LITERATURA
El ajedrez, la estatua del Ángel Caído y el 'diablo' interior: claves de la novela negra 'Jaque a Lucifer' de Maribel Barreiro
La autora madrileña debuta en el suspense con una trama de aire contemporáneo en la que conviven el ajedrez, la tecnología, el crimen organizado y los claroscuros de la condición humana

La autora Maribel Barreiro posa con Jaque a Lucifer, una trama de crimen, ajedrez y sombras en Madrid. / EPE

En casa de la autora Maribel Barreiro el café se sirve con conversación larga, memoria de ciudad y una mirada muy madrileña sobre la vida. Recibe a El Periódico de España en el centro de Madrid con la serenidad de quien conoce bien el bullicio de la ciudad, pero también sus refugios: los paseos por El Retiro, la intimidad del barrio y esa observación minuciosa de la gente que, más tarde, acaba filtrándose casi de forma mágica en los personajes de sus próximos textos.

La escritora madrileña Maribel Barreiro debuta en la novela negra con 'Jaque a Lucifer'. / EPE
Esa ciudad, cuenta, no solo ha sido escenario de su vida, sino también una parte esencial de su carácter y de su escritura. Quizá por eso Jaque a Lucifer (Almuzara), su primera novela negra, arranca en uno de los lugares más simbólicos del imaginario madrileño: la estatua del Ángel Caído. Desde ahí, Barreiro levanta una trama de novela negra muy actual —con criptomonedas, mafia rusa, inteligencia tecnológica y un singular universo de jugadores de ajedrez—, pero también profundamente humana, atravesada por la culpa, la soberbia, la soledad y la necesidad de entender qué mueve realmente a cada personaje.
Licenciada en Derecho, con una extensa trayectoria en la empresa privada y en la Administración, Barreiro llega a la ficción después de años de escritura profesional, relatos, formación en la Escuela de Escritores y una creciente vocación narrativa. En 2023 recibió el Premio escriDuende a autora revelación por De príncipes azules y otros cuentos. Ahora, con Jaque a Lucifer, confirma su salto a la narrativa de largo aliento sin renunciar a algo que considera esencial: el ritmo, la observación y el placer de construir personajes con doble fondo.
Jaque a Lucifer nace en Madrid, pero también muy concretamente en El Retiro. ¿Cuándo aparece la primera chispa de la novela?
La idea llevaba muchos años dentro de mí. Siempre había querido escribir algo relacionado con el ajedrez, porque formó parte de mi infancia y de mi adolescencia: en mi casa siempre había un tablero. No significa que yo juegue especialmente bien, pero sí que lo he tenido siempre en mi caja de herramientas interior. A eso se sumó otra imagen muy poderosa: la del Ángel Caído del Retiro. Yo he paseado mucho por allí, porque de pequeña y de joven vivía cerca, y esa estatua tiene una fuerza enorme. Esa mezcla entre el ajedrez y el Ángel Caído se me quedó dentro. Primero salió en forma de relato corto, incluido en De príncipes azules y otros cuentos, pero quienes lo leían me decían que aquello pedía más. Y ahí fue donde me lancé a la novela negra.

