EL FUTURO DE UN NIÑO
Sebas, de ir obligado a Balia a "contar historias que otros nos escuchan"
Llegó a España desde Perú y encontró en la Fundación Balia un refugio donde dejar de lado las responsabilidades y ser un chico más, cambiando su futuro

Eduardo Hernanz, educador, junto a Sebas, miembro de la Fundación Balia, en la sede en Madrid. / Alba Vigaray

Sebas tenía 13 años y ninguna gana de ir a Balia. Salía del instituto, comía rápido y en menos de media hora tenía que volver a sentarse en otra mesa con cuadernos delante. Más deberes, más estudio, más horas fuera de casa. "Me daba muchísima pereza ir", recuerda ahora sin ninguna vergüenza. "Para mí era salir del instituto y meterme otra vez en más clase".
Durante mucho tiempo lo vivió así: como una obligación. Hoy lo mira con perspectiva. "Ahora me arrepiento de no haber exprimido más esos años en la Fundación Balia", reconoce. "Porque en realidad estaba recibiendo mucho más de lo que pensaba".
Hoy Sebas tiene 25 años y trabaja en el mundo del cine, en la escuela Dentro Cine. Ha participado en rodajes profesionales y dirige sus propios proyectos. Cuenta historias. Historias que hablan de identidad, de migración, de personas que rara vez aparecen en el centro del relato. "Ahora quiero contar historias que otros no escuchan", dice.
Pero cuando intenta encontrar el punto de partida no piensa en una cámara ni en un plató. Piensa en una tarde cualquiera en un aula del barrio madrileño de Latina.
Llegar y querer encajar
Sebas nació en Perú y llegó a España con 11 años. A esa edad el mundo cambia rápido, pero mudarse de país cambia aún más cosas. Hay algo que recuerda con claridad de aquellos primeros meses en Madrid: el metro. "Me flipaba", dice sonriendo con cariño. "No había visto algo así en mi vida". Le gustaba tanto que eligió ir a un colegio que estaba a varias paradas solo para poder cogerlo cada mañana. El viaje era una pequeña aventura diaria, Pero adaptarse a una nueva ciudad, a un nuevo sistema educativo y a una nueva forma de hablar no siempre fue tan emocionante.

Sebas, en la sede de Madrid de la Fundación Balia. / Alba Vigaray
En el instituto hubo un día que se le quedó grabado. Le gustaba leer en voz alta en clase. Hasta que un día lo hizo y algunos compañeros se rieron de su acento. "A partir de ahí dejé de hacerlo", recuerda. "Fue como si algo se apagase". Tenía 13 años y lo único que quería era encajar.
Un lugar donde poder ser un chaval
En casa, además, la situación tampoco era sencilla. Vivía con su madre y con su hermano, que tiene discapacidad intelectual. Sebas asumía muchas responsabilidades y, sin darse cuenta, había empezado a ocupar un papel demasiado adulto para su edad.
Por eso, aunque al principio no lo entendiera, Balia terminó significando algo más que apoyo escolar. "Era un refugio", explica. "Un lugar donde podía dejar de ser el fuerte y ser un chaval más". Allí podía hacer algo tan simple como hablar con otros chicos, reírse, compartir historias parecidas. "Podía relacionarme, comunicarme… no tener que ayudar, sino ser ayudado", dice.
Ese espacio forma parte de la labor que la Fundación Balia lleva desarrollando desde hace 25 años: acompañar a menores en situación vulnerable para que, a través de la educación, puedan construir su futuro. Cada año trabajan con miles de niños y jóvenes combinando apoyo escolar, educación emocional y ciudadanía.
Pero para quienes pasan por allí, todo eso suele traducirse en algo más sencillo. "Me dieron herramientas para soñar", dice Sebas. Y un lugar al que volver. Un sitio donde la vida pesaba un poco menos.
El poder del grupo
Eduardo Hernanz lleva trabajando como educador en la Fundación Balia desde 2008. Ha visto pasar a muchos chicos como Sebas. Niños y adolescentes que llegan con historias complicadas, con preguntas, con incertidumbre.
"El poder del grupo de iguales es fundamental", explica. "Cuando llegan piensan que lo que les pasa solo les ocurre a ellos. Luego descubren que muchos han vivido experiencias muy similares".
Migración, cambios de barrio, familias que intentan empezar de nuevo. Compartir esas vivencias genera algo difícil de medir, pero muy visible. "Se crea un espacio donde pueden expresarse sin miedo", explica Edu.

