EDUCACIÓN
La inteligencia artificial avanza en la educación madrileña entre brecha, privacidad y falta de normas
Ante la falta de una estrategia clara, la AEPD insiste en la necesidad de evaluaciones de impacto y el principio de privacidad para proteger los datos de los menores en el uso de la IA

Alumnado en un instituto el curso pasado. / ELISENDA PONS

La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa futura para convertirse en una herramienta cotidiana en muchos centros educativos. En Madrid, como en el resto de España, cada vez más docentes recurren a ella para resumir contenidos, preparar actividades o adaptar materiales. Sin embargo, esa entrada en la rutina escolar no ha venido acompañada, al mismo ritmo, de una estrategia institucional clara. La tecnología avanza más deprisa que las normas, la formación y la gobernanza.
La IA ya está dentro de las aulas madrileñas, pero todavía no se ha asentado del todo en su marco normativo, pedagógico ni ético. Ha entrado primero por la práctica y después, quizá más tarde de lo deseable, tendrá que hacerlo por la estrategia. El reto ya no es decidir si la escuela convivirá con ella, sino cómo hacerlo sin improvisación, sin desigualdades y sin poner en riesgo aquello que debería proteger por encima de todo: el aprendizaje y los datos de los menores.
Para entender qué está ocurriendo realmente en las aulas, conversamos con Francisco Alberto Robles Quiñones, director de la unidad de Data e Inteligencia Artificial de Logicalis en España, integrador tecnológico con más de 30 años de experiencia en el mercado español, especializado en diseñar e implementar soluciones que impulsan la innovación, la eficiencia operativa y la seguridad digital en las organizaciones.

Francisco Alberto Robles Quiñones, director de la unidad de data e inteligencia artificial de Logicalis. / Cedida
¿Qué está pasando realmente con la IA en las aulas de Madrid?
La inteligencia artificial ya ha entrado en la rutina de muchos docentes, pero lo ha hecho de forma desigual y, sobre todo, más rápida que su institucionalización. No estamos ante un despliegue planificado, sino más bien ante una adopción espontánea impulsada por la curiosidad y la necesidad. Según TALIS 2024, el 35 % de los profesores españoles ha utilizado IA en su trabajo, principalmente para resumir contenidos o generar actividades. Es decir, la tecnología ya está en el aula, aunque todavía no esté del todo integrada en el sistema.
¿Va por delante el uso cotidiano respecto a la regulación de los centros?
Sí, claramente. El uso individual por parte del profesorado está avanzando mucho más rápido que la definición de políticas comunes. Esto genera una situación algo desordenada, donde cada docente experimenta por su cuenta. Solo el 38 % del profesorado de la OCDE ha recibido formación reciente en IA, y estudios muestran que menos de la mitad de los centros europeos dispone de normas claras. En la práctica, la regulación va varios pasos por detrás del uso real.
¿Para qué la usan hoy los docentes?
Principalmente como herramienta de apoyo en la preparación de clases. La utilizan para generar materiales, diseñar actividades, adaptar contenidos o resumir información compleja, mientras que su aplicación en evaluación sigue siendo limitada. Esto indica que la IA se percibe más como un asistente para ganar eficiencia que como un elemento central del proceso educativo.
¿Hay una política clara en los centros o cada profesor actúa por su cuenta?
En la mayoría de los casos, predomina la práctica individual. Muchos centros aún no han definido un marco homogéneo, lo que deja margen a la improvisación. Esto no solo genera desigualdades en el uso, sino también cierta inseguridad entre los propios docentes. El informe Ipsos-Vodafone apunta que solo el 44 % de los alumnos cree que sus profesores están capacitados en IA, lo que refleja la falta de una estrategia clara y compartida.
¿Qué distancia hay entre la innovación anunciada y la realidad diaria?
Es una distancia notable. A nivel institucional y mediático se habla de transformación educativa, pero en el día a día lo que vemos es una adopción fragmentada, con muchas dudas todavía por resolver. Especialmente en aspectos como la privacidad, la fiabilidad de las herramientas o su impacto pedagógico real. Falta una gobernanza clara que conecte ese discurso innovador con la realidad de las aulas.

