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HISTORIA

El desconocido cuadro del Prado que valía más que un Goya y cayó en desgracia por su mensaje político: "Pasó de estar en la cúspide a ser expulsado"

'El año del hambre en Madrid', de José Aparicio, acaparó en su día todas las miradas en el museo, donde llegó a eclipsar a Francisco de Goya y José de Madrazo: podrá verse en la sala 66 del edificio Villanueva hasta el 13 de septiembre

'El año del hambre de Madrid' (1818), de José Aparicio.

'El año del hambre de Madrid' (1818), de José Aparicio. / ALBERTO OTERO HERRANZ

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

Hubo un tiempo en que El año del hambre en Madrid no era una rareza académica, sino una imagen de poder. Una escena que, por su capacidad para condensar tragedia, patriotismo, propaganda y memoria en un golpe de vista, se convirtió en un emblema nacional. Sin embargo, cayó en desgracia. Y su popularidad se transformó en indiferencia. Ha estado circulando por pasillos y salas hasta que, hoy, tras un largo proceso de restauración, el Museo del Prado lo ha reivindicado. "Queremos llamar la atención sobre piezas cuyo pasado merece ser contado", ha subrayado Miguel Falomir, su director. El cuadro que José Aparicio pintó en 1818 inaugura Una obra, una historia, un programa diseñado para reflexionar sobre el arte que ha pasado inadvertido.

La exposición, abierta en la sala 66 del edificio Villanueva hasta el 13 de septiembre, no propone una simple recuperación patrimonial. Quiere que el público redescubra una pintura que fue célebre hasta el exceso y que después quedó arrinconada por la política. Pintado en 1818, El año del hambre en Madrid se inspira en la hambruna que sufrió la capital durante la Guerra de la Independencia, entre 1811 y 1812. La escena se sitúa bajo unos soportales próximos a la Plaza Mayor. En ella, unos soldados franceses ofrecen pan a un grupo de madrileños exhaustos. Ellos lo rechazan. El gesto, brutal en su sencillez, ojo, transforma la necesidad fisiológica en una declaración política: antes morir de hambre que aceptar alimento del invasor.

MADRID, 27/04/2026.-El Museo del Prado presenta en rueda de prensa El año del hambre de Madrid (1818), de José Aparicio, una pintura que pasó de ser un fenómeno popular y emblema del arte oficial en la España del siglo XIX, a convertirse en una mera anécdota local. Conocido en su tiempo como “El cuadro del hambre”, el lienzo alcanzó una notoriedad que desbordó el ámbito artístico durante el reinado de Fernando VII, protagonizando polémicas estéticas y políticas, como una de las piezas centrales del Museo del Prado desde su inauguración en 1819, donde llegó a eclipsar a las figuras de Francisco de Goya y José de Madrazo.-EFE/ Daniel González

'El año del hambre en Madrid', situado en la sala 66 del edificio Villanueva. / EFE

"Desde el principio, tuve claro que ésta debía ser la primera obra del proyecto. Nos habla de la fama y los vaivenes que sufrió por parte de la crítica. Pasó de estar en la cúspide a ser expulsada del Museo del Prado", ha continuado Falomir. Aparicio reflejó este episodio con los códigos solemnes de la gran pintura de historia. Nada queda abandonado al azar: las figuras se organizan con severidad clásica y los cuerpos poseen una dignidad casi escultórica. En el centro, un anciano sentado funciona como eje ético de la composición. No solo mira: interpela. Parece preguntar al espectador qué haría ante ese pan, ante esa miseria, ante esa fidelidad llevada al límite. Ahora bien, el cuadro no habla solo del hambre. También lo hace del poder. La inscripción Nada sin Fernando convierte la escena en un manifiesto absolutista. La miseria de Madrid se vuelve argumento de legitimación para Fernando VII y el sufrimiento colectivo queda absorbido por una pedagogía política de la obediencia. Por ello, la pintura fue tan eficaz en su tiempo. No era únicamente una imagen conmovedora: era una maquinaria simbólica perfectamente engrasada.

Recreación del 'salón tercero' del Museo del Prado en 1819.

Recreación del 'salón tercero' del Museo del Prado en 1819. / CEDIDA

Cuando el Prado abrió sus puertas en 1819, la obra ocupó un lugar de privilegio. Fue admirada, comentada, reproducida en estampas, celebrada por la prensa e incluso incorporada al imaginario popular. "Fue una de las grandes protagonistas junto a La muerte de Viriato, de José de Madrazo. Estaban expuestos en la sala central", ha comentado Carlos G. Navarro, uno de los comisarios junto a Celia Guilarte. Durante décadas, el llamado cuadro del hambre fue una de las grandes imágenes de la pinacoteca, por encima de piezas que hoy consideramos intocables. "Estaba valorado en 60.000 reales, por encima de los 8.000 de Francisco de Goya", ha añadido Guilarte. Su celebridad, sin embargo, contenía ya el germen de su caída. Fue una imagen que, con el cambio de moral, empezó a incomodar.

No maquillar la incomodidad

Ese desplazamiento llegó con fuerza tras la Revolución liberal de 1868 y la posterior reorganización de las colecciones del Prado. La España que había venerado la obediencia heroica comenzó a buscar otros relatos. Y ahí apareció Goya, no como sombra sino como terremoto. Frente al heroísmo inmóvil y neoclásico de Aparicio, el autor de las Pinturas negras ofrecía cuerpos rotos, violencia sin consuelo, verdad descarnada. Sus Desastres de la guerra no convertían el dolor en monumento: lo dejaban sangrar. La historia del arte español cambió de tono y con ella cambió también el lugar de Aparicio. "Estuvo incluso en los pasillos del Senado. Desde finales del siglo XIX, se tomó como un ejemplo de cuadro malo que gustaba a la masa por su éxito popular. Poco a poco, fue convirtiéndose en una caricatura de la época", ha explicado Navarro.

La exposición del Prado resulta atractiva, precisamente, por no intentar maquillar esa incomodidad. Al contrario: la exhibe. El regreso de El año del hambre en Madrid no pretende devolverle una gloria perdida, sino restituirlo. La obra vuelve restaurada, más legible y estable, pero no pacificada. Ha resucitado con sus contradicciones: la memoria de una catástrofe real, la retórica de una propaganda monárquica, el fulgor de una fama antigua y el silencio posterior de un canon que decidió mirar hacia otra parte. "El cuadro sigue siendo el mismo, pero la distancia física que mantenemos con él ha cambiado", ha concluido Falomir. Aparicio, quizá, no vuelva a ocupar el lugar que tuvo en el Prado de Fernando VII. Lo interesante es que su cuadro, durante tanto tiempo relegado, regresa para recordar que el gusto no es inocente y que la historia del arte está hecha tanto de consagraciones como de sospechas. A veces, una pintura olvidada dice más sobre un museo que sus obras maestras más célebres.