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DESDE HACE 17 AÑOS

El madrileño que aprendió a programar con 10 años y hoy trabaja en películas de animación en Sídney: "Llegué sin saber inglés"

Diego García empezó a trabajar con apenas 16 años y, desde entonces, ha desarrollado videojuegos, anuncios y cortometrajes en Reino Unido, Estados Unidos y Australia

El madrileño que aprendió a programar con 10 años y hoy trabaja en películas de animación en Sídney.

El madrileño que aprendió a programar con 10 años y hoy trabaja en películas de animación en Sídney. / CEDIDA

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Una caja con letras. Así recuerda el que fue su primer ordenador, con el que un día cualquiera su padre llegó a casa. “Se conectaba a la televisión. Podías escribir y salían las letras en televisión. Yo alucinaba. También traía un cassette. Mientras todos mis amigos jugaban al fútbol, yo estaba en mi habitación transcribiendo los códigos que traían las revistas que compraba en los quioscos. Aprendí a programar con nueve o 10 años por mi cuenta y, desde ese momento, siempre tuve un ordenador a mi lado”, cuenta desde Sídney Diego García, director técnico de películas de animación. Madrileño de nacimiento, recuerda cómo con el tiempo, a base de prueba y error, entendió las líneas de códigos: “Veía lo que no funcionaba y, poco a poco, lo hacía encajar. Cada semana había nuevos listados que escribir en el ordenador. Pulsabas enter y aparecía la partida. Con aquellos jeroglíficos, que encima estaban en inglés, iba aprendiendo que se podía girar a la derecha, por ejemplo. No había otra manera”. Pronto se dio cuenta que lo que más le fascinaba era mezclar la programación con los gráficos o la animación y por su cabeza sólo pasaba la idea de mudarse a California para “hacer películas”. 

En los 80 aún no había referentes. Ni una industria como tal, dice. “Todos aprendíamos por nuestra cuenta. Llegaron los 90 y salieron Toy Story y Jurassic Park. Ahí lo entendí todo. Me parecía increíble. Antes de cumplir los 16 ya hacía animaciones, logotipos y CD-ROM interactivos, pero como era menor no podían pagarme un salario y lo hacían con discos duros. Siendo tan joven me encargué del logotipo del Ministerio de Educación y Ciencia”, relata. Diego se matriculó en un curso de Modelado 3D en Barcelona, donde pasó alrededor de un mes. Fue, precisamente, en su vuelta, cuando descubrió que una empresa en Madrid buscaba modeladores 3D: “Lo leí en una de esas revistas. Era lo que quería hacer y acabé formando parte de proyectos pioneros en España en este campo. Usábamos el brazo digitalizador para modelar todo. Un día tuvimos que generar un langostino a partir de uno real. Lo escaneamos. Otro día una granada real. Empezó a echar humo y desalojaron todo el edificio. Afortunadamente se quedó en un susto”. Mientras trabajaba, García se graduó en Matemáticas por la UNED.

Empezó a trabajar con apenas 16 años y, desde entonces, ha desarrollado videojuegos, anuncios y cortometrajes.

Empezó a trabajar con apenas 16 años y, desde entonces, ha desarrollado videojuegos, anuncios y cortometrajes. / CEDIDA

Diego trabaja en Flying Bark, una empresa con 700 trabajadores y sedes en Los Ángeles, Madrid y Sídney.

Diego trabaja en Flying Bark, una empresa con 700 trabajadores y sedes en Los Ángeles, Madrid y Sídney. / CEDIDA

La época dorada en España para el sector. Así define aquellos años. “Llegó el 2001 y justo antes de que el euro empezase en España me mudé a Inglaterra siguiendo los pasos de un amigo. Mi intención era estar un año, pero nunca más volví. Trabajé elaborando herramientas para artistas de animación. Llegué sin apenas saber inglés. En el trabajo me apañaba, pero no sabía pedir un sándwich en una cafetería. Formé parte de videojuegos para la Play Station 2, lo más nuevo del momento, como Harry Potter Chamber of Secrets, Athens 2004 video game o Sphinx and the Cursed Mummy”, suma. De Londres a Los Ángeles, en la compañía del director de Terminator o DeadPool, donde llegó esperando una entrevista y se encontró con un contrato indefinido: “Allí trabajé en cinemáticas de videojuegos, anuncios de animación, Warhammer, la Super Bowl, Coca Cola o Disney”. Pese a sus intentos de conseguir un visado para su mujer, a quien conoció en Reino Unido, el madrileño regresó a Londres por unos años. Fue entonces cuando colaboró en la creación de The Tale of Despereaux, un largometraje de animación. 

