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EDIFICIOS SOSTENIBLES

Clara Abella, arquitecta en Sierra Leona: "Al principio nadie me escuchaba por ser mujer, joven y blanca"

En 2012, Clara Abella viajó en por primera vez al país africano en el que conoció al que hoy es su marido y donde desarrolla su actividad profesional desde entonces

Clara Abella, arquitecta, supervisando la construcción de una escuela infantil en Makeni, Sierra Leona.

Clara Abella, arquitecta, supervisando la construcción de una escuela infantil en Makeni, Sierra Leona. / CEDIDA

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Lo tuvo claro desde el principio. Las ventanas de su clase en primaria tenían vistas al edificio de Torres Blancas, emblemático por su diseño arriesgado y brutalista. Pasaba horas observándolo con incredulidad, cuestionándose el por qué de esos balcones, prácticamente suspendidos por arte de magia. Ahí nació su pasión por la arquitectura. Bueno, y que su madre también es arquitecta, aunque nunca quiso que su hija se dedicase a ello. 30 años después, diseña y construye centros educativos en Makeni, la quinta ciudad más grande de Sierra Leona. “Siempre quise ir a África. Recuerdo que, con siete años, mi prima mayor apadrinó a un niño por 100 pesetas al mes. Yo también pedí hacerlo y, desde entonces, he trabajado en voluntariados de todo tipo”, señala Clara Abella (36), arquitecta en Sierra Leona. Llegó al país en 2012, en su tercer año de carrera en la Universidad CEU San Pablo. Fue un profesor, que lideraba entonces el proyecto de construcción de un campus universitario en Makeni en colaboración con el Ayuntamiento de Las Rozas, quien se lo propuso: “Una amiga y yo habíamos mirado voluntariados, pero ninguno nos convencía. Él iba a supervisar la obra y varios alumnos le acompañamos”.

En aquel viaje, la edificación quedó prácticamente terminada. A falta de un año más de financiación por parte del ayuntamiento para concluir el proyecto, el grupo de estudiantes diseñaron el edificio de manera altruista y, un año después, volvieron para levantarlo. “Antes de llegar me entró el miedo de que no me gustase lo que tantos años llevaba queriendo. Recuerdo un día, de camino al auditorio, que había música en la terraza de una casa, así que me puse a bailar. Inmediatamente, toda la familia se unió y me acompañaron hasta el trabajo. Ahí fue cuando pensé que podría vivir allí”, relata. Primero, dice, se enamoró del país. Y más tarde, del que es hoy su marido: “Le conocí en el primer viaje. Era uno de los bikers que nos ayudaba a movernos por la ciudad. Nada más verme, le dijo a mi profesor que sabía que se casaría conmigo. Mi idea, tras acabar la carrera en mayo de 2014, era mudarme aquí, pero justo llegó el Ébola, así que esperé un año. Mientras, estuve trabajando en Madrid, pero no me gustó nada. La arquitectura fuera de la cooperación no es lo mío”. En junio de 2015 Clara aterrizó en Makeni de forma definitiva, donde contrajo matrimonio un año después. 

La madrileña Clara Abella viajó en por primera vez al país africano en 2012, donde conoció al que hoy es su marido.

La madrileña Clara Abella viajó en por primera vez al país africano en 2012, donde conoció al que hoy es su marido. / CEDIDA

Nacida y criada en el barrio de Prosperidad, asegura que su infancia fue lo más parecido a vivir en un pueblo de la sierra: “Mis padres tienen seis hermanos cada uno y la mayoría vivían en nuestra zona con sus hijos, así que pasábamos los días juntos. Algunos eran profesores en el colegio, incluso, así que no podía traer un novio a casa porque, antes de llegar, todo el mundo se había enterado”. En estos casi 11 años, Clara ha sido madre de dos niñas, ambas nacidas en Madrid. “La mayor llegó en diciembre de 2019. Tras ponerle todas las vacunas, estalló la pandemia, cerraron inmigración y, sin el NIE de mi marido, no pudimos regresar hasta noviembre”, cuenta. Para el segundo nacimiento, la madrileña pasó seis meses en España mientras su marido continuaba trabajando. A día de hoy, las pequeñas hablan tanto castellano como krio (criollo sierraleonés). Según dice, el país se encuentra “muy por debajo” del nivel de desarrollo esperado en cualquier país africano, con carencias en materiales y profesionales de todo tipo: “Trabajar en construcción en Sierra Leona siendo mujer, joven y blanca es muy complicado. Nadie me hacía caso al principio”. 