Un instituto que utiliza pizarras digitales y de tiza. / Héctor Fuentes
¿Se está formando al profesorado con criterio pedagógico y seguridad?
De forma parcial, pero insuficiente. Aunque hay iniciativas de formación, el porcentaje sigue siendo bajo: solo el 38% del profesorado de la OCDE reporta haber recibido formación reciente. Además, muchas veces esa formación se centra en el uso técnico y no tanto en el enfoque pedagógico o en la seguridad. La clave no es solo saber usar la IA, sino saber cuándo y cómo hacerlo de forma responsable.
¿Qué riesgos hay si la adopción avanza sin estrategia institucional?
El principal riesgo es que se produzca un uso descontrolado, especialmente en lo que respecta a datos de menores. Esto puede implicar problemas de privacidad, incumplimientos del RGPD o la incorporación de sesgos en los contenidos. La AEPD insiste en la necesidad de realizar evaluaciones de impacto y aplicar el principio de privacidad desde el diseño. Sin una estrategia clara, estos riesgos aumentan significativamente.
¿Están preparados los centros para proteger datos de menores?
En general, todavía no del todo. Proteger datos de menores requiere medidas específicas, como evaluaciones de impacto, revisión de contratos con proveedores y una gestión estricta de los datos. Sin embargo, en la práctica muchas veces se utilizan herramientas generalistas sin ese nivel de control. Eso demuestra que aún queda mucho recorrido en materia de protección y cumplimiento normativo.
¿Cómo está cambiando la IA la enseñanza, los trabajos y la evaluación?
La IA está cambiando sobre todo la forma en que los docentes preparan sus clases y gestionan el tiempo. Permite generar contenidos más rápidamente y adaptarlos a distintos perfiles de alumnos. Sin embargo, en la evaluación su uso sigue siendo limitado, ya que plantea dudas sobre fiabilidad y equidad. TALIS confirma que, por ahora, se utiliza más como apoyo logístico que como herramienta de calificación.
¿Dónde está la línea entre apoyo y atajo que sustituye el aprendizaje?
La línea está en el uso que se haga de la herramienta. La IA es un apoyo cuando el docente la integra con criterio y supervisión, utilizándola para enriquecer el aprendizaje. Pero se convierte en un atajo cuando el alumno delega completamente en ella y deja de procesar la información. La clave no es la tecnología en sí, sino el enfoque pedagógico con el que se utiliza.
¿Qué oportunidades ofrece para personalizar y atender a la diversidad?
Ofrece un potencial muy relevante. La IA permite adaptar contenidos a distintos ritmos, niveles y estilos de aprendizaje, algo especialmente útil en aulas diversas. También puede ayudar a liberar tiempo del docente para centrarse en el acompañamiento más individualizado. Ahora bien, ese potencial solo se materializa si existe supervisión humana y un uso bien definido.

Un instituto que utiliza pizarras digitales y de tiza. / Héctor Fuentes
¿Puede ampliar la brecha entre centros con más y menos recursos?
Sí, es un riesgo claro. Informes como el de Vodafone alertan de un “AI skills gap” que puede acentuar las desigualdades entre centros. Aquellos con más recursos y formación podrán aprovechar mejor estas herramientas, mientras que otros pueden quedarse atrás. Sin políticas de equidad e inversión, la IA puede convertirse en un factor de brecha en lugar de inclusión.
¿Qué opinan los alumnos?
Los alumnos perciben la IA como una herramienta útil y con gran impacto en su futuro, pero también muestran carencias en su uso. El 74% la considera clave, pero solo el 46% cree que la escuela les está preparando adecuadamente. Hay interés, aceptación y familiaridad, sí, pero también una sensación clara de falta de acompañamiento.
¿Se está informando lo suficiente a las familias?
No lo suficiente. La adopción de la IA en los centros está siendo más rápida que la comunicación con las familias. Sin embargo, la transparencia es fundamental, especialmente cuando se trata de datos de menores. Tanto la AEPD como los organismos europeos insisten en la necesidad de informar con claridad sobre qué herramientas se utilizan y con qué finalidad.
¿Qué debería hacerse ya para que la entrada de la IA en la educación sea útil, segura y equitativa?
Es necesario actuar en varios frentes de forma simultánea. Por un lado, definir políticas claras a nivel de centro que establezcan qué herramientas se pueden utilizar y bajo qué condiciones. Por otro, reforzar la formación del profesorado en aspectos pedagógicos y de privacidad. Y, además, garantizar la transparencia con las familias. Solo así la IA podrá integrarse como un apoyo real, seguro y útil en el entorno educativo.
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