Premios internacionales

De nuevo, Diego dejó Inglaterra. Esta vez por Sídney, donde reside desde hace 15 años. “Necesitábamos un cambio y me llamó una productora australiana para hacer algo de pingüinos. Resultó que era Happy Feet 2, de George Miller, que montó un estudio en un antiguo cine”, añade. Cambió de estudio varias veces hasta que su hija nació en 2013, cuando cambió su rumbo profesional: “Necesitaba flexibilidad y empecé a ofrecer servicios de consultoría de pipeline, es decir, diseñar, construir y expandir el software que los artistas usan para hacer las películas de animación. Es una especie de autopista digital por la que viajan los datos. Del boceto a la imagen, casi todo está automatizado”. Tras varios años de experiencia, Diego recibió en 2018 y 2019 dos premios internacionales como desarrollador: “Creo que no hay nadie más en el mundo con dos premios de este estilo”. Uno de los clientes para los que trabajó entonces fue quien, hace ya cuatro años, le ofreció un contrato en la compañía Flying Bark, una empresa con 700 trabajadores y sedes en Los Ángeles, Madrid y Sídney. En ella, García lidera un equipo de 30 personas y coordina el desarrollo de software en las tres ubicaciones. 

Tras varios años de experiencia, Diego recibió en 2018 y 2019 dos premios internacionales como desarrollador.

Tras varios años de experiencia, Diego recibió en 2018 y 2019 dos premios internacionales como desarrollador. / CEDIDA

Ha trabajado en producciones como Stranger Things: Tales from ‘85, Blinky Bill, 100% Wolf, Maya the Bee: The Honey Games o Rise of the Teenage Mutant Ninja Turtles. Al igual que ocurrió en Londres y pese a que la idea inicial era pasar “un año, por probar”, Sídney pronto se convirtió en una residencia permanente. “Nos enamoramos del país y nos quedamos. Es una mezcla entre el espacio y las dimensiones americanas, la forma de vida inglesa y el clima español. Por eso nos gusta tanto. Las casas aquí son enormes y la gente pasa mucho tiempo en la calle, casi como en España”, bromea. Si bien la comunidad hispana en la ciudad supera los 5.000 ciudadanos, Diego no mantiene una estrecha relación con ninguno de ellos: “Nos conocemos, mantenemos el contacto, pero al final cada uno tiene su vida. Echo en falta a mi familia. Me gustaría que mi hija pudiera ver a sus primos más a menudo. Cada vez vamos menos a Madrid o a Inglaterra porque los precios no dejan de subir. Antes íbamos cada año y ahora lo espaciamos un poco más”. 

A día de hoy, García sigue recibiendo ofertas de trabajo en la ciudad donde nació: “Siempre digo que no. Aquí se vive muy bien. Lo único que echo de menos en el entorno profesional es la manera de trabajar española, más pícara e irónica”. Al igual que en España, los precios del carburante también se han disparado en Australia debido al conflicto en Oriente Medio. “Este fin de semana, de hecho, nos hemos comprado un coche eléctrico porque estábamos pagando 2,40 dólares el litro, cuando antes no pasaba de 1,70. Es casi el doble de precio por llenar el depósito”, lamenta. A la hora de pensar en el futuro, el madrileño no se plantea regresar a Europa. Sin embargo, prefiere no asegurar nada. “Nunca se sabe, ya lo he comprobado. Si nos mudamos en un futuro será dentro del país. O quizás acabamos en Canadá. Quién sabe”, concluye.