DESDE EL BALCÓN
Saray, hija de Tina de Las Grecas y saetera en la Semana Santa de Madrid: "Es imposible ser la continuación de mi madre, los genios nacen una vez"
La madrileña, que trabaja como cantaora oficial del Ballet Nacional de España, cantará a la Virgen de la Macarena y al Cristo del Gran Poder este miércoles desde el Hotel Moderno

Saray Muñoz, hija de Tina de Las Grecas y saetera en la Semana Santa de Madrid. / ALBA VIGARAY

“Agua fría y con hielo, por favor. Es mi único vicio”. Acaba de llegar al Hotel Moderno, en plena Puerta del Sol para ensayar por última vez. “No estoy nerviosa, pero siento una gran responsabilidad. Que Dios me asista. Esto es algo muy importante”, dice Saray Muñoz Barrull. Trabaja como cantaora oficial del Ballet Nacional y es una de los siete saeteros que cantarán en la Semana Santa de la capital. La única nacida en Madrid, de hecho. Lo hará a la Virgen de la Macarena y al Cristo del Gran Poder este jueves, alrededor de las 21:15 horas. “Me siento una privilegiada, ya que son muy importantes para mí. He compuesto yo misma las piezas. La saeta tiene sus códigos y los tienes que respetar, como en el flamenco. Para la Virgen me he puesto en su lugar. De esa manera voy a poder transmitir lo que quiero a los demás, a los que me escuchen. En el lugar de Cristo no puedo ponerme, pero sí en la devoción que siento por él. En agradecimiento por su sacrificio y por los beneficios que nos ha traído a los cristianos. A los que creemos, claro”, añade.
Si Saray es cantaora hoy en día es porque la vida así lo ha querido, cree. Su madre quizás tuvo algo que ver. Es hija de Tina Muñoz, la mitad de Las Grecas. “El destino, a la fuerza, ha hecho que yo me convierta en lo que soy. Y se acabó. El trabajo ha ido fluyendo, me han llegado oportunidades muy buenas a las que ha sido difícil negarse y no he tenido más remedio. La vida me ha llevado a donde estoy ahora sin yo darme cuenta”, cuenta. Sus primeros pasos en la industria los dio con su tía Carmela, la otra mitad del dúo, cuando su madre ya había fallecido: “No puedo decir que la reemplacé porque ella es insustituible. Pasaron cinco años y me di cuenta de que no quería estar bajo el foco. Lo dejé todo y me metí en un tablao flamenco, a ser cantaora. Aprendí sobre la marcha, en el escenario, a cantar para el baile, pero me gustó mucho más. Me permitía estar detrás, en la sombra. Cantaba pero estaba a mi rollo, no ponía tanto la cara”. La vida, dice, la ha llevado por otros derroteros y, ya sea por su madre o por la gente con la que ha trabajado, le ha resultado imposible mantenerse del todo en un segundo plano.

La cantaora Saray Muñoz Barrul en el Hotel Moderno de Madrid. / ALBA VIGARAY
La continuación de su madre
Ser hija de Tina y sobrina de Carmela le marcó desde que abandonó el vientre materno, dice. En todos los aspectos de su existencia. “Ellas fueron muy famosas, por eso yo era tan reticente a dedicarme a la música, pero luego una se acostumbra. Es algo de cuna, se convierte en algo natural. La gente conoce a tu madre, te canta sus canciones desde que eres pequeña hasta ahora, que soy ya una señora. Viví todo el drama de Las Grecas y su disolución, que no fue fácil. Todo ello ha moldeado mi forma de ver las cosas”, sostiene. Saray, que vivió toda su infancia en el madrileño barrio de San Blas, asegura haber recibido una oleada de muestras de cariño desde que su madre se fue: “Todo el mundo la quería. Esa fue la gran ventaja. En el gremio me abrieron las puertas desde el primer día y me acogieron con mucho amor. Lo malo es que, al mismo tiempo, te ponen el listón demasiado alto porque nunca jamás voy a llegar donde ella llegó. Precisamente, por ser tan querida y admirada, me ha costado mucho más”.
“Canto sus cosas, pero los genios nacen una sola vez. Es imposible que yo sea la continuación de mi madre. Ni siquiera lo he buscado. Fui madre con 16 años y mis prioridades siempre fueron otras. Mantenerme y vivir. Mi meta nunca fue ser famosa y eso que tenía todo en mi mano para poder lograrlo. Me han ofrecido grabar discos desde bien pequeña, pero nunca fue mi propósito. Tenía claro que no quería dedicarme al mundo artístico, por eso escogí ser cantaora de flamenco. Me permite estar a mi rollo, en la sombra, viviendo de esto y manteniendo a mis hijos. Es el trabajo más normal dentro del sector”, relata. Apenas faltan unas horas para que Saray se asome al balcón y ofrezca su voz a los dos pasos madrileños que recorrerán el centro de la ciudad este miércoles. La artista recuerda que la primera vez que entonó una saeta lo hizo en un concierto de Sara Baras: “Tuve que aprender para la ocasión. Compuse una y, desde entonces, me han surgido oportunidades para cantarla. No soy saetera experta, pero lo hago con todos mis respetos”.

La madrileña trabaja como cantaora oficial del Ballet Nacional de España. / ALBA VIGARAY
La banda sonora de su vida
La saeta es sagrada. Y eso la hace especial. “También por a quien se dirige una y quien lo escucha. Implica una gran devoción. Es complicadísimo hacerlo, ya que no se trata solo de cantar. Una cosa es subirse a un escenario e interpretar una canción y otra subirse a un balcón a cantarle a un Cristo o a la Virgen con todo el mundo en silencio, pendiente de ti. El ambiente que se huele, se siente y se respira es brutal. La adrenalina que se experimenta al contener las emociones cantando una letra tan sagrada es indescriptible. Imposible no emocionarse. No puedes cantarla fría, no sirve para nada. Tienes que ser de cartón para hacerlo sin morirte por dentro”, apunta. Aunque Saray se haya acostumbrado a estar bajo el foco, los nervios siguen con ella cada vez que le toca estar bajo el foco. Y más en una ocasión como esta: “No es beber un vaso de agua. Impone muchísimo. Lo haré lo mejor que pueda. Quiero que a la gente le llegue lo que deseo transmitir”. La de San Blas cree que, pese a que en Andalucía sea más común arrancarse por saeta, es injusto atribuirlas únicamente a una parte de España.
“Es igual de respetable en una ciudad que en otra, al igual que los pasos. Aquí es más complicado, no todo el mundo se atreve. También es verdad que la Semana Santa madrileña siempre ha tenido su propia identidad. Con influencias de otras regiones, sí, pero la devoción aquí es única y admirable. Por eso viene gente de todas partes a conocerla”, suma. Autopercibida como emocional, a la hija de Tina le cuesta no llorar mientras ensaya las letras. Ha de hacer un ejercicio de contención para poder llevarlo a cabo. Si no, es imposible, dice: “Llevo varios días a muerte componiendo las letras que voy a cantar. Paso día y noche con la canción en la cabeza. Se han convertido en la banda sonora de mi vida”. Saray también es cantaora oficial del Gelem Gelem en Madrid, el himno del pueblo gitano, al que considera similar a la saeta en lo que a emociones se refiere: “Es un canto a los que se perdieron por el camino. El 8 de abril, día del pueblo gitano, no doy a basto. No todos se atreven a cantarlo. Con la Semana Santa ocurre algo parecido, por eso creo que soy la única madrileña. Espero que vaya cambiando y Madrid busque primero a los suyos”. Todo está listo.