Edificios sostenibles

Los primeros meses como arquitecta local, Abella trabajaba acompañada de su marido, quien se encargaba de preguntar por los precios a los proveedores. “A él le decían los de verdad. A mí me cobraban el doble. A la hora de explicar un proyecto, mi marido tenía que repetírselo al constructor, que no se fiaba de mí. Él siempre me ha apoyado”. Clara es directora de colaboraciones entre la Universidad CEU San Pablo y la Universidad de Makeni y colabora con ONGs españolas e internacionales que quieren construir o cooperar en el país africano. Ante la escasez de profesionales, su perfil destaca por encima del resto a la hora de diseñar y supervisar este tipo de proyectos. “Los hispanohablantes del país nos conocemos, tenemos grupos de WhatsApp y nos recomendamos los unos a los otros cuando hay un encargo. Mi intención era dar clases en la universidad que yo misma ayudé a construir, pero me topé con una mujer mexicana que vive en Makeni. Quería construir una escuela y me pidió que la diseñase”, explica. 

Clara Abella, de rojo, junto a otras estudiantes en uno de sus primeros viajes a Sierra Leona.

Clara Abella, de rojo, junto a otras estudiantes en uno de sus primeros viajes a Sierra Leona. / CEDIDA

También ha construido escuelas de Primaria y Secundaria en Makeni y Waterloo, ayudado en la edificación de un hospital musulmán y diseñado de forma altruista la universidad de Mile 91, ciudad donde nació su marido: “Fue una donación a la comunidad. Aquí son importantes estos gestos con el territorio”, explica. Hace algunos años, su camino profesional se cruzó con el de un abogado español que lleva más de 15 años construyendo escuelas por la zona, sumando más de 60 a día de hoy: “Fue él quien me animó a seguir sus pasos, pero me gusta tanto el diseño de los edificios que no quería que fuesen cajas aburridas. A raíz de eso pensé que conocía algunos materiales que aquí podrían funcionar muy bien y que nadie usa por desconocimiento. Además, creé una serie de diseños básicos que, por el mismo coste, hacen los edificios más sostenibles. Al principio nadie me hizo caso, pero cuando vieron que funcionaba, lo han copiado”. Clara fundó una Community Based Organisation (CBO) en la que crea proyectos y busca financiación para cimentar pequeñas escuelas sostenibles de tres aulas y una oficina. Además, ofrece formación a la comunidad de vecinos para asegurar el mantenimiento de las instalaciones. 

Madre trabajadora

En un país como Sierra Leona, su carrera profesional camina de la mano con su faceta como madre y mujer. A raíz de dar a luz, consiguió la licencia necesaria para abrir una guardería en el campus local donde trabajadoras y alumnas pueden conciliar vida y maternidad. “Aquí, cuando una mujer es madre, no existen lugares donde dejar a los hijos para trabajar o estudiar. Nosotros peleamos para que, en nuestros proyectos, el equipo sea femenino o que vayan a la universidad. Promovemos la igualdad, pero aquí no es compatible con la maternidad”, sostiene. Lo que comenzó siendo una pequeña área infantil dentro de un contenedor industrial se ha convertido en una escuela que abrirá sus puertas en el mes de septiembre. Clara está siendo testigo de lo lento que avanza el país en lo que a inclusión de las mujeres y feminismo se refiere: “Somos la primera universidad con una oficina de género. No tanto para temas de abuso machista, sino para prestar apoyo a las víctimas de la mutilación genital femenina, muy habitual aquí. La mayoría de las alumnas ya son madres y trabajan durante años para poder pagarse los estudios por su cuenta sin el apoyo de sus familias. 

En estos casi 11 años, Clara ha sido madre de dos niñas, ambas nacidas en Madrid.

En estos casi 11 años, Clara ha sido madre de dos niñas, ambas nacidas en Madrid. / CEDIDA

La madrileña ofrece formación de distintas formas de construcción a mujeres que viven en aldeas rurales próximas a Makeni, con la intención de poder incluirlas en un sector completamente masculinizado: “Quiero que vean que ellas también pueden trabajar aquí, tienen mucho que aportar. La construcción no es sólo para hombres. Trabajar en la obra no me hace menos femenina, no me hace menos madre y no me hace menos mujer”. Sin quererlo, se ha convertido en un referente para todas ellas, que la ven supervisar una obra con su hija pequeña atada a la espalda: “He cambiado la visión de todo el mundo, especialmente de las mujeres. Me ven con el constructor, siendo madre a la vez. Si no más, es mi marido quien se la lleva. También ven nuestra relación, en la que los dos hacemos de todo. Y creo que, gracias a eso, hemos abierto las mentes en cuanto a roles de género”. Con la mirada en el futuro, baraja regresar a Madrid dentro de unos años para que sus hijas cursen bachillerato. “Quiero que tengan una buena calidad educativa que aquí no hay, que sean responsables y capaces”, concluye antes de volver a jugar con las pequeñas, que acaban de descubrir lo divertida que puede ser la arcilla.