OCIO
Pintura, charla y vino como refugio ante el ruido mental: "No puedes estar pensando en pagar la hipoteca cuando estás pintando"
Acudir a una clase de pintura y mezclarlo con un rato de charla y vino se ha convertido en una terapia física y mental para olvidar por un rato los problemas cotidianos

Cristina Andrade
Para muchas personas la pintura y el arte son mucho más que una afición: son un refugio donde pueden olvidar durante un rato sus preocupaciones y transmitir a través del lienzo lo que con palabras no son capaces de decir. Una terapia que ayuda tanto crear espacios seguros en los que conectar hacia dentro, como lugares para crear vínculos con otros desde una experiencia compartida.
A día de hoy, en Madrid, cada vez proliferan más talleres que mezclan aprendizaje artístico con conversación, música, café o una copa de vino y, el resultado va mucho más allá de una actividad de ocio. Uno de ellos es Divinoarte, que se imparte dentro de Taller Catorce, un estudio multifuncional, situado en Pueblo Nuevo (Madrid), que cuenta con diferentes áreas: cerámica, creación de lámparas, pintura, cocina, escultura o grabado”. “Taller Catorce es todo y DivinoArte es mi espacio”, aclara Diana Marfil, madrileña de adopción, artista y profesora impulsora de este proyecto.
Marfil explica a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA que la mayoría de sus alumnos llegan con la idea de aprender a dibujar y ella va guiando su proceso de manera individual: “Primero enseño a encajar, a dibujar lo que es la base, y luego me gusta pasar por todas las técnicas para que cada uno elija la que le gusta. Empezamos por acuarela, que es de las más complicadas, luego pasamos a pastel, carboncillo, acrílico, óleo… vamos cambiando de técnicas”. En definitiva, aclara, “tú vienes y haces lo que quieres dentro de tu proyección, de lo que tú quieras aprender y ver”.

Dibujos hechos por los alumnos durante la sesión / Cristina Andrade
A su juicio, el arte aporta “todo” a nivel social porque obliga a la mente a concentrarse en otra cosa: “La gente viene a este espacio y se olvida por un rato de todo. Está concentrada intentando hacer algo que no ha hecho nunca, sale de su zona de confort y prueba”. Escuchar las explicaciones, mezclar colores, decidir qué poner primero en el lienzo o cómo construir un dibujo tiene un efecto inmediato sobre el pensamiento repetitivo. “No puedes estar pensando ‘no pago la hipoteca’ cuando tienes que pintar; eso se queda en la puerta y de repente te introduces en otro mundo”, afirma.
Ese cambio de foco es para muchas personas una forma de alivio. La creadora de Divinoarte asegura que en sus grupos hay alumnos con cáncer y otros problemas de salud o personales que encuentran en esas horas “un balón de oxígeno” para seguir con el día a día. “Cuando están concentrados en lo que yo les digo, les puede salir o no, pero les viene bien. La gente es muy agradecida porque siente relajación mental, siente un placer de evasión y es un ambiente que te invita a desconectar de tu vida”, explica.

Diana, profesora y artista, enseñando la técnica de la aguada durante la sesión / Cristina Andrade
Un claro ejemplo es Ángeles, que lleva muchos años viviendo en Madrid y padece fibromialgia. Precisamente hace un año y medio que empezó a acudir a este tipo de encuentros porque, asegura, “la pintura te evade”. Para ella, pintar se ha convertido en una de las pocas cosas capaces de mantenerla concentrada y, sobre todo, para olvidar su dolor durante un rato. “Me sirve como terapia porque entras en un mundo que te aísla del resto y de tus propios pensamientos, y te permite salir del bucle de tus preocupaciones. No es solo una terapia a nivel físico, sino también mental”, explica.
Su enfermedad, cuenta, se agrava en los “momentos de tensión”, por lo que esos ratos de concentración le proporcionan una tranquilidad difícil de encontrar en otros ámbitos de su vida. “No siento nada cuando pinto, que es lo mejor que me puede pasar, estar en blanco un rato y sentir esa sensación de paréntesis”, relata.
Intercambio social
Por sus clases pasa todo tipo de gente: joven, mayor, personas con experiencia y otras que parten de cero que “vienen a aprender diferentes técnicas, pero también a socializar, porque al final, aunque no lo parezca, a la gente le encanta estar rodeada de otra gente”, señala la artista. Por eso, en su taller Diana Marfil cuida también ese tiempo de descanso y conversación: por las mañanas ofrecen té, café y pastas; por la tarde, café, cerveza, vino y un aperitivo. Y es que, para ella, esta mezcla entre la pintura y el disfrute no es un añadido sino una parte fundamental de la experiencia.

Paleta de colores utilizada en la sesión de Divinoarte / Cristina Andrade
Pero en estas clases no solo se busca el silencio interior sino la interacción social y ese intercambio se hace todavía más evidente en las sesiones que mezclan pintura y vino. “Hay una parte de la sesión en la que todos empezamos con nuestros miedos, con nuestras historias, y luego pasamos al momento de secado de la pintura y todo el mundo se va fuera, se toma un vino y empieza a socializar. De buenas a primeras, lo que hay en la habitación fluye de otra manera”, detalla. Aunque reconoce que el alcohol puede ayudar a soltar tensiones, subraya que no es imprescindible: “Hay gente que no bebe nada de alcohol y se sigue sintiendo bastante integrada”.
En su opinión, pintar en grupo permite “observar cómo trabajan los demás, aprender de otras formas de hacer y rebajar la obsesión por la perfección”. “De buenas a primeras piensas que lo estás haciendo bien, y miras al lado y piensas: me gusta más esto. Entonces lo que haces es aprender y ver de lo que eres capaz. No significa que lo tuyo sea peor, sino que has aprendido algo nuevo y otra forma de hacer una cosa que no pensabas hacer”.

En el descanso de la clase, los asistentes disfrutan de un apertivo y charlan entre ellos para conocerse mejor. / Cristina Andrade
Y lejos de la presión por hacerlo bien, la profesora insiste en que no busca formar únicamente a grandes artistas. “Aquí puede venir todo el mundo. Si a ti te viene bien tener dos horas de tu vida a la semana para evadirte y te da fuerzas, eso es lo que quiero que hagas”, sostiene. “Quiero que la gente venga aquí a pasarlo bien, a estar a gusto, a sentir un pequeño refugio para desconectar”.
De hecho, para Toñi y Marco, nacidos en Madrid, es la primera vez que deciden acudir a un taller como este. “En un primer momento pensé que iba a ser muy complicado porque nunca he dibujado, y sin embargo, a la hora de plasmarlo en el lienzo y coger los pinceles ves como que todo va fluyendo”, declara Toñi. Enfrentarse a un papel en blanco es difícil pero reconocen que “ha molado” porque en palabras de Marco, durante la sesión “evolucionas tú y lo haces a tu ritmo”.
El tiempo pasa muy rápido “porque estás en tu mundo y cuando te desinhibes un poco de lo que tienes que hacer va fluyendo”. Cuentan que al principio todo el mundo llega con muchas expectativas pero que a partir del momento de descanso, en el que toman algo y se conocen todos, el ambiente cambia: “Anima mucho y lo hace más ameno, además, conoces a otras personas y la segunda parte de la sesión es más llevadera”. Tienen claro que volverán a venir y que es una actividad que une y ayuda a que todo el mundo pueda sentirse parte de algo.
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