SEMANA SANTA
El año en que Carlos III suprimió las procesiones de Madrid por supersticiosas y derrochadoras: "No regresaron hasta acabar la Guerra Civil"
Un recorrido por la Semana Santa en la capital, que nació en el siglo XVI con la fundación de 40 cofradías cuando vivían apenas 20.000 habitantes

El año en que Carlos III suprimió las procesiones de Madrid. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA

Ecléctica es la palabra. Así, al menos, define Enrique la Semana Santa en Madrid. Una amalgama entre lo que ha sabido fraguar por sí misma y sus tradiciones a lo largo de los siglos, y los modelos de otras ciudades que ha ido adoptando como resultado de la emigración, entre otras cosas. “Madrid es cruce de caminos y culturas. Por eso su Semana Grande tiene que ser un reflejo de ello. Aquí viven catalanes, andaluces, castellanos y extremeños y nadie tiene que denotar un acento o sacar un carnet para saber dónde ha nacido. Aquí cabe todo el mundo y es esa característica lo que hace de la festividad en Madrid algo único”, defiende Enrique Guevara, estudioso de la Semana Santa y codirector de la Revista Semana Santa de Madrid. Fundada a principios del siglo XVI, llegó a congregar más de 40 cofradías cuando apenas vivían 20.000 personas en la capital: “Ocurrió en 1561. Eran muchas para el número de habitantes. Sus grandes devociones históricas eran el Cristo de la Fe o de los Alabarderos, la imagen de Jesús Nazareno de Medinaceli y, por último, la Virgen de la Soledad”.
Es esta última la que ha entroncado una devoción madrileña sin igual a través de los siglos, dando lugar a nuevas representaciones inspiradas en ella, como es la Virgen de la Paloma, copatrona de la ciudad celebrada el 15 de agosto. “La existencia de tantas cofradías en el siglo XVI podría haber degenerado en una Semana Santa increíble. Sin embargo, en 1805, el rey Carlos III promovió un Real Decreto a nivel nacional para controlar, limitar y suprimir cofradías derrochadoras o que llevaban a cabo prácticas supersticiosas e irracionales. En definitiva, aquellas que iban en contra de esa religión más ilustrada y menos emocional. El monarca suprimió en Madrid todas las procesiones y las concentró en una sola, modelada al capricho del poder civil”, explica Guevara. Durante 135 años, hasta el final de la Guerra Civil, la festividad quedó constreñida a un único paso, celebrado en la tarde del Viernes Santo. Eran las autoridades quienes definían el recorrido, el horario y las imágenes que debían figurar. Además, debía de pasar obligatoriamente por el Palacio Real para que los reyes pudieran presenciarla desde sus balcones.

Un recorrido por la Semana Santa en la capital, que nació en el siglo XVI con la fundación de 40 cofradías. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA

Durante 135 años, hasta el final de la Guerra Civil, la festividad quedó constreñida a un único paso. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA
El estallido de la Guerra, ya en el siglo XX, supuso el segundo y último punto de inflexión negativo de la Semana Santa madrileña. El conflicto acabó con lo poco que había quedado como herencia. No obstante, la posguerra sirvió de resurgimiento en todo el panorama nacional. A lo largo de los años 40 comenzaron a emerger nuevas hermandades, auspiciadas por congregaciones religiosas. “Dominicos, escolapios, jesuitas, pasionistas y mercedarios, entre otros, comenzaron una especie de competición para ver qué orden religiosa tenía la mejor cofradía. Se recuperaron, además, antiguas devociones como el Cristo de Medinaceli, el Santo Entierro y la Soledad. Todo ello dio lugar a una Semana Santa un tanto inventada, sin una base popular real”, cuenta. En esa amalgama de fundaciones, precisamente, fue cuando se crearon algunas de las agrupaciones que han llegado a nuestros días, como Jesús el Pobre, Jesús del Gran Poder o la Virgen de la Macarena, fundada por emigrantes madrileños en Madrid.
El Seat 600, culpable
Otras, como la Virgen de los Siete Dolores, La Borriquita, Los Estudiantes, Las Tres Caídas o Los Gitanos tienen su origen en el siglo XXI. Son la Virgen de Medinaceli y la Soledad las únicas hermandades con un pasado histórico en la capital: “Nuestra Semana Grande está conformada por devociones que han vertebrado la tradición a lo largo de los siglos, otras nacidas en los años 40, cuando todo el mundo andaba necesitado de oraciones mientras la hambruna y la muerte acechaban; y otras que han visto la luz en los últimos 50 años”. Guevara recuerda cuando en la posguerra había una cofradía dedicada al legado y trabajo de los artistas del cine y del teatro en la capital. El historiador culpa además al mítico Seat 600 de la debacle cofrade que experimentó la capital en los años 60. El vehículo, sinónimo de desarrollo en España, permitió que los madrileños se desplazaran a otras partes del mapa en estas fechas, desembocando en el cierre de numerosas fraternidades: “Aquellas cofradías sustentadas por la parte clerical empezaron a desaparecer con el cambio generacional”.

