas por la guerra?

R.- En nuestro caso, principalmente por el estigma de la salud mental. En la época de mis padres, la enfermedad de mi madre se ocultaba por pura vergüenza; temían que, si se sabía que estaba loca, nadie querría casarse con ella. Incluso al mudarse a Madrid, tardaron años en pedir ayuda médica por el miedo al qué dirán. También hubo un mecanismo de protección visceral. De puertas adentro vivía escenas traumáticas, pero al salir al colegio no decía nada. No era solo vergüenza, sino una vía de escape: racionalizaba el silencio para intentar llevar una vida normal y ser feliz a mi manera, huyendo de un drama que, siendo niño, no alcanzaba a comprender.

'Conejillo de indias' en las clases de José López Ibor

P.- Al ser temas tabú, tampoco había referentes para ayudar a comprenderlos.

R.- Exacto. Mi madre fue víctima de la psiquiatría más agresiva del franquismo. Fue paciente de José López Ibor, quien la usaba como conejillo de indias en clases magistrales y la sometía a electroshocks sin preguntarle nunca qué sentía. Solo hubo un oasis a finales de los 60: un psiquiatra pionero en psicoterapia, Pablo Población, la escuchó por primera vez y ella mejoró notablemente.

Lamentablemente, mi padre le prohibió volver por celos y ella regresó al abismo. Localicé a ese doctor hace poco; con 90 años, me tomó la mano y me mostró su técnica, el psicodrama.

Manuel Valdivia.

Manuel Valdivia. / Alba Vigaray

P.- ¿Ha habido alguna intención de reparación posterior por parte de la clínica?

R.- Ninguna. Pedí el historial de mi madre, pero la fundación me dijo que "no existía", algo que no creo; simplemente protegen su legado ante la controversia de sus métodos. Mi madre fue víctima de una psiquiatría deshumanizada: recordaba con llanto las quince sesiones de electroshock y, décadas después, cada vez que pasaba en autobús por Atocha y veía el antiguo hospital, lloraba por el horror del recuerdo.

Teóricamente se "curó" con una lobotomía que la dejó meses infantilizada, con una sonrisa vacía. Pero el daño ya estaba hecho. Ese infierno conformó nuestra identidad como hijos y el libro cierra con la demencia de mi padre, el detonante que desmoronó a nuestra familia.

P.- ¿De qué manera ha afectado a la familia el proceso de documentación y la publicación del libro?

R.- Mi madre colaboró en todo momento; para ella, esas tardes de grabación fueron fundamentales para restaurar nuestra relación tras tres años sin vernos. Mis hermanos también fueron generosos, aunque el proceso fue mucho más difícil: con mi hermana mayor lloramos juntos, pero con una de las pequeñas fue un drama de llantos y huidas en plena calle. Yo sabía que, al investigar, estaba tocando nervios muy sensibles.

Les entregué el libro en Navidades y el silencio inicial fue sepulcral. Les advertí que descubrirían cosas fascinantes de nuestros antepasados, pero también que habría partes que les haría odiarme. No es fácil leer pasajes de tu vida que ni tus propios hijos conocían. Mi hermana mayor finalmente me dio las gracias, pero otro de mis hermanos ni siquiera ha podido abrirlo por miedo emocional. Mis otras dos hermanas han reaccionado de forma muy negativa. Sin embargo, el libro no causó la ruptura; la familia ya estaba rota por bandos y resentimientos antiguos.

P.- ¿Qué sensación tiene cuando termina el manuscrito?

R.- Quizá suene un poco psicópata, pero ponerme la gorra de contador de historias me permitió distanciarme de lo duro de mi vida personal para poder terminarlo. Descubrí que escribir realidad es mucho más difícil que la ficción, pero mi experiencia previa en guiones sobre personajes reales me dio las herramientas necesarias para investigar y estructurar el relato.

Al final, pudo más el orgullo de completar el trabajo. Sentí esa felicidad interna que te da el terminar un guion y ser el único en el mundo que sabe qué ha escrito antes de entregarlo. Al acabar, simplemente dije: "Creo que esta historia está muy bien". Luego queda la incertidumbre de cómo se recibirá.

P.- 600 páginas… y muchos saltos temporales. ¿Por qué elige esa estructura?

R.— Surgió sobre la marcha. Al principio, empecé a describir de modo instintivo las sensaciones que tenía cada vez que iba a entrevistar a mi madre; esos apuntes se convirtieron en un diario de trabajo que me sirvió para mezclar lo contemporáneo con el pasado. En la segunda parte, la realidad me pilló: escribí la novela casi en directo porque iba averiguando cosas mientras lo hacía. Paso de ser un personaje que rememora su infancia a ser alguien que habla en presente, narrando, por ejemplo, cómo descubro que la cuidadora de mi padre —que parecía un ángel— era en realidad un personaje muy siniestro.

"Mi instinto de guionista pudo con todo: la historia era tan poderosa que el oficio me sirvió de escudo emocional"

P.— ¿Cómo se plantea una posible adaptación a la pantalla?

R.— Me han dicho que sería una estupenda miniserie. A mí cada vez me atraen más las historias de realidad, porque me aburre lo mainstream hecho con fórmulas manidas; detecto enseguida la falta de autenticidad. No escribí la novela con ese fin, pero si se adaptara, tendría que repensar cómo contarla por episodios. Probablemente la serie sería distinta al libro, porque la historia sigue viva: el conflicto con mis hermanos no se ha cerrado.

P.- En el libro tiene mucha presencia la idea del trauma intergeneracional.

R.- Sí, porque hemos heredado la tristeza de otros. Es como un efecto dominó: parte de nuestro daño emocional es una herencia acumulada. Pero he procurado que en la historia también haya luz y humor, así lo vivíamos nosotros. Disfrutábamos de las cosas normales con mucha intensidad para compensar; un día en el Parque Sindical era lo más maravilloso del mundo. He intentado evitar los maniqueísmos. Todos somos grises y tenemos matices, incluso los personajes más difíciles. Mi abuela Amparo puede parecer un monstruo por los cuentos de horror que le contaba a mi madre, pero ella misma fue una víctima. He querido presentar esta historia sin juzgar y siendo lo más objetivo posible, aunque sé que el simple hecho de seleccionar qué contar ya implica una mirada personal.

P.- Algunos de esos momentos luminosos tienen lugar en los cines de Usera. ¿Fue allí donde nació su vocación?

R.- Tengo el orgullo de ser de Usera y para mí la calle era un paraíso, pero el verdadero santuario eran los cines del barrio: el Lux, el Niza y, sobre todo, el cine Usera. Me hice amigo del proyeccionista y él me regalaba los fotogramas de celuloide que sobraban de los empalmes. Yo llegaba a casa de mis abuelos y los proyectaba sobre la pared blanca, intentando recrear las historias que acababa de ver.

Mi vocación nació de forma parecida a la de Ingmar Bergman: a él le regalaron un proyector precioso; a mí, uno más rupestre con una manivela. Desde niño, cuando en el colegio me preguntaban qué quería ser, yo decía "director de cine", porque era lo más cercano a mi deseo de contar historias. Con el tiempo, he defendido que en las series quienes deben mandar son los escritores, pero ese impulso nació allí, entre fotogramas regalados.