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ARTE

El Prado reactiva el Claustro de los Jerónimos con una nueva mirada al desnudo en el siglo XIX

El museo culmina la reordenación de uno de sus espacios más singulares y lo convierte en un recorrido por estatuas decimonónicas, con incorporaciones destacadas como 'Venus y Marte', 'Cupido' y 'La Caridad romana'

Fotografía de la nueva museografía del Claustro de los Jerónimos.

Fotografía de la nueva museografía del Claustro de los Jerónimos. / MUSEO DEL PRADO

Pedro del Corral

Pedro del Corral

Madrid

El Museo del Prado ha culminado la reordenación museográfica del Claustro de los Jerónimos, un enclave de especial peso dentro del edificio, que pasa ahora a leerse como un gran itinerario dedicado a la escultura del siglo XIX. La intervención no sólo recupera la fuerza arquitectónica del espacio, sino que también le otorga un nuevo relato, centrado en la evolución del desnudo y en los distintos matices estéticos que atravesaron esa centuria.

La nueva presentación reúne piezas ya conocidas con otras incorporaciones que amplían y afinan el discurso. Entre ellas figuran Venus y Marte, vinculada al círculo de Canova; Cupido de José Álvarez Bouquel; y La Caridad romana, de Antonio Solá. Su presencia refuerza una lectura que enlaza herencia clásica, ideal de belleza, contención neoclásica y derivas orientalistas, en un diálogo continuo con la luz y la sobriedad del mármol.

El Prado ofrece un recorrido renovado que combina la herencia clásica con los lenguajes formales de su tiempo.

El Prado ofrece un recorrido renovado que combina la herencia clásica con los lenguajes formales de su tiempo. / MUSEO DEL PRADO

El recorrido arranca con obras tempranas como Venus y Cupido, de José Ginés, y Joven con un cisne, de José Álvarez Cubero, dos ejemplos que muestran hasta qué punto el ideario neoclásico arraigó pronto en la escultura española. A partir de ahí, el visitante avanza por un conjunto en el que el canon clásico se afirma, se matiza y se reinterpreta a través de sensibilidades diversas, siempre bajo una disposición que busca claridad cronológica y afinidad formal.

Uno de los núcleos más sugestivos del conjunto lo forman precisamente las piezas relacionadas con la órbita de Canova y Thorvaldsen. En ese marco se inserta Venus y Marte, alegoría de la tensión entre guerra y paz, así como el refinado Cupido de Bouquel, una obra que revela la precocidad y el talento de un escultor cuya carrera quedó interrumpida demasiado pronto. También sobresale Hermes/Mercurio, salido del taller de Thorvaldsen, cuya historia material —marcada por accidentes durante la talla— añade una capa de interés al relato del neoclasicismo europeo.

Fuerte carga moral

La propuesta no se limita a la exaltación de la belleza ideal. También abre paso a asuntos de fuerte carga moral, como ocurre con La Caridad romana, donde Antonio Solá aborda un tema de gran intensidad emocional desde una contención severa, casi fría, muy propia del lenguaje neoclásico. Más adelante, Esclava, de Scipione Tadolini, introduce el gusto orientalista que ganó terreno en la segunda mitad del siglo XIX, con una imagen idealizada que tuvo amplia fortuna internacional.

La nueva disposición permite leer de manera armónica la evolución del desnudo en este periodo.

La nueva disposición permite leer de manera armónica la evolución del desnudo en este periodo. / MUSEO DEL PRADO

El cierre del itinerario lo pone el retrato de Charles Bennet Lawes como atleta victorioso en reposo, de John Henry Foley, una escultura que desplaza el foco desde el mito hacia el cuerpo real. Frente a la idealización juvenil, la obra apuesta por una observación anatómica más fiel, aunque sin renunciar al eco de la tradición clásica.

Con esta reordenación, el Prado no sólo reorganiza sus esculturas: redefine la experiencia del Claustro de los Jerónimos y lo consolida como un espacio donde arquitectura, historia y forma dialogan con una nueva intensidad. El resultado es una lectura más rica y fluida de la escultura decimonónica, capaz de conectar la disciplina académica del neoclasicismo con las variaciones sensibles que marcaron todo el siglo XIX.