Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

A 4.000 KILÓMETROS

Nació en el barrio de Salamanca y se mudó a Rusia hace 23 años para desarrollar videojuegos: "Recibí una carta de reclutamiento cuando empezó la guerra"

Carlos Mateos es el fundador de Blini Games, un desarrollador independiente de videojuegos con sede en San Petersburgo, donde vive con su mujer y su hija

Carlos Mateos, madrileño y desarrollador de videojuegos viviendo en San Petersburgo desde hace 20 años.

Carlos Mateos, madrileño y desarrollador de videojuegos viviendo en San Petersburgo desde hace 20 años. / CEDIDA

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Un vuelco al corazón. Aquella carta que recibió en el buzón de su casa hace ya cuatro años le dejó helado. “Decía que tenía que presentarme en la oficina de reclutamiento. O bien para coger un fusil o bien para demostrar por qué no tenía que ir a la guerra. Fui obediente y, aunque asustado, allí me presenté con mi pasaporte español. Nada más verlo, me dijeron que podía irme a casa. Me tacharon de la lista”, cuenta Carlos Mateos (50), madrileño de nacimiento y vecino de San Petersburgo desde hace más de una década. Su cita no era más que un error del gobierno ruso, que no había actualizado los datos del padrón: “Empezaron a mandar de forma masiva aquellos papeles a todos los hombres registrados en los hogares. Algunos amigos del consulado también la recibieron. Ellos sí se habían nacionalizado, así que huyeron rápido para no tener que combatir”. Nació en Madrid, en el barrio de Salamanca y, desde pequeño, sintió una fuerte afición por los videojuegos, consolas y ordenadores. De hecho, pasó toda su etapa estudiantil pensando en cómo podría ganarse la vida haciendo lo que más le gustaba. 

Podría decirse que lo ha conseguido. Fundó Blini Games en 2013, un desarrollador independiente de videojuegos con sede en San Petersburgo, donde vive con su mujer y su hija. “Con 16 años tuve la suerte de empezar a trabajar en la revista Superjuegos, de Grupo Zeta, donde entré gracias a un amigo de mis padres. Me hicieron una prueba y les gustó. Así empezó mi trayectoria en este tipo de revistas”, relata. Empezó a estudiar Periodismo, aunque pronto se dio cuenta de que su vocación le llevaba por otro camino, así que lo dejó: “Hice un curso de marketing internacional en Estados Unidos y empecé a trabajar como gerente de producto para empresas del sector internacional. Sin embargo, toda mi formación en videojuegos ha sido autodidacta”. Un día, algo en su mente cambió y las ganas de abandonar España eran más fuertes que su vínculo con lo que allí tenía: “Quería saber hasta dónde podía llegar. Aproveché los contactos que había hecho en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Rusia y les pregunté si necesitaban a alguien. Los primeros en contestar fueron los que vivían en Moscú, así que terminé allí por casualidad. Me pagaron el billete y me ayudaron a buscar piso. A los pocos días aterricé en la capital y viví allí cinco años, hasta 2008”. 

Carlos Mateos, fundador de Blini Games y creador del videojuego Lovecraft's Untold Stories.

Carlos Mateos, fundador de Blini Games y creador del videojuego Lovecraft's Untold Stories. / CEDIDA

Clases intensivas de ruso

Su misión en aquella empresa era, a partir de un catálogo de juegos, conseguir ventas en Europa. La mayor parte del tiempo hablaba en castellano e inglés, por lo que su fluidez en ruso todavía estaba lejos. “Llegué muy asustado. No sabía que me encontraría, pero empecé a vender un montón fuera del país, así que me acogieron muy bien. La compañía estaba contenta conmigo, incluso sin poder hablar con ellos en su idioma. Era el extranjero. Me pusieron un profesor de ruso y estudiaba muy intensamente, cuatro días a la semana, tres horas al día. Así durante tres años, hasta que empecé a defenderme”, relata. Carlos recuerda no entender nada cuando caminaba por la calle o iba al supermercado: “Veía lo que había que pagar en la caja registradora, lo daba justo y me iba a casa. Pero no sabía responder qué tipo de carne quería en la carnicería, por ejemplo. El ruso es muy complicado y casi me doy por vencido”. Lejos de ser fríos y lejanos, como dice que se los imaginaba antes de poner un pie en el país, los rusos han sido “muy cálidos” con él: “De hecho, en aquella empresa conocí a mi mujer, con quien me casé y tuve una hija años después”. En 2008, el madrileño recibió una oferta de trabajo. Esta vez en Barcelona. 

