GASTRONOMÍA
De Loewe a la Puerta de Alcalá: Gabriela Alcorta, la mujer que convierte Berria en uno de los grandes templos del vino en Madrid
El 'wine bar', que celebra su quinto aniversario, destaca por su bodega de más de 3.000 referencias y un equipo liderado por el sumiller Mario Ayllón

Gabriela Alcorta, propietaria de Berria. / Cedida

La empresaria Gabriela Alcorta cambió los escaparates de la moda por una sala frente al Retiro y levantó, junto a su familia y a su pareja Juan Rivero. Cinco años después, Berria celebra aniversario con una bodega de más de 3.000 referencias, un equipo de más de 30 personas y un nombre propio al frente del vino: Mario Ayllón, uno de los sumilleres más reconocidos del país. Hay negocios que nacen con un plan de empresa. Y luego están los que arrancan con intuición, terquedad y una fe casi ciega en que las cosas, si se hacen con gusto, acaban encontrando su lugar. Berria pertenece a esa segunda categoría.

Mario Ayllón, Wine Director de Berria y uno de los sumilleres más reconocidos del panorama nacional, dirige una bodega con más de 3.100 referencias y 120 vinos por copas en pleno corazón de Madrid. / Cedida
Hoy es una dirección consolidada en el circuito gastronómico madrileño, un wine bar de referencia frente a la Puerta de Alcalá y una de esas casas donde siempre parece estar pasando algo alrededor de una copa. Sin embargo, antes de convertirse en ese refugio para aficionados, curiosos y grandes bebedores, fue el salto al vacío de una mujer que venía de otro mundo: el de la moda, los escaparates y la estética entendida hasta el último detalle. Y es que detrás de Berria no hay un apellido clásico de la hostelería ni una saga de restauradores, sino, una historia menos habitual y bastante más interesante: la de Gabriela Alcorta, una exescaparatista de Loewe que pasó de vestir tiendas a dar forma a un proyecto familiar con alma de gran casa del vino.
El recorrido de Alcorta no responde a un guion previsible. Nacida en Vitoria, con formación en decoración y una inclinación evidente hacia lo artístico, su carrera arrancó lejos del glamour gastronómico. Ella misma resume aquellos comienzos con una mezcla de humor y memoria: pasó por trabajos de todo tipo antes de encontrar su sitio en la moda. Y allí estuvo 16 años en Loewe, aprendiendo una forma de entender el detalle, la puesta en escena y el trato al cliente que hoy sigue latiendo en cada rincón de Berria.

Gabriela Alcorta, fundadora de Berria. / Cedida
No dejó de pintar nunca. De hecho, esa pulsión creativa sigue colándose en el restaurante: en dibujos, montajes, guiños visuales y pequeños gestos con los que personaliza eventos y experiencias. En su caso, el salto de la moda a la hostelería no fue una ruptura, sino una continuidad. Cambió el soporte, pero no la mirada.
En Berria esa herencia se nota. Está en la luz, en la calidez del comedor, en la forma en que la cava se integra en el espacio, en la terraza pensada para mirar de frente a Madrid y con elegancia.
Un proyecto familiar en una de las esquinas más codiciadas de Madrid
Abrir un negocio de estas dimensiones en Plaza de la Independencia, 6, a las puertas del Paisaje de la Luz, no era precisamente la opción más prudente. Menos aún para una familia ajena a la hostelería profesional. Pero esa es, seguramente, una de las claves de Berria: nació sin los vicios del sector y con una idea muy clara de lo que quería ser. "La ambición no era montar un restaurante al uso, sino crear un lugar de referencia para el vino", sostiene Alcorta a El Periódico de España. Uno que tuviera mirada internacional, que sirviera para descubrir etiquetas tanto grandes como pequeñas, y que funcionara también como punto de encuentro para la gente del sector. Hace cinco años, cuando Madrid aún no había explotado del todo su fiebre por los wine bars, Berria se adelantó al fenómeno.

Berria, uno de los grandes templos del vino en Madrid. / Cedida
Lo hizo, además, en el peor contexto imaginable. La apertura coincidió con una época convulsa, con el país aún sacudido por las consecuencias de la pandemia y con un mercado desordenado en el que bodegas, distribuidores y proyectos buscaban oxígeno donde fuera. Mientras se hacía la obra, entraban decenas de bodegas ofreciendo vinos. Lo que para otros habría sido un ruido imposible de ordenar, aquí terminó convirtiéndose en una oportunidad.
El vino antes de que Madrid se enamorara del vino
En sus primeros pasos, Berria tuvo algo de pionero. Hoy puede parecer natural encontrar cartas afinadas, referencias singulares y equipos de sala cada vez más formados en vino. Pero no era tan habitual hace un lustro. Entonces, el consumidor madrileño seguía moviéndose en coordenadas más previsibles y entender el vino desde la curiosidad, y no solo desde la etiqueta conocida, costaba más. Berria quiso ensanchar ese mapa desde el principio.

