BIENESTAR
Bisan Dannan, la farmacéutica siria que trajo el hammam a Madrid y recupera un ritual milenario
Ubicado en la Plaza de la Morería, Hammam Sulis revive en Madrid la tradición de los baños árabes, ofreciendo un circuito de aguas a diferentes temperaturas y una exfoliación con guante kessa

Bisan Dannan, fundadora del hammam Silis. / Cedida

En pleno barrio de La Latina, donde las calles aún conservan el eco de siglos de historia, hay una puerta discreta que conduce a otro ritmo. Basta cruzarla para que el ruido de la ciudad desaparezca. El sonido del agua toma el relevo, el aroma de azahar y jazmín llena el aire y la luz se refleja en el mármol. El viaje acaba de empezar. No es un spa al uso. Hammam Sulis (Pl. de la Morería, 2) es más bien un paréntesis en medio del vértigo madrileño, un lugar donde el tiempo se afloja y donde una tradición milenaria vuelve a respirarse como si nunca se hubiera ido.
La historia comienza lejos de aquí, en Damasco.

Hammam Sulis recrea en pleno Madrid el ritual ancestral del baño oriental inspirado en la tradición de Damasco. / Cedida
De la farmacia al hammam
La emprendedora Bisan Dannan creció en Siria rodeada de una cultura donde el cuidado del cuerpo era también una forma de vida. De formación farmacéutica, su relación con la piel y los ingredientes naturales siempre estuvo marcada por el conocimiento científico y por las recetas tradicionales que había visto desde niña. "Cuando llegué a España empecé elaborando productos naturales para el cuidado de la piel y jabones artesanales con aceites esenciales, utilizando recetas antiguas de mi país", expresa a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.
Aquellos primeros jabones nacieron casi de forma íntima, en su entorno cercano, mezclando conocimiento farmacéutico y fórmulas heredadas del Mediterráneo oriental. Poco a poco, mientras trabajaba con aceites esenciales y exploraba sus propiedades, la idea empezó a crecer. ¿Por qué no llevar esos productos a un lugar donde tuvieran sentido pleno? ¿Por qué no devolverles el contexto en el que habían nacido? Así surgió la intuición de crear un hammam. No uno cualquiera, sino uno que respetara la tradición sin convertirla en decorado.

Hammam Sulis se ubica en la Plaza de la Morería, uno de los enclaves con mayor huella del Madrid islámico. / Cedida
Madrid, un Mediterráneo compartido
Hace diez años Bisan y su familia decidieron instalarse en la capital. Para ella, la ciudad tenía algo familiar. "Madrid siempre me ha recordado a Damasco. Compartimos el mismo sol, una forma de vida muy mediterránea y una alegría muy parecida", sostiene. También había otra razón: la historia. Madrid conserva todavía rastros de su pasado islámico y, en particular, de los antiguos baños árabes que durante siglos formaron parte de la vida urbana.
Hace diez años Bisan y su familia se instalaron en Madrid, una ciudad que desde el principio le resultó familiar. "Madrid siempre me ha recordado a Damasco. Compartimos el mismo sol, una forma de vida muy mediterránea y una alegría muy parecida", explica. También la atrajo su historia: la capital fue fundada en el siglo IX como Mayrit, una pequeña ciudad de la frontera de al-Ándalus que formó parte del mundo musulmán durante más de dos siglos y que, incluso tras incorporarse al reino de Castilla, mantuvo presencia islámica durante siglos. Aunque hoy esos vestigios son discretos y poco conocidos, todavía pueden rastrearse en lugares como el entorno de las Vistillas o los restos de la muralla junto a la Cuesta de la Vega, memoria de aquel primer Madrid que nació alrededor de una mezquita y de sus baños públicos.

El jabón de Alepo, elaborado con aceite de oliva y laurel, protagoniza la experiencia del baño. / Cedida
Los antiguos baños árabes, que durante siglos formaron parte de la vida urbana como espacios de higiene, encuentro y ritual, dejaron una huella silenciosa en la historia de la ciudad. Por eso el lugar elegido para Hammam Sulis —la Plaza de la Morería— no es casual. Durante siglos fue uno de los enclaves donde la cultura mudéjar y morisca mantuvo vivas muchas de estas tradiciones. Que hoy un hammam vuelva a abrir sus puertas aquí tiene algo de círculo que se cierra: una forma de devolver el ritual del agua al mismo entorno donde una vez formó parte del día a día madrileño.
El origen: Roma, Damasco y Al-Ándalus
Aunque hoy asociamos los hammams al mundo árabe, su historia empieza en realidad con los romanos. Los baños romanos no eran solo lugares de higiene, sino espacios de curación, descanso y encuentro social. Con el paso de los siglos, esa tradición se transformó en el mundo árabe y dio lugar al hammam tal como lo conocemos en la actualidad. La palabra significa simplemente "bañarse", pero su significado cultural es mucho más amplio. Durante siglos fue un punto de encuentro para socializar, celebrar rituales o simplemente descansar del mundo. "Antiguamente, cuando había poca agua en las casas, la gente acudía al hammam para reunirse, hablar, celebrar despedidas o cuidarse", recuerda Bisan.