A lo largo de estos casi seis siglos, la Semana Santa madrileña apenas ha cambiado de ubicación. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA

A lo largo de los años 40 comenzaron a emerger nuevas hermandades, auspiciadas por congregaciones religiosas. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA
La Semana Santa actual, configurada en las últimas décadas, se ha visto impulsada por los medios de comunicación, internet y el transporte. “Gracias a la televisión regional, con Telemadrid a la cabeza, que empezó a retransmitirla a principios de los 90, el pueblo de Madrid se dio cuenta de que desconocía la existencia de una tradición. Por otro lado, poder coger un AVE permitió conocer las costumbres de otros lugares para después reproducirlas en la capital. De hecho, Los Gitanos, Las Tres Caídas o Los Estudiantes son cofradías sevillanas traídas a Madrid por efecto mimetismo. Muy despacio, pero aquello empezó a coger auge”, reconoce. Entre otros, la inclusión de la mujer en las cofradías, ha supuesto un debate alrededor del sentido de las tradiciones. “En 1805 su presencia ya estaba prohibida. Esto viene de hace más de 200 años. Su notabilidad en la sociedad y la igualdad en todos los sentidos ha hecho que en las cofradías también ocurra. También gracias al cambio generacional, la juventud, con otra forma de ver las cosas y vivir la fe. Las hermandades han ido en paralelo a ese resucitar y ahora son más abiertas, numerosas y participativas”, suma.
Misma ubicación
Enrique cree que, hasta hace unos años, la Semana Santa se olvidaba de Pascuas a Ramos. Es decir, que sólo tenía sentido durante la festividad. Sin embargo, hoy en día existe una “vida de hermandad” a lo largo de todo el año: “Se interrelacionan personas de todas las edades y escalas sociales. Debajo de un paso de costalero pueden ir un notario y un cargador del mercado. Y son iguales, no hay privilegios. Ocurre lo mismo con la política. Nadie te pregunta de qué partido eres. Es mucho más que un evento religioso. También es gastronomía, arte o historia. Hay tantos factores por los que acercarse a ella…”. Según cree, la festividad madrileña es la segunda del país con más público en las calles, mérito que Guevara atribuye, entre otras cosas, a los más de seis millones de habitantes que viven en ella: “El público ya no ve una única procesión. Ahora van con el programa en la mano, encadenando unos pasos con otros. La puesta en escena tiene mucho que ver. Antes, cuando la televisión se veía en blanco y negro, era un poco decadente”.

La inclusión de la mujer en las cofradías, ha supuesto un debate alrededor del sentido de las tradiciones. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA

La Semana Santa actual se ha visto impulsada por los medios de comunicación, internet y el transporte. / CEDIDA / ENRIQUE GUEVARA
A lo largo de estos casi seis siglos, la Semana Santa madrileña apenas ha cambiado de ubicación. Las procesiones nacieron en el centro de la ciudad, en la almendra central que va desde la Puerta del Sol al Palacio Real y al Madrid de los Austrias: “Y ahí sigue, pasando por Cascorro o la Plaza Mayor. Está encasillada en ese perímetro. El 90% de las procesiones salen de ese casco histórico”. Si bien en ese sentido nada ha cambiado, los vecinos han dejado atrás algunas costumbres que algún día formaron parte del imaginario colectivo en estas fechas: “Se vendían matracas por las calles, una especie de artilugio de madera con un mango que, al moverlo, sonaba. También las romerías, que desaparecieron en los años 20. Se celebraban en plena calle de la Princesa, en torno a un icono llamado la Cara de Dios. El pueblo de Madrid se reunía en una especie de verbena donde se vestían mantones de manila, se bebía aguardiente y anís y se comían churros”.
Es difícil saber lo que pasará en el futuro, pero Enrique vaticina un largo recorrido a la Semana Santa en Madrid. “A día de hoy se siguen fundando nuevas cofradías, aunque algunas de ellas todavía no han sacado su procesión a la calle, y el número de cofrades no deja de aumentar”, concluye.