“Volví a España como director de ventas, pero con el azote de la crisis en 2009, la compañía cerró. Me rescató una empresa madrileña, así que me mudé de vuelta, donde todo había empezado, con un cargo similar. También quebró. El sector quedó muy afectado aquel año”, cuenta. En un abrir y cerrar de ojos, Mateos se encontró de nuevo en su ciudad natal. Sin trabajo ni un plan de futuro. Pasó dos años enlazando varios contratos alejados del mundo de los videojuegos hasta que regresó a Rusia en 2011: “Esta vez a San Petersburgo, de donde es mi mujer. Tiré de contactos y empecé a trabajar como traductor de juegos para varias empresas, aprovechando que sabía tres idiomas. Todo desde mi propia casa. La situación mejoró y decidí abrir mi propio estudio de desarrollo de videojuegos junto a un socio ruso, dos programadores y una dibujante. En 2019 lanzamos un juego inspirado en las novelas de Howard Phillips Lovecraft con gráficos en 2D. Tuvimos mucha suerte y alcanzamos 40.000 ventas en tiempo récord. Para las dimensiones tan reducidas del proyecto, fue un gran éxito. A día de hoy seguimos teniendo descargas”. Una segunda versión, publicada en 2022, nunca alcanzó la popularidad de su predecesora. 

Carlos Mateos, madrileño viviendo en Rusia, junto a su mujer.

Carlos Mateos, madrileño viviendo en Rusia, junto a su mujer. / CEDIDA

Cansado de la guerra

El cambio en la estética y la llegada del Covid-19 hicieron mella en el lanzamiento. Aún así, el madrileño guarda un recuerdo “romántico” de aquellos meses: “Suena mal decirlo, pero en Rusia todo el mundo tiene una casa de campo, en mitad de la nada, con huerto y flores. Nosotros fuimos a la de mis suegros y ni nos enteramos de la pandemia. Íbamos en bici y comprábamos comida ecológica”. Desde aquel momento, Blini Games dejó de trabajar con publishers externos y, si bien han creado nuevos formatos, resulta difícil acariciar el triunfo. “El mercado está complicado. Un emprendedor indie como nosotros, sin apoyo económico detrás, lo tiene muy difícil. El equipo se ha disgregado, pero la empresa sigue activa. Cuando haya un nuevo diseño, nos reuniremos de nuevo. Por el momento estoy centrado en mi faceta como traductor”, añade. Si bien les gustaría visitar España más a menudo, los traslados se han dificultado desde que comenzó la guerra, en febrero de 2022. “Intentamos ir dos veces al año, pero ya no es tan fácil como coger un avión. Siempre volvemos cargados de comida rica. Por ahora viajamos donde nos lo permite la situación: a Emiratos Árabes, Tailandia o por Rusia, que es muy grande”, dice. Cansado de la guerra, admite que su único deseo es que todo acabe pronto. 

“Nuestra postura es un poco pasiva, pero es la que tiene todo el mundo aquí. Los de arriba están haciendo su juego y nosotros ni pinchamos ni cortamos. Vemos las noticias y nos adaptamos a los cambios día a día. Cierran WhatsApp y Telegram, de repente no se puede pagar con tarjetas VISA o una mañana me entero de que Google no puede pagar a mi empresa por ser rusa y tengo que cambiarlo”, lamenta. Sin embargo, en estos cuatro años, confiesa no haber sentido miedo. “Al principio hubo un pánico generalizado, pero como en todo el mundo. Los rusos empezaron a cambiar rublos por dólares a precios desorbitados, a comprar papel higiénico y provisiones… Luego te sientas en el balcón y ves cómo la gente sigue haciendo su vida. No ha sido tan dramático como se quiere hacer creer. No tememos que nos caiga una bomba. Si cae, caerá. Y nos daremos cuenta cuando brille mucho a través de la ventana”, concluye. De haber permanecido en España, no sabe dónde habría acabado, especialmente tras la pandemia, cuando varios compañeros perdieron su empleo. Por el momento no tiene pensado regresar al país que le vio crecer. Tiene lo que siempre quiso, aunque sea a 4.017 kilómetros de distancia.