El hammam Sulis combina tradición oriental y elementos de la arquitectura mediterránea en pleno barrio de la Morería. / Cedida
Hammam Sulis se inspira especialmente en la tradición del Levante mediterráneo —Siria, Turquía y Líbano—, una tradición que además guarda una relación directa con Al-Ándalus. Muchos de los hammams que existieron en el sur de España recibieron influencias directas de Damasco. En cierto modo, la historia vuelve a encontrarse. Ahora tras un año de su apertura en el corazón en Madrid.
Un viaje para los cinco sentidos
La experiencia en Hammam Sulis está pensada como un recorrido sensorial. Nada más entrar aparece el primer gesto de hospitalidad: el silencio. Después llegan los aromas, la música suave de instrumentos orientales y la sensación de piedra fresca bajo los pies. Todo está pensado para desconectar del exterior. "La entrada es pequeña a propósito", explica Bisan. "Cuando entras parece un espacio pequeño, pero luego empiezas a descubrir salas, escaleras, rincones… y te das cuenta de que has entrado en otro mundo".
El hammam funciona casi como una coreografía del agua. Primero, el circuito de piscinas con diferentes temperaturas: caliente, templada y fría. Después el baño turco, húmedo y envolvente, donde el vapor prepara el cuerpo. Sin embargo, el verdadero secreto del hammam no está en el agua.
El corazón del ritual
Existe una idea equivocada muy extendida: que el hammam es básicamente agua caliente y masaje. Bisan sonríe cuando lo escucha. "El hammam no es masaje. El hammam es exfoliación". Ese es el centro del ritual tradicional. Todo comienza en el baño turco, donde el vapor abre los poros y ablanda la piel. Después llega la exfoliación con el guante kessa, una pieza áspera que elimina células muertas y activa la circulación. La escena ocurre sobre una gran piedra natural de cuarzo, mientras el agua cae lentamente. Solo entonces llega el tercer paso: el enjabonado. Y ahí aparece uno de los grandes protagonistas de Sulis.

El espacio Sulis está diseñado como un refugio de calma donde el agua, los aromas y la música activan los cinco sentidos. / Cedida
El jabón de Alepo es considerado el jabón sólido más antiguo del mundo. Su fórmula apenas ha cambiado en más de cuatro milenios: aceite de oliva y aceite de laurel. Es sencillo, pero extraordinariamente eficaz. Calmante, antiséptico, antifúngico y capaz de equilibrar el pH de la piel, se utiliza desde hace siglos para el cuidado diario. "Lo usamos para todo", detalla. "Para el cuerpo, para el cabello, para pieles con acné, incluso para desmaquillar". En Hammam Sulis el jabón no es solo un producto: es parte del ritual.
Aunque el hammam mantiene su esencia histórica, Sulis incorpora también técnicas modernas de bienestar. La zona inferior recrea el ritual tradicional del baño. La superior introduce tratamientos contemporáneos: masajes relajantes, drenaje linfático, terapias para piernas cansadas o tratamientos faciales naturales. "Abajo está el pasado", dice Bisan. "Arriba está el futuro. Y el presente es el spa".
Además del circuito tradicional de hammam, Sulis ofrece una selección de masajes y tratamientos faciales orientados al bienestar y la relajación. Entre los más demandados están el masaje relajante de 60 minutos (80 euros) y el masaje express de 30 minutos (50 euros). También se realizan terapias específicas como drenaje linfático, masaje anticelulítico o tratamientos para piernas cansadas.
En la parte facial destacan el tratamiento purificante, indicado para limpieza profunda y piel acneica; el revitalizante con vitamina C, iluminador y antiedad; y Ocean Miracle (95 euros), un tratamiento hidratante con efecto tensor. La carta incluye además el masaje facial Kobido, conocido como "lifting natural japonés". Sulis también propone experiencias en pareja y rituales combinados, que pueden incluir circuito de hammam, masaje y cava, para convertir la visita en una experiencia completa de bienestar
Con motivo de su primer aniversario, Hammam Sulis ha inaugurado además un pequeño Museo del Jabón dentro del espacio. El recorrido muestra materias primas, técnicas tradicionales y la evolución histórica del jabón desde sus orígenes hasta el presente. Una forma de recordar que este objeto cotidiano ha sido durante milenios una pieza clave del cuidado del cuerpo.
Un refugio en medio de Madrid
En apenas un año, Hammam Sulis se ha convertido en uno de esos lugares que se descubren casi en secreto. Vienen parejas que buscan desconectar, grupos de amigos que celebran un aniversario, profesionales dedicados al sector de las artes dramáticas o turistas que encuentran aquí una tradición que esperaban descubrir en Andalucía. No obstante, también hay algo más revelador. Clientes que vuelven con frecuencia. "Tenemos personas que vienen cada semana", cuenta Bisan. "Buscan un momento de relajación, casi como una meditación". En una ciudad acelerada como Madrid, eso dice mucho. Para Bisan Dannan, abrir Hammam Sulis ha sido también una forma de agradecer la acogida que encontró en España. "Este país nos recibió con mucho cariño cuando llegamos. Queríamos aportar algo". Ese "algo" es hoy un minucioso oasis en el corazón del viejo Madrid. Un lugar donde el agua vuelve a ser ritual, el jabón recupera su historia y el tiempo —al menos durante un rato— se detiene.
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