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SEMANA DE LA MODA

De una máquina de coser Ikea a la 080 Barcelona Fashion: el madrileño Roberto Montes presenta Bibencia, la marca que ya visten Lola Índigo y Laura Escanes

El diseñador afincado en Valencia llega a la pasarela catalana con 'Penélope', una colección sobre la buena suerte que no cae del cielo, sino que se trabaja. Antes hubo depresión, noches de drag, costuras intuitivas y una marca nacida de una carta de su abuela

Roberto Montes, en su atelier en el barrio de San Isidre de Valencia, cuartel general de Bibencia.

Roberto Montes, en su atelier en el barrio de San Isidre de Valencia, cuartel general de Bibencia. / ANGELITO ROBAINA

Laura Estirado

Laura Estirado

Barcelona

Roberto Montes (Madrid, 1992) no salió de una escuela de moda ni aprendió patronaje en un taller familiar. Antes de levantar Bibencia, la firma con la que debuta este jueves en la 080 Barcelona Fashion, estudió Trabajo Social, trabajó de ello y atravesó una depresión que le obligó a rehacer su vida desde cero en Valencia. Allí, casi por intuición y con una máquina de coser de Ikea de 60 euros que desesperaba a los vecinos por el ruido que hacía, empezó a construir una marca que hoy ya han vestido Lola Índigo, Laura Escanes, Anabel Pantoja y Alana, La Hija del Jeque.

Detrás de la corsetería, la pluma, el cristal y esa feminidad dramática y pluscuam romántica que define a Bibencia hay bastante biografía. Montes no creció entre telas ni tenía a nadie en casa dedicado a esto. "En mi casa, en la vida he visto una máquina de coser. Recuerdo a mi abuela hacerme disfraces con imperdibles", cuenta. Lo suyo fue intuición, ansiedad y mucho ensayo y error.

A los 18 años hizo lo que hacen tantos chavales de familias humildes: estudiar algo que, en teoría, le garantizara trabajo. Eligió Trabajo Social, terminó la carrera y ejerció varios años. Pero aquella vida correcta no era la suya. "Me di cuenta de que algo no iba bien, que no funcionaba, que había una depresión muy gorda". La salida fue dejar Madrid y marcharse a Valencia para empezar de nuevo.

Anabel Pantoja, Lola Índigo y La Hija del Jeque, vestidas de Bibencia.

Anabel Pantoja, Lola Índigo y La Hija del Jeque, vestidas de Bibencia. / INSTAGRAM / BIBENCIA

Terapia costurera

La costura apareció casi como terapia. Su psicóloga le insistía en buscar un hobby, algo que le despejara la cabeza. También ayudó otro capítulo menos obvio de su historia: durante un tiempo trabajó en la noche haciendo de drag, un mundo donde el vestuario importa tanto como el personaje y casi nada sale barato. Cuando no se lo daban hecho, se lo apañaba él mismo.

Aprendió como pudo. Nada de academia ni patronaje clásico. Compraba ropa, la cortaba, la colocaba encima de la tela y repetía las formas. "Si por aquí va la costura, por aquí tiene que ir la mía", recuerda. La práctica llegó con una máquina de coser de Ikea de 60 euros, barata, ruidosa y ya casi mítica en su relato. "Cuando la ponías, literalmente los vecinos llamaban al timbre". Lo dice con cariño porque, por primera vez en mucho tiempo, hacer algo le ilusionaba.

Montes aprendió a coser con un máquina que compró en Ikea.

Montes aprendió a coser con un máquina que compró en Ikea. / ANGELITO ROBAINA

Cómo no, el giro de guion lo trajo la pandemia. Encerrado, solo en casa, sin ingresos y con la sensación de que podía volver a hundirse, un amigo le mandó materiales para coser después de una conversación cualquiera. Al día siguiente tenía en el felpudo plumas, agujas y pequeños salvavidas. Con eso hizo un top. Luego otro. Uno de ellos terminó en una revista valenciana. "¿Algo que he hecho yo va a salir en una revista? ¡Qué fuerte!". Ahí empezó a pensar que aquello podía ser algo más que un refugio.

La marca llegó después, empujada también por Néstor, su pareja y compañero de proyecto, que lleva la gestión y esa parte menos romántica y totalmente imprescindible para que una firma salga adelante: las cuentas, las redes... Roberto diseña y cose. Néstor ordena y mueve. "Yo soy la cabeza y él es la voz", resume.

Varias propuestas de la colección anterior de Bibenci, 'Colette'.

Varias propuestas de la colección anterior de Bibenci, 'Colette'. / JORDI TERRY

"Mi marca; mi escondite"

No quiso ponerle su nombre a la marca. "Mi marca era como mi escondite". Bibencia le permitía hablar sin exponerse del todo. El nombre salió de una carta de su abuela, que escribió "vivencia" con 'b' porque no entendía por qué existían dos letras que sonaran igual. Aquella frase hablaba de que "las vivencias eran el camino". Y ahí estaba todo: el error, la memoria y el homenaje.

Ahora debuta en la 080 Barcelona Fashion con 'Penélope", una colección inspirada en la esposa de Ulises y convertida aquí en símbolo de la disciplina, la constancia y la buena suerte trabajada. No la que cae del cielo, sino la que se persigue. La propuesta mantiene los códigos de la casa: corsetería, lazos, rosa pastel, azul claro, blanco, negro y burdeos para hablar, en realidad, de esfuerzo, deseo y perseverancia. "La verdadera buena suerte surge cuando el deseo de ser feliz se encuentra con la valentía de no rendirse nunca", comenta.

En apenas tres años, Bibencia ha pasado de aquella habitación con la máquina imposible de Ikea a vestir a nombres conocidos y colarse en alfombras rojas. El caso de Anabel Pantoja le hace especial ilusión porque no fue una cesión al uso, sino un encargo real. También Alana, la hija del jeque, ha confiado en sus diseños en varias ocasiones. Ahí Montes distingue bien entre una colaboración que suma y otra que solo consume recursos.

Roberto Montes, alma de Bibencia.

Roberto Montes, alma de Bibencia. / ANGELITO ROBAINA

Visibilidad y mucho trabajo

Porque conoce la trastienda del escaparate. Sabe que muchas firmas pequeñas prestan prendas a 'influencers', estilistas o rostros conocidos con la esperanza de ganar visibilidad, aunque muchas veces esa exposición no compense el trabajo ni el coste de producción. "La visibilidad es muy buena, sí, pero de visibilidad no come nadie", lamenta.

Montes compagina Bibencia con otro trabajo y no romantiza nada: "tengo una jornada partida en una papelería de una universidad de Valencia". La épica del diseñador emergente no paga facturas. Por eso celebra cada clienta, cada encargo a medida y cada vestido 'prêt-à-porter' vendido. También cuando una famosa elige su ropa. Pero incluso ahí pone el foco en otro lugar: "Para mí es una satisfacción personal, señal de que algo estoy haciendo bien".

Sigue considerándose emergente, quizá por pudor, quizá por ese síndrome del impostor que arrastra desde que llegó a la moda sin estudios, sin padrinos y sin invitación previa. Pero ya ha encontrado algo que se parece mucho a una voz propia. Una que empezó con una depresión, siguió con una máquina de Ikea y esta semana se sube a la pasarela de la 080 Barcelona Fashion.