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DÍA DE LA FELICIDAD

¿Se puede ser feliz en Madrid?: "No es un mito eso de 'de Madrid al cielo', pero tampoco una garantía"

El doctor Javier Quintero, jefe del servicio de psiquiatría, salud mental y adicciones del Hospital Universitario Infanta Leonor, analiza la felicidad de los madrileños

Una de las bocas de metro de la Puerta del Sol junto al cartel del Tío Pepe.

Una de las bocas de metro de la Puerta del Sol junto al cartel del Tío Pepe. / ALBA VIGARAY

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

De Madrid al cielo, dicen. “No es un mito, pero tampoco una garantía de felicidad”, dice Javier Quintero, jefe del servicio de psiquiatría, salud mental y adicciones del Hospital Universitario Infanta Leonor en Madrid. Este 20 de marzo se celebra el Día Internacional de la Felicidad y el doctor se encuentra trabajando en índice LUZ-360, una herramienta diseñada para evaluar el bienestar emocional de forma integral, junto a la Universidad Internacional de La Rioja. “Como cualquier otra gran ciudad, la capital es un espacio de oportunidades, dinamismo y energía, lo que puede ser muy estimulante. No creo que exista ningún espacio que garantice la felicidad por sí misma. Pensar que un lugar, por muy atractivo que sea, va a resolver automáticamente el malestar personal, está condenado a alimentar la frustración, a no arreglarlo”, añade. 

Quintero, que cree que esta ciudad ofrece posibilidades de desarrollo y crecimiento como pocas lo hacen, lamenta que lo haga más en el terreno profesional que en lo personal: “Implica exigencia, competencia e incluso desplazamientos largos. En definitiva, un ritmo intenso. Para muchos, esto puede ser una ayuda para avanzar en su camino hacia la felicidad. Pero, para otros, quizás sea lo contrario. La ansiedad es una realidad. Pero lo es para la gente de Madrid y para la de Soria. Y la clave no está en la presencia de la emoción, sino en cómo la gestionamos”. Acostumbrar al cuerpo a un ritmo intenso puede ser una tarea difícil, especialmente para quienes han pasado mucho tiempo viviendo en espacios más pausados: “Aún así, no es determinante. Si uno está conforme con lo que piensa y lo que hace, lo estará en Madrid o en Illán de Vacas”. 

Archivo - Varias personas entran en un vagón de la estación de Metro de Gran Vía, el día que se celebra la Cabalgata de los Reyes Magos, a 5 de enero de 2022, en Madrid (España). El Metro de Madrid y los autobuses de la EMT han reforzado sus frecuencias d

Varias personas entran en un vagón de la estación de Metro de Gran Vía. / Eduardo Parra

La felicidad puede estar en cualquier parte. Para algunos se ve representada en un puesto de trabajo soñado o un piso con luz natural. Para otros, en cambio, está en esa cerveza que se toman un domingo al sol. “Definirla es algo complejo. A veces es más fácil decir lo que no es la felicidad. No es un estado de euforia ni una ausencia de malestar. Tiene más que ver con sentir que la vida que vivimos tiene sentido, que existe una cierta coherencia entre lo que uno vive, lo que uno hace y lo que uno comparte con los demás. Y lo más importante, todo lo que pasa a nuestro alrededor nos suma o resta, pero el responsable final es uno mismo”, sostiene. En esa fórmula, ponderan numerosos factores, entre los que el doctor destaca las relaciones sociales y la calidad de los vínculos. 

"Se están perdiendo los barrios"

“Ciertos rasgos como la resiliencia, la gratitud y la compasión van a ser claves en la construcción de nuestra felicidad. El entorno suma, pero no determina. Se trata de tener las necesidades cubiertas, no tanto de tener esa sensación de necesidad autogenerada, de siempre desear algo más”, suma. La genética influye: “Hablamos del temperamento o esqueleto biológico. Hay personas con una mayor predisposición a tolerar mejor el estrés o recuperarse antes de la adversidad. Pero todo esto no es determinante. La doctora Sonja Lyubormisky dice que el 50% de la felicidad de uno mismo depende de la genética, el 10% de las circunstancias de la vida y un 40% de lo que hacemos y cómo lo hacemos. Esto representa nuestro propio margen de maniobra”. 

Edificio metropoli y la Gran Vía desde el Círculo de Bellas Artes.

Edificio metropoli y la Gran Vía desde el Círculo de Bellas Artes. / FELIPE NOMBELA

El Madrid de hoy no es el de hace 20 años. “Actualmente vivimos en una sociedad con más oportunidades, más recursos y posibilidades de elección que hace unas cuantas décadas. Aunque eso no significa que seamos más felices los madrileños. Nos han contado que tenemos más estado de bienestar, pero al mismo tiempo eso lleva a situarlo fuera de nosotros. Es un tercero que nos provee, en lugar de ayudarnos a conocernos mejor y hacernos responsables de nuestras emociones. Hay otros aspectos como la inmediatez, las prisas, la hiperconectividad o las propias redes sociales que generan demasiado ruido como para que podamos escuchar cómo nos sentimos”, apunta. Sin embargo, Quintero también cree que, el hecho de que a día de hoy se hable constantemente de salud mental, no está ayudando realmente: “Vivimos con demasiados estímulos como para escucharnos internamente”. 

Pero entonces, ¿se puede ser feliz en Madrid? “Sí, se puede, aunque las circunstancias lo compliquen. Es cierto que se necesitan unas condiciones mínimas, pero incluso en los contextos más complejos, las personas pueden encontrar sentido y conexión. Viktor Frankl trabajó este concepto desde los campos de concentración nazi”, expresa. El especialista define la capital como una ciudad vital, abierta y “con una gran capacidad de acogida que favorece las experiencias de bienestar”. “Tiene aspectos muy valiosos como una cultura de encuentro y una vida compartida, aunque se están perdiendo los barrios. En ese sentido, sí creo que puede ser una ciudad relativamente feliz”. Madrid tendrá que cuidarse dentro de unos años. Al menos, así lo cree él. “Para no deteriorarse. No solo cuida a los madrileños, también a los visitantes. Y el ejercicio ha de ser recíproco para que siga siendo ese espacio de oportunidades sin perder su esencia”, concluye.