La estatua del Ángel Caído. / Antonello Dellanotte - Ayuntamiento de Madrid
P. El punto de partida es muy visual: un joven muerto junto a esa estatua. ¿Qué le daba ese escenario que no le daba otro?
Tiene una potencia simbólica muy grande. El Ángel Caído mira con una mezcla de sorpresa, arrogancia y soberbia. Esa expresión me parecía muy fértil para una historia como esta. No quería solo una imagen impactante, quería que esa imagen abriera la puerta a una trama sobre las ambiciones, los conflictos internos y esa especie de diablo íntimo que todos llevamos dentro. Madrid, además, me daba el escenario perfecto porque es una ciudad muy viva, muy reconocible y muy capaz de sostener lo cotidiano y lo inquietante a la vez.
En la novela hay dos investigadores muy distintos: el inspector López y su ayudante, Alfredo. ¿Qué quería explorar a través de ese contraste?
Me interesaban dos cosas. Por un lado, el contraste generacional: un hombre ya maduro, con heridas, experiencia y cierta nostalgia, frente a un joven de treinta años, más vital, más ligero, más pegado a las nuevas tecnologías y a una forma distinta de moverse por el mundo. Y por otro, la diferencia de carácter. López es reflexivo, irónico, un superviviente; Alfredo es más impulsivo, espontáneo, más de velocidad que de pausa. Ese contraste me daba muchísimo juego narrativo y también me permitía hablar de algo muy presente en la actualidad: el modo en que conviven generaciones que no se relacionan igual con la tecnología, con el amor, con el trabajo o con la propia idea de futuro.
Ese choque también tiene mucho de humor soterrado y lenguaje irónico.
Sí, y a mí eso me gusta mucho en la novela negra. Los personajes demasiado planos me interesan menos. Prefiero que tengan retranca, pliegues y contradicciones. En ese sentido, una de mis influencias más claras ha sido Domingo Villar. Me interesaba esa manera de hacer dialogar dos personalidades opuestas sin que el contraste resulte mecánico, sino vivo. También me atrae mucho ese humor interno, esa ironía que no rompe la tensión, sino que la hace más humana.
¿Cuál fue el personaje más difícil de construir?
Sin duda, Iván. Incluso más que el inspector López. Iván exigía una arquitectura muy compleja, porque no podía ser solo "el muerto" que pone en marcha la historia. Necesitaba una vida propia, una lógica interna, unas heridas, una inteligencia estratégica, una relación concreta con la tecnología y con su pasado. Tenía que resultar verosímil en todo lo que hace y, al mismo tiempo, conservar capas. López también tenía dificultad, porque convive con inseguridades muy hondas —sobre todo en su faceta más íntima y familiar—, pero Iván requería una construcción muy delicada para sostener toda la trama sin perder espesor humano.
La novela introduce criptomonedas, activos digitales, cerraduras inteligentes, un perro cibernético… ¿Cómo se documentó para no perder de vista al lector?
Ese fue uno de los grandes retos. Tuve que estudiar bastante. Compré libros básicos sobre criptomonedas, hablé con mi hijo, intenté entender bien cómo funcionan determinados mecanismos digitales y, sobre todo, busqué una manera de traducir todo eso al lector sin volverlo farragoso. A mí me interesaba que cualquiera pudiera seguir la historia, también alguien que no esté familiarizado con ese lenguaje. Hay que encontrar equivalencias, imágenes mentales, una forma de narrar lo abstracto sin que resulte árido. Y luego está el reto añadido de que la tecnología envejece a una velocidad tremenda: lo que hoy parece casi futurista, dentro de poco puede ser completamente cotidiano.
¿Era importante que la novela sonara contemporánea?
Muchísimo. Me preocupaba que se desactualizara. Estamos viviendo un momento en el que la tecnología cambia a una velocidad de vértigo, y eso afecta también a la ficción. Yo quería una novela muy pegada al presente, a las herramientas, los miedos y las formas de relación de hoy. Por eso había cierta urgencia en publicarla: porque había elementos que, si esperaban demasiado, dejaban de tener ese efecto de novedad o de extrañeza.
También aparece la mafia rusa, pero sin convertir el libro en un simple thriller de manual.
Claro, porque a mí me interesaba que la documentación estuviera al servicio de la historia, no al revés. La parte de la mafia fue más asequible de investigar porque hay mucho material disponible, incluso documentación judicial o casos reales accesibles. Tomé elementos reales y los transformé narrativamente. Pero lo importante no era exhibir información, sino integrarla de una forma orgánica en la trama.

El ajedrez, una de las claves simbólicas de 'Jaque a Lucifer', la novela de Maribel Barreiro. / EPE
El ajedrez no es solo un motivo decorativo: organiza la novela casi como una lógica secreta.
Exactamente. Para mí era fundamental. Si uno imagina la novela, tiene que imaginar también un tablero. Los jugadores de ajedrez del Retiro funcionan como piezas, como peones que pueden no ser tan peones como parecen. Y esa idea me interesaba mucho: cómo las personas se mueven, se protegen, conspiran, se alían o se enfrentan igual que en una partida. Pero no quería que fuera una metáfora rígida o exhibicionista, sino una estructura profunda que sostuviera la historia.
Hay una frase que recorre el sentido moral del libro: esa idea del "diablo que todos llevamos dentro". ¿Qué quería plantear ahí?
Que nadie es enteramente bueno ni enteramente malo. Todos tenemos zonas de sombra, impulsos de soberbia, de resentimiento, de defensa, de vanidad. A veces son pequeños gestos y otras veces son asuntos más graves, pero están ahí. A mí me interesaba precisamente eso: el momento en que una virtud cruza un límite y deja de ser virtud. La seguridad en uno mismo puede ser algo positivo, pero cuando se convierte en arrogancia y se proyecta contra los demás, ya es otra cosa. Esa frontera me parecía muy fértil literariamente.
¿Le interesaba más la acción o las motivaciones?
Las dos cosas, pero sin las motivaciones la acción no me basta. Yo necesito entender por qué un personaje hace lo que hace, qué le duele, qué lo impulsa, qué arrastra. A veces el motor no es solo el dinero o el amor o el odio; a veces hay emociones más soterradas, más difíciles de nombrar, y eso me interesa mucho. Los personajes, además, van creciendo a medida que escribes. Empiezas con una intuición, pero llega un momento en que ellos mismos te exigen más fondo, más verdad.
Habla de los personajes casi como si dialogara con ellos.
Es que, de alguna manera, es así. Cuando no consigo entrar en un personaje, me atasco. Tengo que meterme en su cabeza, preguntarme cómo reaccionaría, cómo hablaría, qué no diría nunca. Y en ese proceso aparecen cosas inesperadas. Personajes que parecían secundarios de pronto piden más espacio. El perro cibernético, por ejemplo, al principio iba a ser casi un guiño, un detalle con humor, y terminó adquiriendo un papel mucho más vivo. Eso pasa: la escritura tiene algo muy libre y muy sorprendente.
Viene de una larga trayectoria profesional ligada al derecho, la gestión pública y la escritura especializada. ¿Qué le ha dado la ficción que no le daba esa otra escritura?
Libertad. Una libertad enorme. He escrito siempre, pero no tiene nada que ver redactar informes, artículos técnicos o ensayos con inventar una historia y dejar que crezca. La ficción me da una sensación de creación y de juego que es muy gozosa. También tiene algo de higiene mental, de espacio propio, de desconexión. Construyes, destruyes, corriges, mezclas rasgos que ves en la realidad, transformas lo que te rodea. Para mí ha sido un descubrimiento muy poderoso.