Eduardo Hernanz, educador de la Fundación Balia, en la sede en Madrid. / Alba Vigaray
En ese contexto, el trabajo educativo no consiste solo en ayudar con los deberes. "Intentamos dar herramientas", explica. "No venderles algo que no existe, sino ayudarles a descubrir qué quieren hacer".
Sebas era uno de esos chicos inquietos. Curioso. Siempre probando caminos distintos. "Tenía muchas dudas", recuerda Edu, "pero también muchas ganas de hacer cosas".
El ‘clic’ del cambio
Durante años, Sebas siguió yendo a Balia sin ser del todo consciente de lo que estaba recibiendo. Hasta que un verano participó como voluntario en un campamento con niños pequeños. Entre los participantes había dos hermanas muy jóvenes que vivían una situación complicada. Una de ellas apenas hablaba.
Sebas pasó días acompañándolas, jugando con ellas, intentando que se sintieran cómodas. Al final del campamento, la niña mayor se acercó para darle las gracias. "Fue algo muy pequeño", recuerda. "Pero para mí fue un clic". Por primera vez sintió que lo que hacía podía tener impacto en otra persona. "Ahí pensé que ayudar a los demás era algo que me gustaba".
Cuando estás perdido
Aun así, encontrar su camino no fue inmediato. Probó diferentes opciones. Estudió cocina porque parecía una profesión con salidas laborales. Trabajó en restaurantes. Exploró incluso la idea de dedicarse a la música. Como DJ. Pero nada terminaba de encajar. "Tenía un cacao enorme", admite, "no sabía qué hacer con mi vida".
En uno de esos momentos de incertidumbre volvió a buscar apoyo en Balia. Edu lo recuerda bien. "Llegó bastante perdido", explica. "Había vuelto de un voluntariado en Francia y estaba trabajando en cocina, pero sabía que aquello no era lo suyo".
Entonces apareció una posibilidad inesperada, un curso de introducción al cine. La propuesta era sencilla: probar durante dos semanas. "Vamos a ver qué pasa", le dijo Edu. Y Sebas aceptó sin saber muy bien qué iba a encontrar. Muchas de las oportunidades que marcaron su camino estaban ahí, pero él ni siquiera sabía que existían. "En Balia no me dieron algo extraordinario", dice ahora. "Me hicieron accesible algo que yo no sabía que existía".
El primer día llegó a un rodaje y todo le pareció extraño. Venía de cocinas donde los gritos eran habituales y de repente alguien pedía silencio para empezar a grabar. "Pensé: ¿dónde me he metido?", recuerda entre risas. Pero algo empezó a cambiar.
En Balia me dieron herramientas para soñar
Entre cámaras, focos y guiones descubrió algo que no esperaba: que las historias podían servir para hablar de experiencias reales, de migración, de identidad, de realidades como la suya. "Me di cuenta de que podía contar cosas que había vivido", explica. Ese fue el momento clave. "Si otros pueden hacerlo, ¿por qué yo no?".
Apostar por un sueño
Decidir estudiar audiovisual no fue sencillo. La formación era cara y el camino incierto. Sebas pasó meses trabajando como cocinero en una residencia para poder pagar la matrícula inicial mientras solicitaba becas. "Sentía que mucha gente estaba apostando por mí", recuerda. "Y cuando alguien confía en ti así, tú también quieres darlo todo".
Durante los dos años de estudios se volcó completamente. "Si tenía 90 minutos de clase, quería 91", dice. Sacó notas sobresalientes, participó en rodajes y empezó a abrirse camino en el sector. Con el tiempo llegó a trabajar en producciones profesionales, como la serie Reina Roja, de Prime Video.
Pero cuando habla de éxito, su definición es otra. Algo más sencillo. Para Sebas, lo más importante que ha aprendido no tiene que ver con cámaras ni guiones. Tiene que ver con valores. "Mi mayor éxito no es profesional", dice, "es ser una buena persona".
En Balia aprendió algo que ahora considera fundamental: que el éxito también se mide en cómo uno se relaciona con los demás. "Nos enseñaron a escuchar, a ayudar, a estar para otros", explica. Y eso, asegura, marca la diferencia.
Si hoy pudiera encontrarse con aquel chico de 13 años que iba a Balia sin ganas, Sebas no le daría muchos consejos. Solo uno. "Le diría que confíe", dice. Hace una pausa antes de poder terminar la frase. "Porque en ese momento no lo ves… pero con el tiempo entiendes todo lo que estaba pasando". A veces, una historia empieza justo en el lugar al que menos ganas tienes de ir. Y termina demostrando que basta con que alguien confíe en ti para que todo cambie.
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