Berria, en la Plaza de la Independencia, ha convertido su espacio en un destino para amantes del vino y la gastronomía, con una cava única y vistas privilegiadas al Paisaje de la Luz. / Cedida
Apostó por pequeños productores, por bodegas menos obvias, por rarezas y por una manera de recomendar más abierta y menos solemne. No se trataba de impresionar, sino de "invitar a beber mejor", detalla. Hoy ese discurso se sostiene con cifras poco comunes: más de 3.100 referencias en bodega y 120 vinos por copas, además de más de 7.300 referencias que han pasado por carta en estos cinco años, con vinos de 28 países y 198 varietales distintos.
Mario Ayllón, de no distinguir una tempranillo a dirigir una de las grandes bodegas de Madrid
Si Gabriela Alcorta pone el alma estética y fundacional, Mario Ayllón representa el músculo vinícola de Berria. Su historia, como la del propio local, también tiene algo de improbable. Hoy es uno de los nombres más reconocidos de la sumillería española. En 2023 fue distinguido como Mejor Sumiller de Galicia y ejerce como Wine Director de la casa, al frente de una colección que figura entre las más ambiciosas de Madrid. Pero hubo un tiempo en que apenas sabía qué era un tempranillo, recuerda entre risas al evocar sus inicios.
Esa distancia entre el principiante y el profesional afilado que es hoy da la medida de su recorrido. Ayllón ha construido una trayectoria sólida, guiada por la curiosidad, el estudio y una forma muy natural de traducir la complejidad del vino para que el cliente no se sienta expulsado, sino invitado a entrar. En su manera de recomendar no hay exhibicionismo: hay relato, contexto y cercanía.

Mario Ayllón, al frente de la dirección de vinos de Berria, ha convertido la sumillería en una de las grandes señas de identidad de esta casa madrileña. / Cedida
Y también memoria. De ahí la frase que resume bien su trayectoria: "Pepe Solla me enseñó a abrir las botellas de espumoso", explica. Una confesión sencilla que, en boca de uno de los mejores sumilleres del país, vale tanto como una declaración de principios: en el vino, incluso cuando se llega alto, casi todo empieza desde abajo.
Una sala que también es escuela
Berria no solo ha levantado una gran bodega. También ha construido un equipo. Hoy suma 32 personas entre sala y cocina, y buena parte de su identidad se juega ahí. Gabriela Alcorta insiste en esa idea con frecuencia: más que un negocio, "quería crear una familia y una escuela". Ese cuidado por la sala y por la experiencia se ha traducido también en reconocimientos, como el Premio Lito al mejor servicio 2024 en la zona de Puerta de Alcalá, un galardón que refuerza la importancia que la casa concede al trato, la atención y el oficio.
La frase no suena hueca cuando se observa cómo funciona el proyecto. Hay formación interna, perfiles que crecen dentro de la casa y una voluntad clara de profesionalizar la sala sin perder calidez. En tiempos de rotación feroz y escasez de personal en hostelería, esa apuesta tiene un mérito añadido. Y se sostiene, además, sobre una bodega que alimenta ese llamado escaparate de la fama, donde conviven etiquetas codiciadas y botellas que despiertan la curiosidad de cualquier aficionado, desde referencias como Plénitude 3 hasta añadas de riesling de 2003 y 2005. Entre las joyas más exclusivas destaca también una de las botellas más costosas de la casa: La Tâche 2001.

El interior de Berria, frente a la Puerta de Alcalá, combina elegancia serena, vocación vinícola y una de las bodegas más ambiciosas de Madrid. / Cedida
No es casual que Berria haya conseguido convertirse, además de en restaurante, en lugar de encuentro para sumilleres, bodegueros y aficionados. Aquí se viene a comer y a beber, sí, pero también a conversar, descubrir y dejarse llevar por un equipo que maneja el vino con rigor y sin rigidez.
El quinto aniversario de Berria no es solo una cifra redonda. Es la confirmación de que aquel proyecto familiar, levantado sin tradición hostelera previa y con una mezcla de atrevimiento y sensibilidad, ha encontrado su sitio en Madrid.
Para celebrarlo, el restaurante ha lanzado un menú aniversario con algunos de los grandes éxitos de la casa y un maridaje compuesto por los vinos más vendidos de este lustro. Hay platos que resumen bien el espíritu del lugar: la patata chip con anchoa y velo ibérico, las croquetas de jamón ibérico, las albóndigas en salsa de cocido madrileño o el pepito de solomillo en versión katsu sando. Cocina reconocible, apetecible y pensada para acompañar el vino sin quedar sepultada por él.
Porque esa es otra de las virtudes de Berria: haber entendido que un gran wine bar no se sostiene solo sobre la botella. "Necesita también una cocina con pulso, una sala afinada y un entorno que invite a quedarse", añade Alcorta.

El menú aniversario de Berria reúne algunos de los platos más emblemáticos de la casa y un recorrido por los vinos más vendidos de sus últimos cinco años. / Cedida
El lujo (y la suerte) de saber quién eres
En una ciudad como Madrid, donde a menudo prima el efecto inmediato, Berria ha preferido construir algo más sólido: una personalidad propia. No ha querido convertirse en un lugar solo para expertos ni en una colección de grandes etiquetas sin relato detrás. Su apuesta ha sido otra: que "cualquiera pueda entrar, pedir una copa, comer bien y sentirse cómodo".
Ahí es donde la figura de Gabriela Alcorta resulta clave. Su paso por el mundo de la moda se percibe en el cuidado del espacio, en la atención al detalle y en una forma muy concreta de entender la experiencia del cliente. Pero, sobre todo, se nota en su intuición para crear un sitio con carácter sin perder cercanía. Supo trasladar esa mirada estética a la hostelería y convertirla en una forma de recibir.
Cinco años después, Berria sigue celebrando el vino, pero también algo más raro: la posibilidad de reinventarse a tiempo. De dejar una vida hecha para empezar otra. De cambiar el escaparate por la sala, el lujo por la hospitalidad y la moda por una copa bien servida frente a la Puerta de Alcalá.
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