Maribel Barreiro, con el tablero de ajedrez que inspira el universo simbólico de Jaque a Lucifer. / EPE
Antes de esta novela ya había publicado relatos y había pasado por la Escuela de Escritores. ¿Ese aprendizaje técnico fue importante?
Muchísimo. Yo necesitaba herramientas. Siempre digo que escribir también tiene técnica, igual que cualquier otro oficio creativo. Luego puedes romper las reglas, por supuesto, pero primero conviene conocerlas. La Escuela de Escritores me dio eso: estructura, entrenamiento, exigencia. Tener que llevar un texto cada semana, leerlo, corregirlo, escucharlo en voz alta, recibir comentarios… todo eso te forma muchísimo. A mí me dio el andamiaje que necesitaba para sentirme más libre después.
¿Qué cambió al pasar del relato a la novela?
Cambia el aliento. En el relato todo está muy medido: el espacio, el ritmo, el golpe final, la economía verbal. En la novela tienes más aire, pero también más riesgo, porque puedes perder el pulso. Y para mí el ritmo es sagrado. En cualquier historia. Uno de mis mayores miedos al escribir Jaque a Lucifer era que el lector se me fuera, que se aburriera, que sintiera que la novela se cae. Hoy leemos con menos tiempo y con otro tipo de atención; eso no significa que se escriba mejor o peor que antes, pero sí de otra manera. El ritmo es fundamental.
¿Cuánto tiempo le llevó escribirla?
Aproximadamente un año. Me ayudó mucho partir de un relato previo, porque ya tenía un núcleo, una dirección, un punto de arranque. Yo no soy una escritora que lo lleve todo milimetrado desde el principio. Sé de dónde parto y adónde quiero llegar, pero dejo que los personajes respiren y me vayan llevando también.
Jaque a Lucifer es su primera novela publicada, pero no la última. ¿En qué momento de escritura está ahora?
Ya tengo terminada otra novela, La bailarina roja, que es muy distinta: más emocional, más de corazón, menos racional que Jaque a Lucifer. Y estoy inmersa en una tercera, Baubau, que nace también de un elemento real y me está llevando por lugares muy distintos, incluso fuera de España. A mí me gusta mucho cambiar de escenario, de clima, de personajes. No sé si algún día habrá continuidad con el inspector López en otro caso, no lo descarto, pero ahora mismo estoy disfrutando mucho esa libertad de moverme de una historia a otra.
Por su ritmo y construcción visual, Jaque a Lucifer parece pedir una adaptación en formato serie. ¿Lo ve también así?
Me lo han dicho bastante, sí, que tiene algo muy visual, casi de miniserie. Puede ser. Supongo que tiene que ver con el ritmo, con la construcción de escenas, con la propia tensión de la trama. Pero a mí, más que pensar en una adaptación, me interesa que el lector la haga suya. Al final, la mitad del libro la escribe quien lo lee: cada uno se imagina a los personajes, los espacios, los gestos. Y eso me parece una de las cosas más bonitas de la literatura.
Después de una vida profesional tan intensa, da la impresión de que ha encontrado en la ficción una segunda vocación.
Sí, y muy feliz, además. Escribir me ha gustado siempre, pero dedicarme a la ficción me está dando una alegría especial. Es un espacio de libertad, de observación, de invención y también de conocimiento. Uno escribe para contar una historia, claro, pero también para entender mejor a los demás y a uno mismo.
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